La Palabra así sea dicha en silencio tiene fuerza. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor y mis anhelos para que en la semana que […]
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jueves, octubre 22, 2020

PARA ESTA SEMANA: ENERO 25 DE 2016.

La Palabra así sea dicha en silencio tiene fuerza.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor y mis anhelos para que en la semana que iniciamos nuestro lema sea que la Palabra de Dios se haga carne entre nosotros. Una invitación a la Palabra y a todo lo que ésta trae consigo.

Encontrarse con la Palabra de Dios debe seguir siendo para los creyentes una experiencia de gozo. La Palabra de Dios es lo más cercano a nosotros; la Palabra de Dios fue pronunciada para alegrar el corazón, para dar identidad al pueblo escogido. La Palabra de Dios está llena de vida, engendra en el ser humano prudencia, sabiduría, sensatez, discernimiento. La Palabra de Dios tiene la fuerza de transformar cuando se acoge no solo desde la razón sino también desde el corazón.

La Palabra de Dios se hizo carne, habita entre nosotros. Fue pronunciada y contiene la salvación. La Palabra de Dios tiene nombre y estaba junto a Dios y es Dios. La Palabra de Dios es, para quien la escucha, una manera de vivir, de relacionarse, de mirar la creación porque ella está llena de amor, de solidaridad, de respeto, de dignidad. Dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra. La Palabra de Dios fue y sigue siendo una forma de presencia divina. La Palabra se hace sentir, se hace escuchar, cada vez que Dios se hace cercano y nos muestra que no estamos solos; que Él sigue caminando y acompañándonos en el caminar de los días lo hace pronunciando Palabra, oráculos.

La Palabra de Dios genera vida, ordena, da pan, maná del cielo. Es pronunciada y se abren los cielos. La Palabra de Dios está desde siempre, por la Palabra todo se hizo y por la Palabra todo existe.

“Hágase en mí según tu Palabra” dijo María; “Hagan lo que Él le diga” dijo también María en Caná. “Este es mi Hijo amado escúchenlo” dijo la voz venida del cielo en el Bautismo y en la transfiguración. La Palabra nos tiene que alegrar porque la Palabra de Dios es liberadora, sanadora. La Palabra nos compromete a todos cuando la escuchamos. Una Palabra de Jesús basta para sanarnos.

“A ti te digo sal fuera” o “levántate y toma tu camilla”, son palabras de Jesús que cambian la vida, palabras que son acogidas, escuchadas y obedecidas desde la fe. Jesús habla con autoridad y las aguas le obedecen, enseña con autoridad y las gentes se admiran. La Palabra es generadora de vida, de paz y de libertad. La Palabra expresa lo que hay en el corazón del ser humano, de la abundancia del corazón hablan los labios. La Palabra expresa los más íntimos sentimientos. La Palabra pronunciada con amor seduce y conquista corazones. La palabra expresa el perdón, lo que somos. La palabra así sea en silencio, tiene fuerza y siempre está expresando cercanía o ausencia, amor o desamor, vida o muerte.

La Palabra es arma de doble filo y por eso debe ser discernida antes de ser expresada.

Que la Palabra de Dios habite en nosotros y desde ahí siga siendo pronunciada con amor.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.