CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA HOMILÍA PARA EL V DOMINGO DEL TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C. Is 43, 16-21; Sal 125; Fil 3,8-14; Jn 8,1-11 Es importante enmarcar esta homilía en un ambiente de esperanza en el corazón, de alegría en todo nuestro ser y de suma claridad en […]
">
Misioneros Oblatos o.cc.ss
lunes, noviembre 23, 2020

HOMILÍA PARA EL 13 DE MARZO DE 2016

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL V DOMINGO DEL TIEMPO DE CUARESMA. CICLO C.
Is 43, 16-21; Sal 125; Fil 3,8-14; Jn 8,1-11

Es importante enmarcar esta homilía en un ambiente de esperanza en el corazón, de alegría en todo nuestro ser y de suma claridad en nuestro pensamiento, en aras de adherirnos al Señor a través de un encuentro personal con él, el Señor de la vida y de nuestra historia personal.

En la primera lectura el profeta Isaías nos muestra el poder del Dios que se ha manifestado a los hombres y mujeres desde el comienzo del mundo, que se acentuó en los momentos difíciles, que experimentó el pueblo de Israel y que ahora, en nuestro tiempo, se evidencia de manera excelsa en el caminar de la Iglesia en medio de sus vacilaciones y contradicciones; ese Dios dice Isaías, “abrió camino en el mar” y creemos que con toda seguridad abrirá caminos de gozo y de esperanza a la Iglesia en medio de un mar de  dificultades; “abrió sendas en las aguas impetuosas”, es decir en medio de lo imposible, Dios mostró caminos de luz y de salida; “él realizó algo nuevo”, cuestión que se concreta hoy en la alegría que sentimos todos los cristianos al comienzo de esta nueva era de la Iglesia; “abrió un camino en el desierto”, es decir  la calzada de la fe, la senda de la esperanza y la ruta de la caridad entre los hombres y los pueblos; ese Dios en quien todos nosotros creemos “ofreció agua en el desierto”, lo cual se refiere al agua de la vida que ofrece el Señor a su pueblo, se trata del agua del perdón y de la reconciliación entre los hermanos, es el agua de la confianza ilimitada en él, el agua de la purificación en la que todo el mundo cristiano que conforma la Iglesia ha de sumergirse para forjar su fe y su esperanza en un Dios actuante, en un Dios que está vivo, en un Dios que es papá para quien lo ama y lo adora con todas las fuerzas de su ser; Dios al decir de Isaías “apagó la sed de su pueblo”;  porque fue agua de salvación, agua impregnada de amor, agua de bendición, y porque el pueblo en medio de su rebeldía no la rechazó, Dios volcó su paternal protección sobre él.

En la carta a los Filipenses, el apóstol Pablo nos enseña que no es suficiente con decir que conocemos al Señor, que no basta con aprehenderlo con nuestro entendimiento; que no podemos afirmar que él es el Señor por la tradición, la cultura o las raíces familiares; que no nos podemos sentir adheridos a él porque predicamos de él, porque anunciamos su palabra, porque celebramos los sacramentos o porque hacemos el bien; sino que se convierte para nosotros en una tarea y en una misión el hecho de encontrarnos con él de manera personal, para que confesando su nombre a la manera de Pedro: “Tú eres el mesías, el Hijo de Dios” y a ejemplo de Tomás “Señor mío y Dios mío”, podamos afirmar con convicción que vivir con Jesucristo y aferrados a él, es la corona de la gloria por la que debemos luchar todos los días, condición inherente de todo cristiano.

Finalmente el evangelio de hoy nos enseña que ninguno de nosotros puede ser causa de muerte para sus hermanos, que nadie se puede convertir en asesino de su prójimo, y que por lo tanto nadie tiene el poder aquí en la tierra para acabar o exterminar con los otros como si éstos fueran objetos miserables; tal fue la intención de aquellos que iban a darle muerte a la mujer y en medio de ese panorama, aparece el Señor con ojos de misericordia y palabras de compasión diciéndole: “Yo tampoco te condeno, anda y no peques más”; palabras que sugieren perdón en medio de un juicio de muerte, esperanza en medio de una situación perdida; toma de conciencia para todos, al momento de juzgar a alguien sin haber examinado antes su propio corazón y desde luego, corrección y conversión frente a todo aquello que no es del agrado de Dios.

Este relato se comprende mejor  a nuestro modo de ver en la contemplación de la imagen de la oveja perdida, puesta luego en los hombros del buen pastor y en el ícono del hijo pródigo cobijado de regreso a casa por los brazos de su padre.

Hermanos y hermanas, a manera de primera conclusión podemos decir desde el profeta Isaías, que Dios hace todas las cosas nuevas en la Iglesia y en el mundo porque está vivo y actúa en función de quienes ama; en segundo lugar desde la carta a los Filipenses podemos decir que el Señor Jesús es el sentido de la historia y que sin él, el mundo y los hombres caminamos sin rumbo y con nuestra mente obnubilada por su ausencia, y tercera conclusión que en la medida en que pedimos que los demás sean generosos en el perdón con nosotros,  que nosotros con la ayuda maternal del Corazón Inmaculado de María, ofrezcamos ese perdón, como característica esencial de aquel que ama.

P. Ernesto León D. o.cc.ss