Viernes, diciembre 09, 2016

PARA ESTA SEMANA: JULIO 1 DE 2013.

Dejarse conducir por el Espíritu de Dios

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor y que también quiere confortarlos en la fe. Para la reflexión de esta semana me uno a la invitación de san Pablo en su carta a los Gálatas: “Los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios” (Gal 5, 12) para que dejemos de devorarnos unos a otros, para que nos amemos, para que no perdamos la libertad que nos dio Cristo.

 

Hay realidades de nuestra vida y comportamientos totalmente contrarios a la esencia, a lo que somos y para lo que fuimos creados. Cosas que “desconciertan” a las personas y de manera especial a los seres queridos. Comportamientos que la gente que nos ama y nos conoce no logra comprender porque son ajenos a lo que somos de verdad.

Desde la fe sabemos que cada uno está en el mundo como parte de un proyecto de plenitud, de amor y para que seamos el “ser de Dios” en medio de la creación.

Fuimos hechos capaces de crear, de amar, de vivir en plenitud. Somos imagen y semejanza de Dios. Somos expresión de la grandeza, de la dignidad, del amor de Dios.

Estamos llamados a ser expresión de su ternura, de su bondad, de su amor. Yo quiero tomarme en estas líneas el atrevimiento de recordarle a cada uno el origen: somos de Dios (divinos). Y también recordarles nuestro ser: somos templos del Espíritu Santo y que no olvidemos nuestra esencia: somos amor.

Nunca olvidemos que cuando estábamos perdidos, cuando el pecado dominaba nuestra vida y el proyecto de Dios no avanzaba entonces vino Jesús enviado por Dios.

Vino el Salvador, la Luz, el Hijo de Dios. Y nos llamó a la conversión, a que volviéramos al camino de Dios. Y de nuevo Dios nos hizo sus hijos en el Hijo, nos hizo luz en la Luz para vernos libres de las tinieblas y ahora lo que espera es que nos mantengamos en la verdad, que respondamos con todo lo que somos al acontecer del Reino.

Dios, en este “sueño” o “proyecto” que desde siempre ha tenido con la creación, nos ha enviado el Espíritu Santo que es su fuerza y su poder, su manera de ser en cada uno. Lo más divino del ser humano y lo más humano de lo divino.

Jesús le había dicho a sus discípulos que el Espíritu santo es: “consuelo, fuerza, palabra, abogado, justo juez. Es viento y agua y fuego que da vida”. Pero hay que encender la llama, beber la fuente, dejarse conducir por el viento del que se oye el sonido.

San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos invita a que nos dejemos llevar o conducir por el Espíritu de Dios que es paz, alegría, verdad. La conversión es un volver sobre lo que somos. Muchos no somos lo que proyectamos. Estamos dedicados a entregar el mal. Esas iras guardadas con dolor, los dolores guardados con rencor. El rencor llevado como bandera del orgullo. Dejarse conducir por el Espíritu es la tarea que se nos propone y es la tarea que te propongo para esta semana.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd