PARA ESTA SEMANA OCTUBRE 30 DE 2017 Amar a Dios y al prójimo Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito, de Carmelitas Cúcuta y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Que la […]
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jueves, octubre 22, 2020

PARA ESTA SEMANA OCTUBRE 30 DE 2017

PARA ESTA SEMANA OCTUBRE 30 DE 2017

Amar a Dios y al prójimo
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito, de Carmelitas Cúcuta y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Que la semana que comenzamos venga llena de buenos propósitos, de apertura en fe a la bondad y amor de Dios y podamos cada día vivir a plenitud el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

Interpretando el Evangelio (Mt. 22, 34-40) podría decir que cualquiera que esté enamorado desea ser amado por encima de cualquier otra persona o realidad. Quien está enamorado pide momentos de calidad, comportamientos que muestren el amor y entrega del ser amado. Quien está enamorado vive en quien es amado. Se camina con esa persona, se vive cada momento de ese ser, se alegra de las alegrías y se entristece en los momentos de dolor. Quien ama ya no vive en sí, ni para sí, sino que es el ser amado en que vive en él. “Ya no soy yo quien vivo, sino que es Cristo el que vive en mi” lo escribió san Pablo.

El enamorado siempre pide exclusividad en el amor del amado. Así mismo ha hecho Dios. Él quiere nuestro amor, que le amemos por encima de cualquier persona o realidad. Dios nos ama y quiero “estar seguro” en nuestro amor, quiere “descansar” en nuestro amor. Es por eso que también nos pide que le amemos de todo corazón y con toda el alma. Un corazón indiviso, dispuesto al amor, a dejarse amar. Un amor que se volverá renuncia en la media que el amado toma posesión; un amor que cambiará la mente y corazón porque estarán llenas de Dios, de quien nos ama y a quien debemos amar con todo nuestro ser.

El amor que Dios nos tiene se convierte entonces en el “eje” dinamizador de cualquier otra experiencia de amor que se traduce y entiende con el hacer obras de caridad, aceptar a los demás como son, perdonar a los que nos hacen algún daño. Será el amor de Dios en el corazón de cada uno el que permita que las realidades se vivan con alegría y confianza y será el amor el que posibilite la construcción de un mundo nuevo, un mundo mejor que sea guiado por el Espíritu del resucitado.

Dios lo sabe: si nuestro amor es para Él será entonces Él quien ame en cada uno y eso significa para los demás que nosotros seamos posibilidad de encuentro, de perdón, de esperanza, de solidaridad, de misericordia. Seremos en el amor de Dios acogida y entrega a los demás. Quien ama a Dios no defrauda a sus hermanos, entiende muy bien qué es ser prójimo para los demás y construye su vida en la esperanza de un mundo siempre nuevo así como lo es el amor de Dios. Es por esta misma razón que Jesús nos pone en el mismo plano el amar a Dios, el amarnos a nosotros y desde nosotros al hermano.

El que ama a Dios se ama así mismo, se sabe enriquecido y capaz, se sabe lleno del Espíritu y entiende que se es “presencia de Dios” para los demás. Amar al prójimo como a sí mismo es entender que “el otro” es digno, es grande, es amado por Dios. Y ahí se construye la nueva vida, se hace posible el plano relacional. Se vive a plenitud la ley.

Amemos a Dios, dejemos que Él ame en nosotros, amémonos desde Dios y desde ese amor amemos a los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.

 

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