Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 7 DE 2014.

La oración permite no perdernos

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Los invito para que durante el fin de semana nos unamos a la oración por la paz en el mundo y de manera especial en el medio oriente y que seamos capaces de ser testigos de la paz de Cristo que llena el corazón de alegría.

El próximo domingo continuaremos con la lectura del Evangelio de san Mateo (14, 22-33) y nos podremos dar cuenta que para Jesús eran importantes la soledad y el silencio. Eran importantes antes y después de hacer las cosas, de los milagros, de enseñar, de encontrarse con la gente.

En Jesús era importante la oración, aunque la pudiera hacer no a las horas ni en el tiempo que él lo planeaba, porque la gente se lo impedía, pero no por esto dejaba de hacerlo.

La oración no es abandono ni olvido de su comunidad, de sus discípulos. Después de orar sale, se va al encuentro de los suyos. La oración llena de tanta fuerza que nos hace capaces de ir a los lugares lejanos, difíciles y vivir las adversidades con paz. Y es que cuando uno se da a los demás son importantes el tiempo y el espacio para recuperarse, para encontrarse de nuevo con el ser, con su realidad y su condición, con el propio íntimo. La oración nos llena de Dios, de su fuerza.

Nos hace sentir que el proyecto del bien, del amor, de la entrega, en nosotros los cristianos, es un proyecto de Dios. Y además nos permite encontrarnos, no perdernos en el darnos, sino llenarnos para que podamos dar lo que somos. Lo que tenemos.

La oración, que nos facilita una intimidad con Dios y que nos mantiene unidos a Él también nos permite ser fieles y perseverantes en el caminar como cristianos, sin necesidad de ausentarnos de la propia interioridad. En la oración nos sentimos y experimentamos el ser imagen y semejanza de Dios.

La oración llena la vida de seguridad, sabemos que nos estamos solos, que Dios está ahí en el lugar de siempre, en lo íntimo, en el silencio, en el viento suave. La oración nos regala la capacidad de descubrir el acontecer de Dios en la vida. Si escuchamos a Dios…, cuando a Dios se le escucha en el silencio, cuando se le encuentra en la soledad, somos capaces de escucharlo en el clamor del hermano, sobre todo el más necesitado y de encontrarlo en las realidades más impredecibles de la vida: en el hambriento, sediento, enfermo, encarcelado, emigrante…

Dios siempre nos da la seguridad, nos invita a la serenidad, a no tener miedo. Dios en Jesús nos ha dado la mano para que no nos hundamos. Dios en Jesús siempre nos invita a asumir retos que hacen de lo imposible una realidad. En Jesús, cuando no hay dudas, encontramos la paz. Y no es que no haya tormentas, y no es que la barca no tienda a hundirse. Es saber que aunque haya tormentas y la vida “muera” Él viene a nuestro encuentro, Él camina hacia nosotros. Él nos invita a confiar.

No es tiempo de dudar, a lo mejor nos sintamos “lejos de la orilla”, de las seguridades; a lo mejor sea tan de noche que no distingamos, pero no temamos. Dios está. Jesús camina a nuestro encuentro. Jesús nos salva.

Hemos puesto la confianza en Dios, Él pasa. Él nos salva. No tengamos miedo. Oremos, busquemos el silencio y la soledad para que seamos capaces de vivir en medio del ruido y de la gente. Vayamos a la intimidad para que podamos exteriorizar la riqueza y el ser que llevamos dentro

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd