CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS

PARA ESTA SEMANA ABRIL 26 DE 2020

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Los discípulos de Emaús
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito, Carmelitas Cúcuta y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que resucitado se nos hace el encontradizo mientras vamos de camino para iluminarnos en la oscuridad, para darnos paz en la tribulación, para confortarnos en la desesperanza y para alimentarnos con su cuerpo que llena de fuerza la vida y da ánimos para regresar a la cotidianidad de la vida.

Este tercer domingo de Pascua nos encontramos con el relato de los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35) Dos hombres que han creído en Jesús como profeta, que le escucharon sus enseñanzas y que esperaban mucho de Él, pero tal vez esperaban lo que nunca debieron haber esperado de Dios una forma de liberación del pueblo por la violencia o por las armas. La liberación que trajo Dios fue la del amor que rompe ataduras, acerca a las personas, les hace descubrir la grandeza y dignidad de cada uno. Amor libera, sana, perdona y sobre todo comprende que aún en la debilidad del otro siempre hay algo más fuerte que llena el corazón.

En el texto de los discípulos de Emaús nos encontramos con dos personas desilusionadas, como seguramente muchos otros lo estaban por lo que pasó con Jesús.

Y cuando nos desilusionamos lo primero que solemos hacer es escapar; cuando se pierde la confianza, la esperanza preferimos escapar, ya las cosas no tienen sentido. Nos alejamos de los lugares en los que la historia se escribió tal vez llena de amor y de anhelos; de profundos deseos del corazón. Desilusionados toca comenzar una nueva vida, tal vez la de antes, pero ahora sin esperanza. Los discípulos deciden regresar, están tristes, no ven más allá de lo que pasó. La tristeza enceguece.

En esos momentos de la vida en la que el corazón no encuentra razones para el sufrimiento, en el que la desilusión nos invade, la sensación del fracaso nos carcome, las ganas de llorar nos impiden ver, salimos; muchos salimos a caminar, sin saber para dónde, sin saber qué hacer. La idea es tomar distancia, tratar de olvidar, entender a la fuerza que todo acabó ¡Somos tantas veces caminantes de Emaús! Muchos en los momentos difíciles queremos regresar; muchos queremos encontrar un Dios distinto al del dolor, del sufrimiento, de la humildad.

Pero ahí, en el camino, es cuando Jesús se aparece.

Toma forma en tantas personas que nos quieren hacer entender lo que pasó, que nos invitan a asumir el presente y a no dejar de soñar con un futuro. Personas que nos invitan a la fidelidad de la entrega, del seguimiento. Muchas personas no quieren que vayamos al lugar desconocido, al lugar de los fracasados. Nosotros hemos puesto la fe en quien es de verdad el salvador, el redentor, el amor en persona. Alguien nos tiene que explicar lo que pasó, pero hacerlo con el sentido del amor, de la paciencia, de la tolerancia. Necesitamos de alguien que sane las heridas del corazón y nos llene de esperanza el presente. Ahí está Jesús en esas personas. Él mismo sigue partiendo el pan para nosotros y nos sigue hablando para que el corazón nos arda de emoción.

Jesús ha resucitado, se hace caminante con nosotros, sigue dando su vida por cada uno y nos invita a regresar, a predicar, a anunciarle a los de casa, a los otros discípulos que la fe tiene nombre, Jesús; que la esperanza tiene razón de ser y que es verdad que Jesús está vivo, se nos ha aparecido, ha resucitado.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.

Fuente: http://ow.ly/vnSt50zoM1W

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