CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS

LECTIO AGOSTO 15 DE 2024

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María
San Lucas 1, 39-56
María en la Gloria:
Imagen de lo que un día seremos

“Ha hecho en mí maravillas”

Celebramos con gozo hoy una de las fiestas más bellas de la Santísima Virgen María: su glorificación en cuerpo y alma al cielo.

En este día constatamos una vez como la profecía que salió de sus labios, “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lucas 1,48), se ha cumplido ininterrumpidamente hasta la fecha.

No deseamos otra cosa, en una fecha como ésta, que hacer propias las palabras del Padre de la Iglesia que decía:

“Que en cada uno esté el alma de María para engrandecer al Señor,
que en cada uno esté el espíritu de María para exultar en Dios!”
(San Ambrosio)

En el misterio de su Asunción al Cielo cantamos la Gloria de María, pero ¿en qué consiste la Gloria de María?

La verdadera gloria de María es su participación en la misma luz de Dios. Así como la mujer revestida del resplandor del sol del Apocalipsis, ella ha sido envuelta en su misma gloria, ha sido sumergida en Dios.  En esta gloria María realiza la vocación para la cual toda criatura humana y la Iglesia entera ha sido creada: ser “alabanza de la gloria” de Dios (Efesios 1,14).

Por eso en esta solemnidad proclamamos junto con la Iglesia entera que María ha entrado en la Gloria de su Hijo Jesús con todo lo que ella es, con la humildad de su vida, de su silencio, de su entrega discreta, de su camino en el seguimiento hasta los pies de la cruz.

Para decirlo en pocas palabras: María –la Madre y humilde discípula- participa ahora de la plenitud de la vida resucitada de Jesús y vive en perfecta comunión con Dios. Éste es el motivo de nuestra fiesta.

1. Un maravilloso ícono que da ganas de ir al Cielo

La Asunción de María nos obliga a levantar la mirada.

Una mirada hacia lo alto

Ante todo María nos lleva a contemplar al “Poderoso”, “Santo” y “Misericordioso” Dios que realizó en ella todas esas maravillas (Lc 1,49). Es al autor de toda esta obra a quien adoramos, alabamos y agradecemos.

El que importa en última instancia es Aquél que la creó, la amó, la llamó y finalmente la acogió, toda ella transformada por la redención y resurrección del Hijo, en su mismo ser.

Por eso la de hoy es una fiesta de alabanza: nos asombramos una vez más por las maravillas de Dios en María, las cuales son un anuncio vivo de lo que nos aguarda también a nosotros si transitamos por su mismo camino.

El sentido y la plenitud de nuestra vida y la de la humanidad entera se encuentran en esta comunión con Dios en la que la vemos entrar, en el colmo de su felicidad, cantando su Magníficat.

Una mirada hacia el futuro

Este misterio de María tiene su particularidad. Mientras en todos los demás contemplamos a María como modelo de lo que debemos ser en el presente, en la solemnidad de hoy la contemplamos como signo de lo que un día, en el futuro, seremos.

María motiva nuestra esperanza. Ella es la demostración de la verdad de la palabra en la Escritura Santa: “si compartimos sus sufrimientos, compartiremos también su gloria” (Romanos 8,17). Aunque también es verdad que si nadie ha sufrido “con Cristo” más que María, ninguno es más glorificado “con Cristo” que María.

En este sentido, María asunta al cielo es imagen viva del futuro de la Iglesia. El tránsito de María, nos enseña cuál es la meta de nuestro tránsito en la tierra y cuál es la dirección de nuestra peregrinación de regreso hacia el Padre hasta el día en que nos sumerjamos en el océano inmenso de su misterio y de su amor.

Una mirada hacia nosotros mismos

Por todo lo anterior, María es un ícono de lo que cada uno de nosotros anhela ser y es así como este misterio tiene que ver con nuestra realidad más profunda.  Con María comprendemos no sólo dónde está la meta sino cuál es la ruta: la Cristificación.

Es a esa identificación total hacia la cual nuestro corazón orante se siente siempre atraído, porque para eso fuimos llamados. Por eso nos leemos en el evangelio escrito en la vida de María: ella es como un espejo de lo que nos espera y junto con ella comenzamos desde ahora la fiesta de nuestro destino.

María llegó al Cielo a través de un largo tránsito de alegría y de dolor por los caminos del Evangelio. Ella fue la discípula que caminó más cerca de Él porque fue la primera en entrar al cielo después de la ascensión de Jesús. Pero esto no era más que el vértice de un camino de cristificación por las rutas del discipulado, el coronamiento de su proceso de conformación con Jesús sufriente y glorioso. Su tránsito nos indica, entonces, la finalidad y la forma de nuestro vivir, sufrir, esperar, amar, obrar.

