El hijo no dejó de pensar en el amor de su Padre. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor se alegra […]
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lunes, septiembre 28, 2020

PARA ESTA SEMANA: MARZO 7 DE 2016.

El hijo no dejó de pensar en el amor de su Padre.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor se alegra cada vez que tomamos la decisión de volver a Él, de regresar a la casa.

Desde el texto de Lc. 15, 1-3. 11-32 me gusta imaginarme dos cosas: la primera que el Padre se enterneció profundamente al ver que su hijo regresaba. Y es que siento el palpitar del corazón del Padre, el ahogo en la respiración, el sudor de las manos. Su hijo regresaba; hacía falta en el corazón la presencia del amado. Hacía falta en la casa el menor, el más atrevido y que se dejaba llevar de los ímpetus y ambiciones, pero al mismo tiempo el más sincero de los hijos, el que a pesar del pecado nunca olvidó que su Padre le amaba.

La segunda: me imagino también ese abrazo. Es el Padre el que ahora toma la iniciativa. Nosotros regresamos a donde nos esperan y el que nos espera sabe, porque su corazón se lo dice, y nos abraza, nos besa. El abrazo es en el cuello, no dejó que el hijo hablara, el amor silenció el pecado y al pecador. Ya lo pasado estaba y no había nada qué hacer, ahora contaba el regreso y todo lo que nace de ahí, de las experiencias vividas. Era importante tal vez para el hijo salir, conocer, alejarse un poco del Padre, para luego concluir que había un amor eterno, sanador.

Para el hijo era importante descubrir que jamás se tuvo que haber ido. Abrazos y besos, fiesta y alegría. El que estaba muerto había vuelto a la vida, el que se había ido regresó, el que estaba perdido había sido encontrado. Jamás se perdió la esperanza, el Padre no dejó de asomarse, el hijo no dejó de pensar en el amor de su Padre. La falta estaba pero el amor seguía intacto. La herida causada no lograba opacar la realidad del amor.

Ambos se añoraban. Lo mismo pasa hoy. Dios sigue saliendo, nos atisba, nos pregunta, nos manda llamar. Él no pierde la esperanza de nuestro regreso y sus brazos anhelan abrazar y sus besos están reservados para cada uno. No importa hasta dónde despilfarramos o lo que comimos o no. No importa la historia, ahora cuenta querer vivir, comenzar de nuevo, disfrutar la fiesta y al amor del Padre.

El otro hijo, que se rebela, que no quiere entrar, que no siente el gozo por el regreso de su hermano, que ha dejado que su corazón se llene de dolor, de envidia, de rabia; también, de cierta manera, con su actitud, se fue de la casa del Padre. Estaba ahí en el lugar, pero su corazón estaba lejos. Tenía seguro miedo de partir para no carecer de nada material, pero su amor de hijo pasaba cuenta de cobro al Padre. Estaba lleno de añoranzas y de malos pensamientos. No fue valiente para salir, pero se quedó sin estar. Y a este hijo también el Padre sale a buscarlo, sale a encontrarlo. La fiesta también es para Él, es su hermano el que ha regresado. Seguramente hubo también abrazos llenos de amor, de comprensión para el hijo mayor.

Volvamos a la casa del Padre, vayamos a la fiesta que nos prepara y alejemos del corazón los sentimientos que nos hacen daño y entristecen.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd