Y hasta cuidado de nosotros mismos. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor y es a Él mismo a quien le pediremos […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: NOVIEMBRE 5 DE 2015.

Y hasta cuidado de nosotros mismos.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor y es a Él mismo a quien le pediremos la humidad necesaria para comprender que la grandeza del ser humano radica en el amor, en la bondad, en la confianza y sobre todo en el corazón generoso y lleno de amor. El corazón que es el lugar en el que realmente somos.

Para este fin de semana la reflexión desde el Evangelio (Mc. 12,38-44) nos incluye, porque soy consciente que la experiencia de Dios se palpa en hechos que nacen de un corazón que se ha dejado tocar y transformar por Él y deja de palparse y ser real cuando se antepone no el amor sino los intereses mezquinos que llenos de vanagloria, de amor propio llevan al engaño a los demás.

Hay gente que sigue repitiendo la historia de algunos de los escribas que Jesús critica; gente que le encanta presumir hasta de lo que no son o tienen, gente que busca ser honrada ocupando lugares de los cuales no son dignos, gente que busca ser reconocida y gente que se aprovecha de los indefensos; existe gente como tú o como yo que fallamos porque tenemos una religiosidad de piel, superficial que no ha logrado calar el corazón, entrar en lo más íntimo. Una religiosidad para presumir de buenos sin importar lo malos que somos y que tenemos.

Tú y yo tenemos el peligro de hacer de la religión solo un pretexto para engañar, para presumir. Una religiosidad sin fe; sin la fe que tenía la mujer viuda que junto con la ofrenda en la alcancía del templo, deposita toda su confianza en el Señor. Una mujer que se abandona para que Dios muestre el amor, la generosidad hacia quien ofrenda hasta la propia vida.

Tenemos que cuidarnos de las personas que solo viven para sí mismas, de aquellas personas que piensan que la vida comienza y termina en ellas y en sus ideas, cuidado de quien quiere imponerse, ser reconocido, aplaudido. Y a Dios le pido que mucha gente no tenga que cuidarse de nosotros y nuestras pretensiones; de nuestras soberbias y orgullo; de nuestra falta de reconocimiento. Este Evangelio critica las actitudes de muchos pero no nos excluye. Atentos, cuidadosos. Siempre humildes, abiertos a Dios y a los demás y cuidando de poner solo nuestra confianza en Dios.

Dios supera todo ritualismo para ser y para quedarse en el corazón. A Dios que le importa más nuestra verdad, nuestra capacidad de confiar, que cualquier rito que tenga como pretensión solo un dominio de la conciencia de los demás; Dios siempre mirará la intencionalidad del corazón.

A Dios le interesa la religión que se expresa en la sencillez, en el amor, en la acogida. La religión que se funda en una alianza de amor pero que al mismo tiempo se sigue alimentando de la Palabra de Dios, de la experiencia cercana con el Padre que todo nos lo ilumina desde Jesús.

La experiencia religiosa nace en Dios que se da y termina en el hombre que se da a Dios para desde Él darse a los demás. Dios se da para enriquecernos y nosotros nos damos para que los demás se enriquezcan. Somos la expresión y para muchos la experiencia de Dios en la tierra.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd