Ciclo de catequesis – Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. III. La Pascua de Jesús. 3. Perdón. «Los amó hasta el extremo» (Jn 13,2)
Queridos hermanos y hermanas:
hoy reflexionamos sobre uno de los gestos más impactantes y luminosos del Evangelio: el momento en que Jesús, durante la Última Cena, ofrece el bocado a quien está a punto de traicionarlo. No es solo un gesto de compartir, es mucho más: es el último intento del amor por no darse por vencido.
San Juan, con su profunda sensibilidad espiritual, nos habla de ese momento de esta manera: «Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, entregarlo […] Jesús, sabiendo que había llegado su hora… los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1-2). Amar hasta el extremo: esta es la clave para comprender el corazón de Cristo. Un amor que no se detiene ante el rechazo, la decepción o incluso la ingratitud.
Jesús conoce la hora, pero no la sufre: la elige.
Es Él quien reconoce el momento en que su amor tendrá que pasar por la herida más dolorosa, la de la traición. Y en lugar de retirarse, acusar, defenderse… Sigue amando: se lava los pies, moja el pan y lo reparte.
«A él es a quien yo le daré el bocado y se lo daré» (Jn 13, 26). Con este gesto sencillo y humilde, Jesús lleva su amor hacia adelante y profundamente. No porque ignore lo que está sucediendo, sino precisamente porque ve con claridad. Comprendió que la libertad del otro, incluso cuando se pierde en el mal, todavía puede alcanzarse a la luz de un gesto suave. Porque sabe que el verdadero perdón no espera el arrepentimiento, sino que se ofrece primero, como un regalo gratuito, incluso antes de ser aceptado.
Judas, desafortunadamente, no entiende. Después del bocado, dice el Evangelio: «Satanás entró en él» (v. 27). Este pasaje nos sorprende: como si el mal, hasta ahora oculto, se manifestara después de que el amor ha mostrado su rostro más desarmado. Y precisamente por eso, hermanos y hermanas, ese bocado es nuestra salvación: porque nos dice que Dios hace todo —absolutamente todo— para llegar a nosotros, incluso en la hora en que lo rechazamos.
Es aquí donde el perdón se revela en todo su poder y manifiesta el rostro concreto de la esperanza.
No es olvido, no es debilidad. Es la capacidad de dejar libre al otro, mientras lo amas hasta el final. El amor de Jesús no niega la verdad del dolor, pero no permite que el mal sea la última palabra. Este es el misterio que Jesús realiza para nosotros, en el que también nosotros, a veces, estamos llamados a participar.
Cuántas relaciones se rompen, cuántas historias se complican, cuántas palabras no dichas permanecen suspendidas. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que siempre hay una manera de seguir amando, incluso cuando todo parece irreparablemente comprometido. Perdonar no significa negar el mal, sino evitar que genere más mal. No se trata de decir que no haya pasado nada, sino de hacer todo lo posible para que no sea el resentimiento el que decida el futuro.
Cuando Judas sale de la habitación, «era de noche» (v. 30). Pero inmediatamente después Jesús dice: «Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado» (v. 31). La noche sigue ahí, pero ya ha comenzado a brillar una luz. Y brilla porque Cristo permanece fiel hasta el final, y por eso su amor es más fuerte que el odio.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros vivimos noches dolorosas y fatigosas.
Noches del alma, noches de decepción, noches en las que alguien nos ha herido o traicionado. En esos momentos, la tentación es cerrarnos, protegernos, devolver el golpe. Pero el Señor nos muestra la esperanza que existe, siempre hay otro camino. Nos enseña que podemos ofrecer un bocado incluso a aquellos que nos dan la espalda. Que puedas responder con el silencio de la confianza. Y que se puede seguir adelante con dignidad, sin renunciar al amor.
Hoy pidamos la gracia de saber perdonar, incluso cuando no nos sentimos comprendidos, incluso cuando nos sentimos abandonados. Porque es precisamente en esas horas cuando el amor puede alcanzar su punto máximo. Como Jesús nos enseña, amar significa dejar al otro libre —incluso para traicionar— sin dejar nunca de creer que incluso esa libertad, herida y perdida, puede ser arrebatada del engaño de las tinieblas y devuelta a la luz del bien.
Cuando la luz del perdón logra filtrarse a través de las grietas más profundas del corazón, entendemos que nunca es inútil.
Aunque el otro no lo acepte, aunque parezca vano, el perdón libera a quien lo da: disuelve el resentimiento, devuelve la paz, nos devuelve a nosotros mismos.
Jesús, con el simple gesto del pan ofrecido, muestra que cada traición puede convertirse en una oportunidad de salvación, si se elige como un espacio para un amor más grande. No cede ante el mal, sino que lo vence con el bien, impidiéndole extinguir lo que es más verdadero en nosotros: la capacidad de amar.
Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:
Reflexionamos hoy sobre el amor y el perdón que manifiesta Jesús en vísperas de su Pasión. Se trata de un amor que se entrega hasta el fin, y de una actitud de perdón que no se detiene frente al rechazo, la traición o la ingratitud de sus discípulos. En vez de acusar o defenderse, Jesús sigue amando y perdonando: lava los pies de los suyos, comparte la cena con ellos, moja un bocado y lo da. En estos gestos sencillos y humildes Jesús nos enseña a amar y a perdonar hasta el extremo.
El perdón que nos enseña Jesús no espera el arrepentimiento del que ofende, sino que se ofrece primero, como don gratuito, aun antes de ser acogido. No es olvido ni debilidad, sino la capacidad de dejar libres a los demás. De ese modo, el perdón se revela en todo su poder y muestra el rostro concreto de la esperanza. Perdonar no significa negar el mal, sino impedir que las tinieblas a las que conduce se sigan extendiendo, y regresar a la luz del bien. El perdón libera y devuelve la paz.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española.
Saludo a las monjas benedictinas del Monasterio Nuestra Señora de la Expectación, de Cuenca. Pidamos al Señor la gracia de saber amar y perdonar a la medida de su Corazón. Que no cedamos al mal ni al resentimiento, sino que abramos nuestros corazones a la salvación que Él nos ofrece. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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