ORACIÓN POR LA OBESIDAD Padre en esta hora y por propia voluntad me entrego a Ti, ofrezco a ti mi cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Ti. Clamo y suplico por sanidad de la obesidad, porque para Ti, nada hay imposible. Clamo que sanes en mi todo trastorno endocrino y metabólico, en el […]
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viernes, noviembre 16, 2018

ORACIÓN POR LA OBESIDAD

ORACIÓN POR LA OBESIDAD

ORACIÓN POR LA OBESIDAD

Padre en esta hora y por propia voluntad me entrego a Ti, ofrezco a ti mi cuerpo

como sacrificio vivo, santo y agradable a Ti.

Clamo y suplico por sanidad de la obesidad, porque para Ti, nada hay imposible.

Clamo que sanes en mi todo trastorno endocrino y metabólico, en el poderoso nombre de Jesús, recibo, acepto y confieso esa sanidad ahora.

Declaro que mi metabolismo sana y se vuelve a la normalidad y que mis glándulas endocrinas funcionan normalmente ahora, en el nombre de Jesús.

Padre Santo: saca también de mi mente todo apetito excesivo, y toda ansiedad, compulsión y fijación de mi mente en la comida.

Someto y llevo cautivo todo pensamiento lujurioso, todo desenfreno, toda adicción, toda compulsión por la comida, los llevo ahora a la presencia de Cristo Jesús.

Ven ahora Espíritu Santo de Dios y llena toda mi casa interior y no permitas habitar allí nada que no sea bueno para mi cuerpo. Tómame y satúrame por completo, suplico que permanezcas en mí. Satura mi mente y desaloja a la gula y a la lujuria por comer.

Suplico que no permitas que yo me aleje de Ti. Enséñame, ayúdame y sáname.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

CAPÍTULO 6

Capítulo 6, 9-11

Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.
Nuestro pan cotidiano dánoslo hoy;

Capítulo 6, 12-15

y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;
y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

Capítulo 6, 16-18

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Capítulo 6, 19-21

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban.
Acumulad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben.
Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Capítulo 6, 22-24

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!
Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

Capítulo 6, 25-27

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

Capítulo 6, 28-30

Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan.
Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos.
Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

Capítulo 6, 31-34

No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?
Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

Santa Sede

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