Como el ciego Bartimeo (Lc. 10, 46-52) Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que en su bondad y amor escucha nuestro clamor. Jesús […]
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lunes, septiembre 28, 2020

PARA ESTA SEMANA: OCTUBRE 26 DE 2015.

Como el ciego Bartimeo (Lc. 10, 46-52)
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que en su bondad y amor escucha nuestro clamor. Jesús que camina con nosotros viene a colmar nuestra fe y esperanza de amor. Amor que cambia la vida porque la llena de alegría y de luz.

Seguramente muchos de nosotros estamos como el ciego Bartimeo, sentados al borde del camino; allí en el lugar de los marginados, de los pobres, de los enfermos.

Ya muchos hemos dejado de contar, de ser importantes para tanta gente y los vemos seguir su camino, pasar de largo, tal vez con aires de indiferencia o tal vez dispuestos a regalarnos, a darnos algo, de esas migajas que caen de la mesa y que resultan suficientes para quien espera algo de su ser amado. Es la realidad de tantos niños, ancianos, divorciados, desplazados; tantos ciegos como Bartimeo que necesitamos que alguien nos regale una noticia que nos llene, de un amor que nos transforme, de una migaja que nos haga olvidar la realidad de marginalidad en la que vivimos.

Necesitamos de alguien que nos abra las puertas de la esperanza en medio de tanta resignación a veces dolorosa, alguien que nos diga: “Dios está con nosotros, Dios camina en medio de nosotros, Dios viene a alegrarnos el corazón, a devolvernos la vista, a sanarnos de las heridas”.

No lo dejemos pasar, en cuanto sepas de Él grita y aunque creas que no te escucha grita, aunque te quieran callar, grita. Pero hazlo con fe, teniendo claro lo que quieres, lo que esperas para ti

Tengamos la certeza; construyamos nuestra experiencia con Dios desde la Fe, subámonos en esa montaña desde la cual podremos percibir las cosas de manera diferente. No somos indiferentes para Dios. Jesús no sigue su camino sin escucharnos, Él se compadece; por eso hay que gritar con fe, hay que tocar con fe, hay que arrodillarse con fe, hay que llorar con fe. La fe nos cambia la vida porque la fe tiene un nombre concreto: Jesús.

Y la fe se toca, se abraza, se besa. Es un tesoro que llevamos, es un regalo de Dios. La fe mueve a la esperanza, la fe y la esperanza nos llenan la capacidad de amar.

Tener fe es una bendición, sentado al borde del camino pero esperando a Jesús todo es diferente, todo se puede vivir con una única certeza.

Saberse amado y partícipe de un proyecto salvador. En Jesús ya no hay cegueras porque se mira desde el amor, ya no hay enfermos porque se vive desde la esperanza, ya no hay pobres porque de ellos es el Reino de los cielos. Sentados al borde del camino pero sabiéndose amado, ya no es igual, se acaba el borde y todo hace parte de una creación que en todo bendice y alaba a Dios. Llénate de fe para que vivas con esperanza; llena de fe la desesperanza de los demás; llena el mundo de fe para que en Jesús todo vuelva a ser, a existir, a tener nombre. Solo en Él encontraremos la salvación porque solo Él nos ama con un amor eterno que no acaba, con un amor que es bondad y misericordia.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd