Juan Bautista nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Importante saber meternos en el pensamiento y dejar grabado en el corazón que la misión de Jesús tiene que ver con la salvación; Jesús quita el pecado, que es la mancha con la cual hemos “ensuciado” el alma o corazón para nos podamos gozar plenamente del amor que Dios nos tiene. Jesús no viene a condenar, lo suyo es salvar y lo que lo mueve es el amor que el Padre Dios y Él, por el que fuimos creados, nos tiene.
Jesús viene a rescatarnos y si nos quita el pecado nos hace libres, nos hace plenamente felices porque quitado el pecado, reconciliado por Cristo, la experiencia de la vida que se entrega, que se gasta, se vive de otra manera. A la manera de Dios. Jesús gratuitamente nos quita el pecado para hacernos santos; al quitarnos el pecado nos “hermosea”, nos hace bellos a los ojos del Padre porque en Él se ve complacido en cada uno de nosotros.
Quitando el pecado trae la paz que entonces aparece como otro hermoso regalo de parte de Dios.
Jesús da paz, con su bondad, a nuestros días. Juan nos “muestra” a Jesús, nos indica que Él es el camino que debemos recorrer, que nos dará el Espíritu que le acompaña para que junto a Él trabajemos por el Reino de amor y de paz que quiere Dios instaurar. Nos había hablado de alguien venido del cielo, del Mesías que vendría a salvar la humanidad; había pedido que dispusiéramos el corazón para recibirlo.
Jesús es el que conoce al Padre, el que sabe las cosas del Padre y el que cumple la misión encomendada la que con la fuerza del Espíritu va desarrollando con sus enseñanzas y con los milagros. Jesús ha recibido al Espíritu Santo que de manera delicada llega a cada uno para impulsarlo y darle la fuerza, para hacerlo capaz del testimonio de lo que sucede en la vida del que se sabe amado y lleno de Dios.
Abramos el corazón a la acción de Dios que quiere, con nosotros, la salvación de la humanidad.
Seamos conscientes de que somos habitados por el Espíritu Santo en el cual fuimos bautizados y que nos dejemos conducir por Él que siempre obrará el bien en nuestras vidas. El Hijo de Dios lleva a plenitud la obra iniciada por el Bautista, ahora nosotros debemos hacer lo mismo con la obra de Jesús. Llenemos de su presencia a la humanidad, mostremos que cuando somos reconciliados podemos vivir en paz y en alegría. Que el Espíritu de Dios, don recibido, nos conduzca por los caminos de la verdad, por los caminos en los que Jesús es cimiento y verdad y además la alegría que llena la vida de amor.
Con mi bendición:
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.
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Fuente: P. Jaime Palacio
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