El Señor viene a nuestro encuentro y trae consigo la paz y la seguridad propias de quien nos ama y siente en su corazón compasión por cada uno.
Su amor lo lleva a caminar, a salir de sí, a protegernos. Jesús no quiere que nos debilitemos, que nos perdamos, que pasemos necesidad. Él nos mira y se da cuenta de nuestras fatigas, de los cansancios, de las luchas de cada día y también sabe que a las penas de la cotidianidad la religión y las autoridades judías les imponen yugos, normas y leyes que hacen de la vida un espacio, un lugar, insoportable que solo trae dolor y pecado.
El Evangelio (Mt. 9, 36-10,8) nos presenta a Jesús que camina y se va encontrado con realidades que duelen y que hieren en lo más profundo del corazón y de personas que también se ponen en camino cada vez que saben que Jesús está cerca. Gente hambrienta de Dios, personas en peligro de perderse o de alejarse del rebaño y por lo tanto es gente que corre el peligro de morir, que van perdiendo las esperanzas y las alegrías que puede dar la experiencia de Dios.
La sensación que muchas personas tienen de que el Pastor, inclusive Dios, los ha abandonado, es porque falsos pastores han entrado al rebaño, doctrinas oscuras han opacado las ilusiones y cargas pesadas los han puesto en camino queriendo encontrar compañía que alivia y sana el corazón herido. Salen y hemos salido al camino buscando pastores que nos llenen de alegría y paz y la mayoría de las veces la búsqueda nos ha llevado a encuentros de muerte.
Jesús pide que oremos al Padre para que envíe trabajadores a su mies.
Necesitamos personas que desde el corazón sientan el llamado, capaces de dejarlo todo para trabajar, junto con Jesús, en el proyecto del Padre. El cuidar al otro, consolarlo, sanarlo, liberarlo, debe nacer de un llamado que el Señor hace y debe alejarse de toda ambición de poder y de todo deseo de hacer importante o enriquecerse con las cosas que el Señor regala. Nuestro ministerio es la respuesta a un llamado o invitación del mismo Dios para que trabajemos por el bien de la humanidad. Cuando vamos o nos ponemos en camino para encontrar a los que están marginados, a los que sufren, a los que han perdido su libertad, a los que ya no tienen esperanza, vamos en el nombre del Señor con la conciencia plena de que somos expresión de un amor compasivo con el que todos hemos sido amados.
Proclamemos, con nuestra vida y la entrega de esta al proyecto de Dios, que el Reino de los cielos ha llegado y que nos trae una propuesta que desde el amor cambiará nuestra vida y nuestra manera de relacionarnos. Que podemos vivir en paz, en justicia y en amor y si somos misericordiosos y si nos amamos en la diferencia como Jesús mismo nos ha amado. Nuestros nombres han sido pronunciados por Dios; Él nos ha elegido para que trabajemos en la cosecha y así nada ni nadie se pierda ya que el amor salva y cuando es compasivo restaura heridas.
Con mi bendición:
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd
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19. Ave María en varios idiomas
20. Coronilla de la divina misericordia

Fuente: P. Jaime Palacio
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