Una mirada hacia lo que tenemos que hacer

En esta solemnidad profundizamos en el misterio por medio de las lecturas bíblicas y descubrimos, a partir de ellas, una doble realidad:

• La realidad terrena en que realizamos nuestro tránsito, donde combatimos por la fidelidad en la fe, un terreno siempre conflictivo donde se dan cita las fuerzas opuestas del bien y del mal, tal como nos lo anuncia hoy la primera lectura, tomada del Apocalipsis.

• El gran horizonte de vida plena –en la comunión con Dios, participando en la resurrección de Cristo– que se abre para quien cree en las promesas de la Palabra, como lo expresan Isabel y María en sus respectivos cánticos en el evangelio de Lucas.

Observando estas dos realidades ante las que nos coloca la Palabra, vamos ahora a tratar de desentrañar algunas lecciones que esta solemnidad nos deja.

2. En la arena de la historia: María nos enseña que venceremos (Apocalipsis)

Vayamos primero al libro del Apocalipsis (11,19;12,1-6.10) y contemplemos allí la imagen de una mujer que el vidente describe como revestida por la fulgurante luz de Dios.

El combate y la victoria

El texto parece enigmático a primera vista.  Pero comienza a descifrarse en la medida en que nos detenemos en las imágenes que van desfilando ante nuestros ojos:

• Vemos una mujer “vestida de sol” (Ap 12,1) en quien, con la interpretación de la Iglesia, reconocemos a la que es la mejor representante del pueblo de Israel (por eso las doce estrellas) y que está a punto de dar a luz al Mesías (12,2): María dando a luz al Verbo hecho carne, a Jesús.

• Vemos también un enorme “dragón” sanguinario (12,3-4), símbolo del mal que quiere devorar al niño recién nacido por ser Él primogénito de la nueva humanidad, de una vida nueva, que se opone a sus caprichos.

La imagen más importante es la lucha dramática, agresiva y aparentemente desventajosa, entre la mujer y el dragón, una lucha que tiene en el centro al hijo recién nacido de la mujer.  Esta lucha ve la victoria final de Dios en la glorificación de Jesús: “Ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo” (12,10).  Por su participación en esta glorificación, María ya ha alcanzado esta victoria.

Nuestros combates y nuestra victoria

Pero nosotros leemos también en esta escena nuestro presente: la lucha perenne entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre Dios Padre que ama el mundo hasta darnos a su Hijo, y el enemigo del hombre que quiere privarnos de la filiación divina, de nuestra dignidad de hijos de Dios, que quiere cerrarnos la boca para que no gritemos “Abbá, Padre”, que trata de todas las formas posibles arrancar de nuestros corazones el respeto, el estupor, el amor por la vida.

El “dragón” representa todos los planes destructivos de la libertad y de la dignidad humana, todo lo que es falta de respeto contra la gente, todas la fuerzas que nos bloquean interior y exteriormente para que no optemos por el plan de amor y de salvación del Padre.

El “dragón” representa, entonces, a todos los ídolos que nos asedian, los ídolos del poder, de la fama, del placer, de la ambición, que nos impiden descubrir con mayor esplendor en el rostro de Jesús crucificado el esplendor del Padre.

Allí en medio está María

En este texto enigmático del Apocalipsis, la mujer resplandeciente, “revestida por el sol”, representa también la humanidad salvada, restituida a Dios su creador. El futuro del hombre y del mundo, nuestro verdadero destino es el que seamos revestidos de la luz espléndida de Dios.

Y ya que ninguna criatura humana ha sido, ni es ni será tan de Jesús como lo fue, como lo es y como será siempre María, ella es la primera que toma parte en la victoria final de su Hijo sobre la muerte, anticipando la gloria reservada a todos nosotros, a toda la humanidad.

Nuestra peregrinación, seamos realistas, está marcada por el combate espiritual contra todas las fuerzas adversas al Reino de Dios.  Pero, tengámoslo hoy bien claro, María nos asegura que venceremos, María nos indica el camino para seguir a Jesús, María agudiza nuestra mirada de fe para descubrir en el tejido complejo de nuestras jornadas, aún en el sufrimiento y en la pruebas, el germen vivo de la salvación definitiva.

3. Un evangelio para cantar junto con María (Lucas)

El evangelio de hoy nos coloca ante dos cánticos inspirados que provienen respectivamente de dos mujeres, Isabel y María, y en los que se pone de relieve la “gloria” de María.

