Congregación de Misioneros Oblatos de los Corazones Santísimos
Homilía para el domingo XXI del tiempo ordinario – Ciclo A – Agosto 23 de 2026
Is 22,19 -23; Sal 137; Rm 11,33-36; Mt 16,13-20
Queridos hermanos en los Corazones Santísimos de Jesús y María.
En la vida de la Congregación de Padres Oblatos hay una fórmula que es repetida por sus miembros todos los días y que corresponde a su más profunda espiritualidad, se trata de: “Por amor de Dios, yo enteramente y para siempre me ofrezco y me consagro a mi Señor como oblación y hostia, Amén. Oh, Jesús, para ti vivo; oh, Jesús, para ti muero; oh, Jesús, tuyo soy en la vida y en la muerte. Amén”; este compendio carismático, en realidad, corresponde a dos movimientos que pueden ser vividos por todos los creyentes en plena sintonía con la Palabra de Dios de este domingo.
El primero de ellos tiene que ver con la identificación “de” y “con” Cristo
Sabiendo que es muy fácil definir a Cristo conceptualmente, pero resulta difícil identificarse con Él y con lo que su vida contiene: la Cruz. En el caso de Pedro, este movimiento supuso un proceso que luego se concretó en su confesión de fe traducida en la siguiente expresión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; como se puede observar, además de la respuesta sobre quién es Jesucristo, el fondo tiene que ver con la identificación de Pedro, del creyente, del oblato con su vida y su misión, así las cosas, vale la pena decir en este punto que, no es posible seguir a quien no se conoce ni apostar la vida por algo, “un proyecto” o una vida incomprendidos.
Desde esta perspectiva, la fórmula de la oblación perpetua del comienzo da cuenta de un oblato y en términos amplios de un creyente que, sabiendo quién es el Hijo de Dios y su proyecto de salvación, apuesta la vida, la dona, la ofrece junto a la de Cristo por la humanidad, y no “por amor “a” Dios”, sino “por amor “de” Dios”.
En vista de lo mencionado, la confesión de Pedro en el evangelio de hoy no fue un simple “decir”, sino un compromiso vital que no lo exoneraba de la cruz, tal es la condición de la oblatividad que, resulta sin contenido si la cruz se desconoce. En definitiva, no existe oblación sin cruz; no se concibe a un creyente al margen de la cruz; no es posible considerar la confesión de Pedro sin haber contemplado el hecho de la pasión, lo cual significa conocer a Cristo y al tiempo su misión en tensión pascual.
El segundo movimiento tiene que ver con el dato de la fe y la confianza
Pedro depositó su fe en el Señor y lo comprendió como el Mesías, por su parte Jesús, confiando en Pedro le entregó las llaves del reino y lo llamó roca sobra la cual edificaría la Iglesia.
Desde esta lógica, el creyente ha de hacer de la fe un itinerario que lo lleve todos los días a reafirmar a Jesús como el Hijo de Dios en medio de cualquier circunstancia, a confirmar su esperanza en Aquel que no defrauda, a seguirlo sin límites incluso hasta la cruz, a esperar en Él contra todo pronóstico, en una palabra, a identificarse con él en la vida y en la muerte, tal como reza la fórmula de la oblación: “Oh Jesús para ti vivo, oh Jesús para ti muero”, por esta razón, a manera de respuesta sobre qué es la fe, qué es creer en Dios y qué significa la confesión de Pedro, es posible decir que, la fe no es otra cosa sino estar unidos incondicionalmente a Jesucristo, aún cuando la barca parezca hundirse, cuando falte el pan, cuando llegue la enfermedad, la pobreza o la incertidumbre; en síntesis, fe es unirse íntimamente a Cristo como si se tratara de un solo corazón que aborda la vida y los acontecimientos tal y como ellos son.
Ahora bien, no es posible dejar sin mérito el hecho de la confianza de Jesús en Pedro, es Dios confiando en el hombre, en sus facultades, en sus potencialidades y talentos, y como Pedro, es factible por parte del creyente negarlo una y otra vez, amar más la propia vida que la de Cristo, traicionar su confianza, pero también es posible como Pedro, morir por Cristo en oblación perpetua contemplando el pasar de cada día como un morir constante y al tiempo como el hecho pascual que no conoce término.
Esta última consideración revela una tensión, el hombre que cree en Dios y la confianza de Dios puesta en el hombre
Posiblemente frente a esta tensión, sea necesario repetir cotidianamente con acento matovellano: “Por amor de Dios yo enteramente y para siempre me ofrezco y me consagro a mi Señor como oblación y hostia”; esta es la más profunda intimidad entre Dios y el hombre que se entrega por completo a Él, en el caso de Pedro su oblación fue el martirio por amor “de Dios”.
Al Corazón Inmaculado de María, la Mujer de la fe, le suplicamos que nos permita conocer más a Jesucristo para adherirnos a su vida y a su misión, jamás al margen de la cruz.
P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior General de Oblatos.
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