PARA ESTA SEMANA SEPTIEMBRE 4 DE 2017 El final de todo es la resurrección. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito, de Carmelitas Cúcuta y de tantas partes del mundo. Mi saludo y mis mejores deseos para la semana que comenzamos. Dispongámonos desde el […]
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lunes, septiembre 28, 2020

PARA ESTA SEMANA SEPTIEMBRE 4 DE 2017

PARA ESTA SEMANA SEPTIEMBRE 4 DE 2017

El final de todo es la resurrección.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito, de Carmelitas Cúcuta y de tantas partes del mundo. Mi saludo y mis mejores deseos para la semana que comenzamos. Dispongámonos desde el corazón para recibir al Papa, para acoger su mensaje y para tomar conciencia que dando el primer paso hacia la paz lograremos un país lleno de esperanza y de alegría.

En el texto del Evangelio para este domingo (Mt. 16, 21-27) nos encontramos con Jesús que tenía que ir a Jerusalén; tenía que ir a predicar el Reino a las personas más hostiles y a la vez más religiosas. Debía ir a Jerusalén para predicar también el amor del Padre, el perdón de los pecados.
Jerusalén era “centro religioso”, “allí estaba Dios (en el templo)” y ciertos personajes revestidos de autoridad que eran para el pueblo en “la voz y la enseñanza de Dios”.

Jesús no era un extraño en Jerusalén, no era un extraño para el pueblo que había escuchado hablar de Él y los prodigios que realizaba, ni tampoco era un extraño para algunos judíos que le tenían por blasfemo y hasta se sentían cuestionados en su obrar por la manera en la que Jesús hablaba y obraba.

Jesús era un personaje incómodo para muchos de los líderes religiosos de la época y por eso no es extraño que unos desde sus creencias y terquedad quieran eliminarlo. Tampoco es extraño para Jesús el tener como una de sus opciones, la más clara de todas, ser asesinado por culpa de sacerdotes y escribas.

Y Jesús les habla a sus discípulos del final que no es precisamente la muerte en cruz sino la resurrección como inicio de todo un proyecto de Dios con la humanidad. Si Jesús muere en manos de sus enemigos Él mismo sabe que su sangre será semilla de vida y que por encima de la pasión, del sufrimiento, está Dios esperándolo. Dios en todo nos muestra que Él es la última palabra y no lo es la muerte. Es Dios el que está en el corazón y en el obrar de Jesús.

Intuimos que Pedro con culpa o sin ella, no quiere el dolor ni la muerte de su maestro. Pedro invita a Jesús a no desanimar a la comunidad, a sus discípulos, que como él le siguen como al Mesías y Señor pero que nunca esperan que el final de la historia de Dios entre nosotros termine de esa manera. Eso que ha anunciado Jesús sobre su muerte desconcierta a la comunidad ¡y mucho! Y para Jesús, que también es complicado el rumbo que van tomando las cosas, lo que le dice Pedro se convierte en una tentación para dejarlo todo y por eso lo aleja, lo asocia a alguien que se opone al proyecto de Dios que debe llegar hasta las últimas consecuencias. Cuando estamos con Dios hay que pensar desde Dios y ponerse en el lugar de Dios.

Y ahora les habla claro a sus discípulos. Aquí, en este camino, todo nos lleva a Jerusalén donde muchas cosas pueden pasar, por eso hay que estar dispuestos a tomar la cruz, a renunciar así mismo, a perder la vida por Jesús. Llegó el momento definitivo del caminar de Jesús, Hijo de Dios, por el mundo y por las vidas de tantas personas que ha ido encontrando. Llegó el momento de que también los discípulos tomen conciencia y vivan con claridad lo que les puede esperar. De aquí en adelante lo único que fortalece, que llena de esperanza, que da sentido a la entrega, al dolor e inclusive a la muerte, es el Padre que en su amor nos dará la vida, la eternidad.

Para nosotros es importante saberlo: el que da la vida por el Evangelio, la encuentra; el que renuncia así mismo se gana porque permite que los demás vivan en su corazón y el que carga con la cruz y sigue al Señor tiene la vida eterna. El que se decide a amar, el que toma la decisión de hacer el bien, quien está dispuesto a perdonar, a llevar sobre sus hombros la fragilidad del ser humano, de su prójimo, entonces recibirá una gran recompensa, aquella que Dios sabe dar a los que han actuado según el mismo corazón del Padre que es perfecto, que es santo.

No tengamos miedo, recojamos la propia vida y vayamos con Jesús a Jerusalén, que nuestra fe siempre se nos note en actos de amor y de perdón.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.

PARA ESTA SEMANA SEPTIEMBRE 4 DE 2017