Congregación de Misioneros Oblatos de Los Corazones Santísimos
HOMILÍA PARA EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A – 2026
Zacarías 9,9-10; Salmo 144; Rm. 8,9.11-13; Mt 11,25-30
Un saludo muy especial en los Corazones Santísimos de Jesús y María.
Apreciados hermanos, en este domingo la Palabra de Dios ilumina nuestra vida de fe a partir de una consideración en particular profundizada cuatro veces en la liturgia que la Iglesia ofrece; tal consideración tiene que ver fundamentalmente con la identidad de Jesús que responde a la pregunta: ¿Quién es Él para el creyente? y si se quiere, ¿Cuáles son las consecuencias que tal comprensión genera en la vida de las personas de fe?
Estos interrogantes encuentran respuestas claras, en primer lugar, en la profecía de Zacarías quien generando esperanza en los israelitas venidos del exilio les anuncia que los tiempos nuevos no se harán esperar y que con ellos arribará el rey que además de ser justo es triunfador, es pobre y también poderoso, es anunciador de paz y al tiempo, dueño del confín de la tierra.
Estas consideraciones, por su puesto, a manera de profecía hablan de Jesús el Hijo de Dios
Quien es sembrador de esperanza en el corazón humano, tejedor de nuevas relaciones entre los hombres de todos los tiempos y por eso es justo, pobre de bienes, pero rico porque Dios es su Padre y el corazón de cada persona es su trono, viene montado en un pollino, pues su presencia no es autoritaria, avasallante, dominadora, vengativa y guerrerista como lo es incluso hoy el lenguaje de los políticos, por el contrario, al decir de Zacarías es proclamador de paz, pero no una paz que se firma o se acuerda, no una paz poco duradera como el de las potencias mundiales, sino una paz construida desde el corazón producto de la presencia de Dios en él. Esta es la identidad de Jesús nuestra esperanza.
Ahora bien, una segunda perspectiva que nos aproxima a la identidad del Hijo de Dios es el salmo 144
Para entender esta consideración es útil la contemplación con respeto y solidaridad del drama que sufren nuestros hermanos de Venezuela a causa del terremoto, en estas circunstancias el autor sagrado afirma: “El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”, tal verdad llena de gozo y esperanza al corazón humano, pues allí donde el dolor clama allí está el Señor Jesús, allí donde la adversidad levanta su voz la majestad del Señor Jesús no calla, allí donde la desilusión anuncia que todo está perdido el Señor endereza la espalda para enfrentar el desastre; allí donde la muerte encumbrada en un corcel anuncia la catástrofe, Jesús sobre un asno grita que la esperanza en Dios no defrauda. Por lo mencionado, Jesús es la fuerza para los hombres que creen en Él.
Situados ahora en la carta a los Romanos
San Pablo habla de Jesús como el dador de vida, una vida que otorga sentido y horizonte a la persona en contravía de cualquier lógica asociada al egoísmo, a intereses oscuros y a la deformación de lo que esencialmente es el ser humano, un “ser para los demás” así como lo es Cristo; entender a Jesús como dador de vida es comprender que por el Espíritu Santo renueva siempre la condición humana, le insufla vida aún en situaciones de muerte, le genera alegría en medio de toda tristeza, provoca en la persona ideales más altos que tan solo un cierto estado de bienestar, en efecto, sin la acción del Señor en la vida humana, todo se vuelve caos y destrucción aunque aparentemente haya señales de progreso y desarrollo; pues bien sabido es que “si el señor no construye, en vano se cansan los albañiles”. (Sal 126).
El Hijo de Dios
Finalmente, San Mateo develando la identidad de Cristo afirma que, esencialmente es el Hijo de Dios y que esta verdad está vedada para los orgullosos, no así para los sencillos de corazón, y no solo esto, revela también que el Señor es alivio para los cansados y agobiados, que es un Corazón que, “aunque dormido late de amor por la humanidad” (V. P. Matovelle), un Corazón abierto que espera a quienes lo aman para darles abrigo, cuidado, sanación y protección. En el fondo la identidad del Señor es la del Corazón que tanto ha amado al mundo y que llegó a conocer el extremo de la muerte para darle nueva vida a la humanidad.
Si estas son las consideraciones sobre la identidad del Señor Jesús, las consecuencias para todo creyente se sintetizan en hacer la voluntad de Dios que no es otra cosa que asumir los rasgos de Jesús y volverlos palabras y actitudes en la vida cotidiana, esta intención de manera particular la depositamos en el Corazón Inmaculado de María, Madre de Dios y Madre nuestra.
P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior General de Oblatos.
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