El corazón le hará entender a la razón la ilógica del amor. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Entramos en la recta final del tiempo del Adviento, nos disponemos desde ahora para el cuarto y último domingo […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: DICIEMBRE 17 DE 2015.

El corazón le hará entender a la razón la ilógica del amor.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Entramos en la recta final del tiempo del Adviento, nos disponemos desde ahora para el cuarto y último domingo de este tiempo que nos ha ido preparando para que recibamos al Señor con la dignidad y la alegría de quien realmente espera a quien ama. En este tiempo hemos ido llenando la mente y el corazón de propósitos, hemos dejado de lado lo que es oscuridad o tiniebla y nos hemos dejado iluminar suavemente por la Palabra y los personajes propios de este tiempo, de hecho, este próximo domingo, será María la que nos dé el último empujón para que sin miedos nos arrojemos en los brazos de quien por amor ha nacido y se ha hecho presencia eterna por medio de su Espíritu. Con María acerquémonos a Jesús, rindámosle nuestra adoración y dejemos que su misterio llene nuestro ser de amor y de eternidad.
No hay que entender, hay que amar. El corazón ya encontrará sus razones que le expliquen a la mente lo que pasa en la historia de amor.
El Evangelio de Lucas (1, 39-45) nos presenta a María que se encamina “presurosa” a un pueblo donde vive su prima Isabel. Las cosas han pasado muy rápido, de un momento a otro Dios entró en la vida de María y todo para ella cambió; lo imposible se ha hecho posible. Y ¿a quién contarle lo que pasa?, ¿a dónde ir para asimilar las cosas, para silenciarse interiormente y para acabar de entender lo que acaba de pasar?
El amor a Dios, la fe en Él, han llevado a María a darle su consentimiento, a darle el Sí que la historia necesitaba una vez cumplido el tiempo de Dios. Un sí que le implicó ser madre sin conocer, varón como dice ella misma; ser madre de Dios, de Jesús el Salvador, en un tiempo en el que todas las miradas estaban puestas en ella que sería la próxima a casarse, que ya estaba comprometida. Un sí que la dejó sin palabras porque las palabras se agotaron en la fe y un sí que implicó que Dios mismo convenciera a José de lo que pasaba en María. Con un sí de Dios por la humanidad y con un sí de María a Dios comenzó este nuevo tiempo, este año de gracia, este Evangelio del amor. Esta nueva alianza.
María llega a donde Isabel, que se llena del Espíritu Santo para poder entender lo que Dios ha hecho, ha revelado sin necesidad que María le cuente.
María dijo sí:
Un sí que Isabel entiende y admira porque es un sí desde la fe. María le creyó a Dios; María creyó en lo que el ángel le dijo.
María un día que necesitó del abrazo y comprensión de una persona que creyera también en Dios, se encaminó y visitó a Isabel y allí se quedó, sin secretos, sin misterios. Dios y el hombre se encontraron en aquel lugar. Jesús y su precursor compartieron desde la fe de sus madres la misión, Isabel es anciana y necesita de la ayuda de María. María es joven y necesita sentir que ahora, con Dios en su ser, ella está para ayudar, para servir.
María necesitó de alguien que viviera, como también lo vivieron Isabel y Zacarías, la experiencia de la lógica de un amor entre lo divino y lo humano; la experiencia de una historia y la ilógica de un Dios que para salvarnos se hace hombre. Dios nos quiere amar desde lo que somos y desde el lugar en el que nosotros amamos. Y vio Dios que podíamos amarnos los unos a los otros y por eso en Jesús nos dejó ese mandato como principio de eternidad.
Adviento es tiempo de amor, de servicio, de vivir en fe la cosas de Dios.
Con mi bendición:
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd