CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS
HOMILÍA EN LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
2 DE NOVIEMBRE DE 2025
(Sb 3,1-9; Sal 22; Rm 5,5-11; Jn 6,37-40).
Un saludo en los Corazones Santísimos de Jesús y María.
Usualmente tratándose del día de los difuntos, es característico ver a mucha gente desplazarse a los cementerios a visitar a sus seres queridos, por este mismo camino, las intenciones en las eucaristías se multiplican, también los recuerdos vienen acompañados especialmente de nostalgia, contradicciones, preguntas y algunas veces de lágrimas; y aunque aparentemente esto es natural, en todo caso es importante no pasar por alto tres líneas de comprensión que nos ofrece la Iglesia hoy a través de la Palabra de Dios sobre la muerte.
Sabiduría 3 (1-9)
En primer lugar, el autor del libro de la Sabiduría califica a la persona como insensata en la medida en que esta ha entendido la “muerte como una desgracia y una total destrucción” en contravía a las consideraciones del sensato que a todas voces expresa y entiende la muerte como un paso hacia la vida plena, como un estar con Dios, un permanecer en Él, a la postre un vivir con en Él para siempre.
Esta lógica pone de manifiesto que la muerte no es una pérdida sino una ganancia, pues se trata de la contemplación del mismo Dios en la eternidad, que traduce, “paz perpetua, luz indefectible, gozo continuado y aprobación final del holocausto por parte de Dios” (Sb 3), esto último se sitúa en la espiritualidad oblata como el ofrecimiento definitivo de todo el ser a Dios, ofrenda total, inmolación por amor, entrega de la persona a su dueño, pues de Dios salimos y a Él volvemos. Por este camino, esta primera comprensión nos pide entender la muerte como el desasimiento del ser en este mundo para ser en Dios en la eternidad.
Salmo 22
En segundo lugar, la muerte según el itinerario planteado por el salmo 22 no se puede entender sino desde las palabras: “Tú mismo preparas la mesa”, y aunque estamos situados en el marco del Antiguo Testamento, en todo caso esta expresión preanuncia la eucaristía, esto quiere decir que la muerte en contexto eucarístico es un sacrificio en forma de banquete, este acento victimal se refiere a Jesús, quien sin lugar a duda, es el ofrecido, el inmolado, la materia del holocausto, el ser para los demás, es decir el proexistente, el cual habiendo dicho “tomen mi cuerpo y beban mi sangre” (Mt 26,26-28) se deshizo de sí mismo para dar fruto abundante, “si el grano de trigo no muere, queda infecundo” (Jn 12,24).
Y es que Jesús hizo de su vida una constante eucaristía, hizo de sus días una ofrenda permanente a Dios, una constante oblación que se prolongó hasta la eternidad, de aquí las palabras, “hagan esto en conmemoración mía” (1Co 11,24).
Si esto es así, la experiencia de morir no es otra cosa sino una realidad de comensalidad, nos referimos a un sentarnos con Jesús en la mesa que nos tenía preparada desde toda la eternidad, y esto en razón, de que a lo largo de nuestra vida haya habido una cuidadosa preparación para ir al banquete con el vestido de fiesta digno del convite celestial, este vestido es fundamentalmente el de las obras de misericordia que de practicarlas en vida se convierten en el pasaporte hacia el cielo, mesa de amor que no tiene ocaso. Por lo mencionado, el acto de la muerte nos conduce a la comensalía de Dios en la plenitud de los tiempos.
Romanos 5 (5-11)
Finalmente, la comprensión de la muerte por parte de san Pablo en su carta a los Romanos en el capítulo 5, tiene una vertiente muy especial, se trata de la incorporación a Cristo, esto significa que desde el día de nuestro bautismo empezó en nosotros un proceso de cristificación, una asociación de nuestra vida con la de Cristo, lo cual implica abrazar su vida completamente, esto incluye su sufrimiento, su dolor, su cruz, la muerte y también la resurrección.
Así las cosas, diría el fundador de los Padres Oblatos, Julio María Matovelle, “cada acto de la vida es un morir continuo hasta llegar al momento definitivo de la inmolación total por amor que acontece el día de la muerte”, en ese día acaece la incorporación total del ser humano a Cristo y por tanto el resonar del grito de esperanza confirmando lo dicho por Jesús en Juan 6,40: “Yo lo resucitaré en el última día”.
Lo manifestado da cuenta del misterio de la muerte como preludio de resurrección, día en que todo se hace nuevo, día en que se recrea la vida para siempre junto a Dios, día definitivo en el que la vida canta, “¿dónde está muerte tu victoria, dónde está muerte tu aguijón? (1Co 15,55). Desde este punto de vista, la tercera mirada sobre la muerte es un hecho configurador que nos sitúa en la pascua eterna del Señor Resucitado.
Teniendo presente estas tres concepciones acerca de la muerte, supliquemos a nuestra Madre del cielo que, el día de los fieles difuntos no sea simplemente un traer a la mente la memoria de nuestros seres queridos que ya no están, sino la oportunidad para pedirle a Dios que los tenga sentados junto a Él en el banquete que no termina jamás y la ocasión de reflexionar sobre nuestra propia vida cuyo horizonte es la pascua del Resucitado en el aquí y en el ahora de la historia.
P. Ernesto León D, o.cc.ss.
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