Primer cántico: aprender a ser felices (1,42-45)

En sus palabras de felicitación, Isabel deja entender que hay una gloria de María que podemos ver con nuestros ojos sobre la tierra: Ella es la “Bendita entre todas las mujeres” (Lucas 1,42), es la “Madre del Señor” (1,43), es la mujer “feliz” (1,45a).  Y esta gloria brotó de la obra de Dios acogida en la buena tierra de su fe: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (1,45).

María alcanza esta “bienaventuranza” por el camino doloroso de la fe sostenida por la Palabra, así llega a la meta cierta que Isabel llama la “felicidad”, la plenitud de vida en el Señor.

Pero si es grande la gloria de María sobre la tierra, mayor es su gloria en el cielo. Como se ve en el texto, María no se quedó con la felicitación sino que enseguida la orientó hacia la alabanza de Dios. Por eso elevemos la mirada junto con María para cantar su Magníficat.

Segundo cántico (1,46-55)

María acoge la bendición y la bienaventuranza que provienen de Isabel, no en su ego sino en el terreno fecundo de su corazón orante e improvisa un canto festivo, de alabanza, de exultación a Aquel que en ella ha hecho cosas verdaderamente maravillosas, cosas grandes.

En la medida en que se desarrolla su oración vemos cómo se va expresando la conciencia que tiene de la “gloria” que la habita y, al interior de su experiencia personal, de la gloria de Dios que quiere habitar a toda la humanidad. María hace de su cántico una escuela de alabanza (y de compromiso) en la cual también nosotros redescubrimos nuestra  sublime vocación.

(1) Alabar y agradecer junto con María

“Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (12,46-47).

¿Qué hace?

“Engrandece”. Estas palabras expresan emociones fuertes y profundas. María ama a Dios con un amor grande y lo “engrandece”, es decir, quisiera que fuera reconocida y proclamada con la mayor intensidad posible su grandeza, porque Dios la ha llenado de su gracia y se ha inclinado hacia su humildad.

¿Cómo lo hace?

“Exulto”. Lo hace “exultando de alegría”, esto es, cantando, danzando, alabando a Dios con todas sus fuerzas como su Señor y Salvador.

¿Con quién lo hace?

“Todas las generaciones”. Ella canta en nombre de la humanidad con la voz de sus humildes que comprendieron que el “temor” hace vehicular siempre la “misericordia” divina por los meandros del tejido social en el cual Dios hace justicia.

El Magníficat es un cántico personal y al mismo tiempo es universal, cósmico. Es el cántico de todos los salvados que han creído en el cumplimiento de las promesas de Dios, o mejor, es el himno de todos los que se reconocen hijos del Padre.

¿Qué quiere impregnar en nosotros?

El hecho de que la liturgia coloque hoy este texto en el contexto festivo de la plenitud de la vida de María nos da una clave importante: toda la historia de María sobre la tierra es releída desde el cielo con gratitud y alabanza.

Por eso impregna en nosotros un vivísimo sentido de gratitud en todas nuestras jornadas. Es verdad que en la vida no faltan problemas, pruebas, oscuridades, dolores, injusticias; pero no debe faltar tampoco nunca la gratitud y la alabanza en nuestros labios. Es como María, quien  sabe mirarlo todo –aún las dolorosas desgracias de la humanidad- con ojos limpios y agradecidos, porque sabe que allí también interviene salvíficamente la mano de su Hijo.

Una mirada de gratitud sobre nuestro pasado y presente, una aceptación serena de nosotros mismos y de nuestras carencias a la luz del amor con el que Dios que nos sostiene, cambia nuestro humor, nuestro modo de ver las cosas y suscita en nosotros optimismo y confianza.

La Asunta al Cielo nos enseña así que tenemos que darle en nuestra vida una gran primacía al ser agradecidos.  Un discípulo del Señor, como ella, debe caracterizarse por el primado de la gratitud.  Ojalá habitara en cada uno de nosotros el alma orante de María que alabemos y exaltemos como ella al Señor. A la luz de la acción de gracias podemos comprender nuestra vida como un gran camino hacia lo alto, hacia Dios, hacia la gloria en la cual María ha sido asunta.

(2) Profetizar el mundo nuevo junto con María

Qué fuertes se sienten hoy las palabras: “Exaltó a los humildes” (1,51-55).

Como ya vimos, la felicidad de María no es algo que se reserva para sí misma, es el preludio del gozo de la humanidad entera que se descubre transformada por la misericordia de Dios.

