Dios ha venido a rescatar nuestra historia de amor. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que nos recrea en constante bondad. Este fin de […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: FEBRERO 18 DE 2016.

Dios ha venido a rescatar nuestra historia de amor.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que nos recrea en constante bondad. Este fin de semana los invito a que vivamos la invitación que nos hace san Pablo: “Manténganse fieles al Señor” (Flp. 4, 1) y para lograr este objetivo es necesario que cambiemos el pensamiento y por tanto nuestros ideales de vida. La famosa conversión a la que nos invita Jesús y que nace de la aceptación personal ya que la mayor riqueza que tenemos somos nosotros mismos, cada uno es el tesoro de Dios para la humanidad; el problema radica en que los ideales de lucha y las ambiciones y el haber optado por el desamor han cambiado la historia de la humanidad y de la creación. Y Dios ha venido a rescatar esta historia y esta vida desde nosotros mismos.

Somos mucho más que necesidades materiales, que “vientre”, que cosas efímeras. Nosotros llevamos la eternidad, somos parte del cielo en la tierra y por lo tanto nuestro actuar y nuestras necesidades van conforme al proyecto por el que hemos venido: el amor; pero un amor que tiene como origen y como meta la experiencia de Dios. Un amor en Dios, desde Dios para la alegría del mundo. No es el amor posesivo en el que la persona se convierte en una cosa que se adquiere y de la que nos apropiamos. Es ese amor que nos lleve al crecimiento, al servicio, a la acogida y sobre todo a la misericordia. Ese amor en el que cada uno puede sentirse seguro y seguir luchando por los propios ideales de la mano de los demás, sus hermanos.

Hay certezas que cambian la vida; certezas que nos hacen perseverar, llenar los actos y la vida de fidelidad. La certeza que somos de Dios; que en Jesús vivimos y existimos y que Él ha venido, por amor, a salvarnos. Amor que era Palabra, acogida, sanación, perdón de los pecados y hasta cruz y muerte. La certeza de ser de Cristo, de ser amados, de haber sido rescatados, de no seguir, en la fe, a un hombre sino a Dios; de no haber creído en alguien que era solo persona sino que también es el Hijo de Dios, el que nos regala su vida, su Espíritu para salvarnos e invitarnos a salvar a los demás por medio del amor, esa certeza: nos tiene que llevar a una relación profunda y de agradecimiento a Dios y a una relación sencilla, humilde y salvífica con los demás.

Esa certeza fue la que llenó a los apóstoles de convicción profunda, no estaban perdiendo el tiempo, no predicaban palabras vanas, no actuaban con su propia fuerza sino con la del Espíritu y en el nombre del Señor.

Nosotros no seguimos una fuerza ni vamos detrás de una energía: lo nuestro es Jesús, el Hijo de Dios a quien escuchamos y seguimos y del que, de alguna manera, también hemos contemplado su gloria. Nosotros debemos volver sobre la certeza de Jesús y no estar buscando seguridades en personas o en cosas. Debemos volver a trabajar y a vivir desde la certeza de Dios, de su amor y de la vida eterna. No nos quedemos en lo alto de ninguna montaña, bajemos que Dios nos necesita trabajando en su mies. El Cristianismo sigue estando sin estrenarse en su esencialidad: amor y paz y justicia y misericordia. Bajemos de la montaña para encontrar a la multitud que necesita pastores, cristianos, hombres y mujeres amando desde Dios.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.