“Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar” Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Abrazos y bendiciones y todo lo mejor para el fin de semana que estamos por comenzar. Que el fin de […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 10 DE 2016.

“Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Abrazos y bendiciones y todo lo mejor para el fin de semana que estamos por comenzar. Que el fin de semana sea para vivirlo con la plena conciencia de querer el bien para los demás y por eso nos propondremos que antes de juzgar o de condenar nos haremos el pondremos en la tarea de pensar cómo actuaría con esa persona quien realmente le ama y a quien su vida seguramente le interesa. Así como hizo Jesús con la mujer que le llevaron porque merecía ser condenada a morir apedreada. (cfr. Jn. 8, 1-11) y Él le salvó la vida al no condenarla.

Los primeros versículos de este texto nos dicen que Jesús enseña y la gente le escucha. Pienso que al igual que en otras ocasiones Él les hablaba en parábolas del Reino de Dios y de la necesidad de convertirse; les hablaba del Padre, del proyecto de Dios con la humanidad y la creación. Les aclaraba dudas y los centraba en el principal de los mandamientos, el del amor.

La enseñanza de Jesús genera malestar en muchas personas a las que la comodidad de la fe no les permite cambiar de manera de pensar y muchos menos de actuar. Para mucha gente Dios era lo que ellos pensaban y creían. Les encantaba amar a un Dios pasivo que le había dejado todo a los humanos casi que resignado a hacer lo que la gente piensa y ordena. Un Dios de la historia que hizo grandes cosas pero que ya solo eran dignas de recordar porque ahora muchos legisladores, muchos escribas y fariseos y otros tantos, se habían tomado el papel de Dios, el juzgar como Dios y el hablar como Dios. Y por eso cuando ya Dios habla por medio de su Hijo, no quieren saber de Él, lo desconocen o sencillamente lo acallan, le ponen trampas para que ya no exista más.

Y en Jesús, digamos, que Dios sale al rescate de Él mismo, de su amor y de su bondad. Jesús viene a mostrar el rostro del Padre amoroso. Y obvio que al rescatarse Dios rescata a los que están lejos, a los que no cuentan, a los pecadores y marginados; rescata a los condenados por la misma religión, a los sin Reino que ahora son herederos de las promesas, son bienaventurados porque ellos experimenta el amor de Dios después de tanta indiferencia de los demás.

Jesús nos llama a la coherencia, a una vida auténticamente religiosa, es decir plena de amor y de misericordia. En la aplicación de un mandato o de una norma está también la intencionalidad de quien condena ya que la ley en muchos casos solo evidencia la falta o el pecado de alguien. Por eso dirá san Pablo que la ley nos hace pecadores. De vez en cuando, hay que aprender a mirar por encima de la ley. Si se tiene amor, la perspectiva de la mirada frente al que falla o peca cambia. Amar a los demás nos ayudará a querer siempre salvarlos y no condenarlos; ¿qué será lo que pretendemos cuando queremos que alguien por una falta o una culpa o un pecado sea condenado? ¿Tal vez acallar la propia conciencia o tal vez ocultar la complicidad del pecado?; primero la viga propia que la paja ajena; al que más ama más se le perdona, nos lo enseña Jesús.

Tratémonos con amor y seamos misericordiosos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd