PARA ESTA SEMANA: JULIO 25 DE 2016. Orar es más que pedir.Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Para cada uno mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Una nueva […]
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lunes, septiembre 28, 2020

PARA ESTA SEMANA: JULIO 25 DE 2016.

PARA ESTA SEMANA: JULIO 25 DE 2016.

Orar es más que pedir.Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Para cada uno mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Una nueva semana para renovar nuestra confianza en el Padre que está dispuesto a ayudarnos, a darnos el Espíritu Santo cada vez que se lo pidamos. Dios es amor, nos ama y por lo tanto de Él solo vamos a saber esperar cosas buenas que nos ayudan a crecer y a madurar.

Muchas personas, muchos de nosotros, cuando pensamos en la oración, pensamos en pedir, solo contarle al Padre lo que nos hace falta y las dificultades de la vida; aunque hay algunos que también en el pedir dan gracias por su vida y las cosas lindas que van sucediendo. Muchos olvidamos que la oración es la que hace vital nuestra relación con el Padre Dios y con el mundo, la que nos hace sentir cercanos y en la que le abrimos e corazón a quien ya nos ha abierto del todo. En ese corazón cabemos con lo que somos y con lo que amamos.

La oración es un diálogo en el que nosotros somos los invitados a entrar en la intimidad con quien nos ama, es el momento de encuentro con quien ha venido a encontrarnos; es el tiempo feliz en el que los enamorados se pueden mirar y susurrar palabras al oído; es el momento del canto, de la realidad, de la poesía. El momento entre Dios y cada uno.

Jesús nos enseñó que para orar no hay métodos, es una vida que se sumerge en lo más profundo del misterio y en el que el mismo entrar Dios se va dando a conocer, a cada uno lleva por su camino. Para orar no hay métodos: hay certezas.

La oración es un diálogo abierto al Padre que está en el cielo, es decir, que nos trasciende pero no por eso nos olvida, ni se despreocupa. Es un Padre que se hace cercano, que abaja el cielo, que se vuelve presencia en su Hijo y en su Espíritu.

Es el mismo Padre el que nos puede dar su Reino, el que nos cambia la forma de ver al otro, al mundo e inclusive a nosotros mismos. Es el Padre el que nos habla y en su Palabra nos da a conocer su voluntad, pero es que cuando nosotros le escuchamos o cuando nos acercamos a su Palabra y nos dejamos empapar por ella acabamos haciendo su voluntad, la del Padre que está en el cielo y cuyo nombre debe ser santificado.

El Padre nos alimenta, nos respeta la medida del perdón que queremos usar pero nos invita a darla toda y todas las veces, igual cada uno es libre de gozarse en el perdón. El Padre que nos regala su Espíritu no nos deja caer en la tentación y nos libra del mal.

Entendida así, la oración se convierte en un deseo íntimo del corazón, cuidando de no fallarle al Padre, tratando de mantenerse firme en la fe y en la esperanza y de ponerse en su amor que nos libra del mal y procura que nosotros no lo hagamos a nadie. La oración es fuerza interior.

Orar no es solo pedir, es sentarse con Él y hablar de tantas cosas y es también sentirse, de alguna manera, responsable de los proyectos divinos y por eso el mejor orante es el que enamorado en todo complace a Dios y entiende que el mundo necesita de personas comprometidas, valientes y sobre todo capaces desde Dios de dar lo mejor.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.