María ora a la manera de los grandes profetas, sólo que no lo hace con verbos en futuro sino en pasado: es tan grande su certeza en la misericordia de Dios que se expresa como si ya todo hubiera sucedido. Como los grandes profetas ella infunde esperanza portando en su corazón orante el mundo nuevo que se inaugura en la persona de Jesús.

Sorprende ver que no ignora los sufrimientos de la historia.

De hecho, a ella le tocó vivir algunos de los días más oscuros y más negros de la historia humana. Con todo, con su finura espiritual tomó conciencia que aún en aquellos días Dios estaba muy cerca del sufrimiento de su pueblo, que le importaban nuestros dolores, que entraba bien dentro de nuestras llagas para confortarnos y para hacer de cada momento doloroso una posibilidad para ejercitar la solidaridad y el amor, para sacar del mal bien, para hacer de la cruz una resurrección.

Por eso, hay que leer la historia no solo desde su lado oscuro sino también desde su reverso, allí donde está oculto Dios, para que descubramos todos los gestos de amor que no tienen publicidad, a los que no se les hace prensa ni televisión, todos los gestos de amor de Dios y también de personas maravillosas que viven en este mundo que ante los desafíos de la vida irradian lo mejor que llevan dentro, su amor, su bondad, su deseo de construir la paz en todas las cosas.

En fin…

En esta solemnidad de la Asunción nos unimos a la mujer feliz que canta y danza en la fiesta eterna del cielo, alabando al Señor de la historia que sabe estropear los proyectos de los poderosos e invierte la escala de valores en la que los señores terrenos de la historia se inspiran.

Con la mirada en Dios pero con los pies en la tierra, María sabe alabar sin por eso disminuir su compromiso con la historia. Esta historia en la que ella, con la santidad radical de su vida, es la primicia de lo nuevo que viene. María con el gozo de su alabanza nos enseña a construir esta historia con el corazón abierto a Dios y como proclamadores de los valores evangélicos, de manera que sea encaminado el proyecto de Dios en la tierra.

Qué gran emoción sentimos hoy cuando María nos contagia su alegría y nos invita a su fiesta del Cielo. Ella dice “Engrandece mi alma al Señor” (1,46b). Pero también hay un Salmo que bien podría estar en sus labios: “Engrandeced conmigo a Yahveh, ensalcemos juntos su nombre” (34,4).  No hay alegría más grande que podamos darle a nuestra Madre del Cielo que la de entrar en el coro de su fiesta.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. Esta fiesta nos invita a cantar la Gloria de María: ¿En qué consiste esa Gloria?

2. ¿Qué significa para nosotros la certeza de que la Asunción de María es signo de lo que seremos en el futuro? ¿Cómo vivo esta realidad?

3. El Magníficat es el canto de María que agradece la obra maravillosa de Dios en ella. ¿Cuál es mi Magníficat? ¿En qué forma agradezco a Dios su acción en mi vida y en la historia?

4. ¿En mi familia, comunidad, grupo, cuáles son los motivos para agradecer a Dios y a las personas con las cuales convivo? ¿Qué voy a hacer concretamente para manifestar mi gratitud?

5. ¿Cuáles son los “dragones” que amenazan con destruir los deseos de bien que surgen en mí? ¿Qué hago concretamente para vencerlos?

Oremos

Oh María, Madre de la fe, que te has dejado poseer totalmente por Dios, intercede por nosotros para que podamos amarlo como tú lo amas.

Oh María, tú que eres la primicia del mundo nuevo que esperamos, ayúdanos a ver el mundo como tú lo ves, enséñanos a contemplar la historia como espacio habitado por la bondad, por la misericordia, por el amor del Padre, por el amor de Jesús por toda la humanidad, por los pobres, los humildes, los que ahora están sufriendo, los marginados, por mí, por cada uno de los que ahora oran junto conmigo.

Madre de la esperanza, enséñanos a mirar con paciencia y con perseverancia las situaciones difíciles que vivimos en este tiempo en el que muchos, incluso discípulos de tu Hijo, caen en la tentación de perder de vista el gran horizonte de vida que es el cielo, que es la vida eterna, que es el gran día de la segunda venida del Señor.

Tú que eres la madre del amor y de la alabanza, concédenos participar cada día de nuestra vida en tu alabanza, en tu Magníficat, y exultar contigo por las pequeñas y por grandes cosas que el Señor continúa operando en medio de nosotros, que podamos hoy gozar junto contigo inmensamente sostenidos por la certeza de que Jesús resucitado ya está aquí presente, no importa que sea de manera oculta, sacramental, en los sufrimientos de nuestros pueblo, en el mundo y en la historia. Amén.

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

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