miércoles, diciembre 13, 2017

ORACIÓN DEL BIBLIOTECARIO

ORACIÓN DEL BIBLIOTECARIO

ORACIÓN DEL BIBLIOTECARIO

Señor, yo te agradezco:

Por la alegría de dar a conocer a los niños:

El Principito, Alicia, Heidi, Oliver Twist, Don Quijote, Ben-hur y tantos otros personajes del mundo de los libros.

Te agradezco el privilegio de proporcionar a la juventud, libros que explican el misterio de la vida, las maravillas del universo,  los secretos de una profesión, por la honra de prestar libros a los ancianos en el crepúsculo de la vida, ayudándolos así a enfrentar con mayor serenidad y paciencia, el cansancio, la enfermedad, el silencio y la infinita espera del fin.

También te agradezco por la excitación en el vórtice de la información donde,  constantemente montones de hechos son seleccionados,  enumerados y presentados a interminables filas de niños, jóvenes y adultos  sedientos de Verdad, por el placer de conversar con romancistas, poetas, historiadores, educadores, periodistas y muchos otros cuyos escritos abren ventanas para el mundo.

Por la paz que disfruto, sentado con otros en una enorme sala de lectura, con estantes y mesas transbordado de publicaciones sobre todos los asuntos concebibles, por la emoción de escudriñar una enciclopedia, un atlas, o un estante de diccionarios que  condensan el esmerado trabajo de muchos cerebros.

Por la oportunidad de tomar conocimiento  de incontables ejemplos del delicado arte de la impresión, ilustración y encuadernación.

Pero a pesar de todo eso, ¡oh Dios! yo te agradezco por la dádiva de la luz de los ojos y por la voluntad de cultivar el más disfrutable y simple de todos los placeres -LA LECTURA-  a través de la cual diariamente alcanzamos victorias sobre la ignorancia, en la constante búsqueda de un mayor CONOCIMIENTO.

Amén

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

CAPÍTULO 6

Capítulo 6, 9-11

Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre;
venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.
Nuestro pan cotidiano dánoslo hoy;

Capítulo 6, 12-15

y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;
y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

Capítulo 6, 16-18

Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Capítulo 6, 19-21

No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban.
Acumulad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben.
Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.

Capítulo 6, 22-24

La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso;
pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!
Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.

Capítulo 6, 25-27

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

Capítulo 6, 28-30

Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan.
Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos.
Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

Capítulo 6, 31-34

No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?
Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

Santa Sede

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