El riesgo de la fe. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tanta partes del mundo. Reciban mi saludo que lleva los mejores deseos de paz y bien y también lo acompaño de oraciones para que el Señor nos regale a cada […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 22 DE 2015.

El riesgo de la fe.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tanta partes del mundo. Reciban mi saludo que lleva los mejores deseos de paz y bien y también lo acompaño de oraciones para que el Señor nos regale a cada uno la fuerza para tomar las decisiones con valentía y sobre todo las tomemos en Él que es luz en el camino de la vida.

En el Evangelio del próximo domingo (Mc.10, 46-52) nos encontraremos con un hombre ciego de nacimiento que sabe a ciencia cierta qué es lo que quiere de Jesús. Sin rodeos y con todas las implicaciones que el ver le puede traer le pide al Señor “Qué pueda ver”. Y es que arriesgarse a vivir de otra manera vale la pena; de cierta forma el ciego quiere asumir la responsabilidad de su vida al ver. ¿Y del mañana…? seguramente se habrá hecho muchas preguntas. Ya no habrán limosnas, ya será uno más, ya el borde del camino, lugar de marginados, de pobres, de enfermos, de leprosos, no será más su lugar. Pero, con todo esto, con sus miedos y sus preguntas él sabe a ciencia cierta que quiere ver, que quiere cambiar y que la única persona que le puede ayudar es Jesús.

Alguien tuvo que haberle contado a Bartimeo sobre Jesús, alguien le llenó la vida de esperanza, alguien le dijo que el hijo de David, el Mesías había llegado. Alguien le contó sobre las cosas que sucedían y los milagros que hacía. Seguramente le dijeron que Jesús podría devolverle la vista porque Jesús era compasivo, era Dios. Por eso es tan importante que nosotros también anunciemos, contemos a todos que Jesús está, ha venido a nuestras vidas.

Bartimeo no quiere perder la oportunidad, no quiere dejar pasar de largo a Jesús, tiene que determinarse del todo para que el Señor lo escuche, y grita, aunque quieran callarlo, grita y lo hace muy fuerte. “Jesús ten compasión de mí” En ese grito está toda su fe, toda su esperanza. Y precisamente es la misericordia, la compasión, lo que hace detener a Jesús. Es el clamor de alguien que sufre, que quiere transformar su vida. Y Jesús ha venido para devolver la vista a los ciegos que quieren ver, para dar la vida a quien quiere eternidad, a saciar a quien se sabe con sed.

Jesús ha venido no a imponerse, no a adivinar lo que podamos querer. Todo será si le pedimos con fe, si gritamos con fe, si tocamos con fe. Todo será lo que en el fondo queramos que sea; ya el amor está y Jesús pasa, ¿estamos dispuestos a cambiar?

Convencerse que Jesús nos puede ayudar, que nos puede sacar del borde del camino, que Él es el Señor que viene a darnos la luz que necesitamos para comenzar una nueva vida será lo que colme nuestras expectativas. Todo nace de un querer, de un tomar decisiones, de un arriesgarse y sobre todo de tener claras las cosas.

Cuando creo en Dios y sé lo que quiero, me pueden querer hacer cambiar de opinión, callarme; pero la fuerza de la fe, la certeza que Jesús me escucha… hará que me levante de un salto; que de un brinco y que ante Él, de rodillas, le pida la posibilidad de comenzar una nueva vida.

Pidamos a Jesús ver y soñemos con un mundo nuevo en el que arriesgarse en fe vale la pena.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd