CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS

LECTIO MAYO 28 DE 2023

Solemnidad de Pentecostés

INUNDADOS POR EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO:
Fuego y Viento impetuoso de Amor
Hechos 2,1-11

“Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo”

Introducción

Hoy celebramos y revivimos el misterio de Pentecostés, la plenitud del misterio de la Pascua en la efusión del Espíritu Santo.

Celebramos el fuego de amor que el Espíritu encendió en la Iglesia para que arda en el mundo entero: ¡fuego que no se apagará jamás!

Es el Espíritu Santo quien, con su fuerza unificadora, nos lleva a todos  -en la multiplicidad de dones- a aceptar y confesar una misma fe en Jesús “Señor” nuestro.

Es el Espíritu, el que con toda su potencia actúa en nosotros ayudándonos a comprender y a poner en práctica las palabras de Jesús; sus actitudes, gestos y comportamientos se nos impregnan gracias al soplo del Espíritu.

El Espíritu Santo es quien se hace presente en los oídos y en el corazón de todo oyente de la Palabra, para que sea posible la “Lectio Divina”, o sea, para que cada oyente se abra a la fuerza penetrante de la Palabra.

Es el Espíritu el que transforma el pan y el vino en el cuerpo entregado y en la sangre derramada de Jesús, prolongando en cada asamblea eucarística su Pentecostés.

El Espíritu Santo es el que nos impulsa a anunciar el “Misterio de la fe”, de la muerte y resurrección del Señor, la semilla de la Palabra –kerigma- de la cual nace la Iglesia.

Es el Espíritu el que sopla sobre nuestra humanidad pecadora, para transformarnos y hacer de nosotros personas que aman y perdonan a sus hermanos.

El Espíritu Santo es el que hace de la comunidad cristiana no una simple asociación de personas buenas y religiosas, sino el Cuerpo Místico de Cristo, el pueblo reunido en el amor de la Trinidad que canta en alabanza las maravillas de este amor de Dios en la historia.

Es el Espíritu el que nos impulsa en el seguimiento cotidiano de Jesús, infundiéndole a nuestra existencia una dimensión siempre nueva de alegría, paz, verdad, libertad y comunión. No es lo mismo vivir con Él que sin Él.

Es el Espíritu Santo quien es la fuente de la santidad de la Iglesia. Porque se ha derramado el Espíritu, la Iglesia es santa, e incluso podríamos decir que si hay santos es porque el Espíritu continúa obrando hoy como ayer.

Es el Espíritu el que con su presencia sigue y seguirá haciendo posible la realización del plan de salvación de Dios en la humanidad, hasta que ella llegue a su plenitud.

Es el Espíritu Santo el que hace fructuosos todos nuestros esfuerzos en nuestra peregrinación cristiana de cada día. El Espíritu Santo nos precede en todo lo que hacemos porque es en Él que Dios realiza toda su obra. Su venida le da la luz y el sabor de la presencia de Dios a todas las cosas.

¿Pero quién es este Espíritu Santo que obra tantas cosas en nuestra vida?

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo, y amor quiere decir vida, alegría, felicidad.

El Espíritu Santo es Dios mismo vaciándose en el hombre y moviéndolo internamente para que se abra amorosamente –a la manera de Jesús- al hermano y se arroje confiadamente en los brazos del Abbá-Padre.

El mismo Dios que a lo largo de la historia les ha dado muchas cosas a los hombres, que les ha enviado personajes, incluso su propio Hijo, ahora se da a sí mismo de forma inaudita. Por eso decimos que es el don “escatológico” o “definitivo” de Dios (aquí escatológico quiere decir: “después de esto ya no hay más”, “más de eso no hay”).

Es así como el irresistible amor de Dios entra en lo más hondo de nuestras vidas. Su presencia causa muchos efectos, porque como nos enseña la Palabra de Dios, el Espíritu Santo viene para salvar, sanar, enseñar, exhortar, reforzar, consolar…

Por eso hoy clamamos con entusiasmo, con todas nuestras fuerzas: “¡Ven, Espíritu Santo!”.

El Pentecostés lucano

Sumerjámonos hoy en este misterio guiados por la Palabra, de manera que nos impregnemos de él.

Los invitamos a leer con mayor atención el Pentecostés lucano narrado en Hechos de los Apóstoles 2,1-11 (primera lectura de la Solemnidad).  La “Lectio” de este pasaje nos ayudará a recrear la atmósfera, el estado de ánimo de Pentecostés, porque es verdad que no puede haber un estado de ánimo mejor, una actitud más completa con la cual podamos vivir la vida que ¡la del Espíritu Santo!

Salido de la artística pluma lucana, notamos que el relato de Pentecostés es un drama bellísimo, un drama en el sentido original del término, que es el de una participación, de un fuerte movimiento interno cargado de fuertes emociones que le da un gran giro al escenario. ¡Qué intensidad hay en cada palabra!  Para captarlo, entremos en la atmósfera espiritual de los dos cuadros que lo componen:
(1) Dentro del cenáculo: la efusión del Espíritu (2,1-4)
(2) Fuera del cenáculo (2,5-11)

Leamos despacio el texto de Hechos de los Apóstoles 2,1-11:

“1 Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
2 De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban.
3 Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
4 quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

5 Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.

6 Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.
7 Estupefactos y admirados decían: ‘¿Es que no son galileos todos estos que están hablando?
8 Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?
9 Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia,
10 Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos,
11 judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios’”.

Retomemos el texto frase por frase. Pero comencemos primero por la descripción del contexto:

1. La comunidad reunida en un día de fiesta (Hechos 2,1)

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar”

1.1. La fecha: “Al cumplirse el día de Pentecostés…” (2,1ª)

La palabra “Pentecostés” quiere decir “el día número 50” o “el quincuagésimo día”.  Se trata del nombre de una fiesta judía conocida como “Fiesta de las Semanas”, más exactamente la de las “siete semanas” que prolongaban la celebración de la gran fiesta de la Pascua. Se sumaba así una semana de semanas (7×7), número perfecto que se celebraba al siguiente del día 49.

La fiesta de la cosecha de los cereales

En un principio se trataba de una fiesta campesina: después de recoger las primeras gavillas, los campesinos festejaban agradecidos el fruto de la siega, “las primicias de los trabajos, de lo sembrado en el campo” (Éxodo 23,16). De ahí que se acostumbrara ofrecerle a Dios dos panes con levadura cocinados con granos de la primera gavilla (ver Levítico 23,17).

Pero con el tiempo, la fiesta campesina se convirtió en fiesta religiosa en la que se celebraba el gran fruto de la Pascua: el don de la Alianza en el Sinaí. Por esa razón los israelitas ofrecían también en esta fecha “sacrificios de comunión” (Levítico 23,18-20).

La fiesta era tan grande que merecía el suspender todos los trabajos: “No harás ningún trabajo servil” (Números 28,26). Puesto que era una las tres fiestas de peregrinación para los que vivían fuera de Jerusalén, sumado al hecho de que fuera día vacacional, se explica suficientemente el que hubiera tanta gente en la calle ese día en Jerusalén (ver Hechos 2,5-6).

De la fiesta campesina a la fiesta de la Alianza del Sinaí

La antigua fiesta campesina se transformó después en una fiesta “histórica” que celebraba la Alianza del Sinaí. Después que Dios sacó a su pueblo de Egipto, y en medio del desierto, lo condujo hasta el Monte Sinaí para hacer con Él la Alianza. Allí Dios se manifestó en medio de una tormenta, cargada de viento y fuego.

Según Éxodo 19, las doce tribus fueron reunidas al pie de la santa montaña para recibir los mandamientos. Algunas leyendas judías dicen que la voz de Dios se dividía en setenta voces, en setenta lenguas, para que todos los pueblos pudieran entender la Ley, pero sólo Israel aceptó la Ley del Sinaí.

En fiesta de “Pentecostés”, Dios renovaba su Alianza con los judíos de nacimiento y con los convertidos y simpatizantes del judaísmo (“temerosos de Dios” y “prosélitos”),  que venían en peregrinación a Jerusalén. En el relato que vamos a leer enseguida notamos que así como en el Sinaí había doce tribus, en Jerusalén había gente venida de doce países diferentes: desde peregrinos venidos de Roma –centro del Imperio- hasta venidos de la región del mediterráneo así como del desierto.

Un nuevo “Pentecostés”: la realización plena del don de la Alianza

Lucas encuadra el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo en este ámbito histórico y religioso.

Un detalle importante es que Lucas no se limita a darnos un dato cronológico sino que en su narración le da el énfasis de un “cumplimiento”, por eso el texto griego se puede leer como: “cuando se cumplió la cincuentena”

(2,1). Con esto muestra que se trata del cumplimiento de una promesa.  En efecto, ya en Lucas 24,49 y en Hechos 1,4-5.8 el terreno había sido preparado con la palabra profética sobre la venida del Espíritu Santo.  Por lo tanto el trasfondo de la fiesta judía es retomado y notablemente superado por la palabra y la obra de Jesús: estamos ante la plenitud de la Pascua de Jesús.

En el Pentecostés cristiano, la gracia de la Pascua se convierte en vida para cada uno de nosotros por el poder del Espíritu Santo, mediante una alianza indestructible, porque está sellada en nuestro interior.

1.2. El lugar: “…Estaban reunidos todos en un mismo lugar” (2,1b)

La expresión “todos juntos” recalca la unidad de la comunidad y es una característica del discipulado en los Hechos de los Apóstoles. Una frase parecida la encontramos en 1,14.

Así se anuncia quiénes van a recibir el don del Espíritu Santo.  Se trata de la comunidad que había sido recompuesta numéricamente cuando se eligió al apóstol Matías (1,26). Una comunidad cuyo número indica el pueblo de la Alianza que aguarda las promesas definitivas de parte de Dios.  En ella no se excluyen, puesto que estaban “todos”, la Madre de Jesús y un grupo más amplio de seguidores de Jesús.

Este “todos” anuncia también la expansión del don a todas las personas que se abren a él, como efectivamente lo irá narrando –a partir de este primer día- el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Pero, ¿cómo recibieron el don del Espíritu y qué hicieron enseguida? Veamos.

2. Dentro del cenáculo: la efusión del Espíritu (Hechos 2,2-4)

“2 De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban.
3 Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos;
4 quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”

Sucede la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad. Notemos en la narración lucana:
(1) Dos signos: el viento y el fuego (2,2-3)
(2) La realidad: “quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (2,4a)
(3) La reacción de los destinatarios de la unción: hablar en lenguas (2,4b)

Detengámonos en lo esencial de este anuncio que nos hace san Lucas.

2.1. Dos signos: el viento y el fuego (2,2-3)

Así como cuando el cielo nos hace presentir que algo va a pasar, sea una tempestad u otra cosa, así sucede aquí: primero Dios manda signos que atraen la atención sobre lo que está a punto de suceder; este preludio de su manifestación da paso, luego, a la experiencia de su maravillosa presencia.

En la manifestación de la venida del Espíritu Santo al hombre, encontramos dos signos que despiertan nuestra atención: uno para el oído y otro para los ojos.

(1) Un signo para el oído: el viento (2,2)

Primero hay un viento, que es un signo para el oído, un viento que se hace sentir: “De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban” (2,2).

El viento en la Biblia, está asociado al Espíritu Santo: se trata del “Ruah” o “soplo vital” de Dios. Ya el profeta Ezequiel había profetizado que como culmen de su obra Dios infundiría en el corazón del hombre “un espíritu nuevo” (Ez 36,26), también Joel 3,1-2; pues bien, con la muerte y resurrección de Jesús,  y con el don del Espíritu los nuevos tiempos han llegado, el Reino de Dios ha sido definitivamente inaugurado.

No sólo Lucas nos lo cuenta, también según Juan, el mismo Jesús, en la noche del día de Pascua, sopló su Espíritu sobre la comunidad reunida (ver el evangelio de hoy: Juan 20,22: “Sopló sobre ellos”; también Juan 3,8).

Pero lo que aquí llama la atención es el “ruido”, elemento que nos reenvía a la poderosa manifestación de Dios en el Sinaí, cuando selló la Alianza con el pueblo y le entregó el don de la Ley (Éxodo 19,18; ver también Hebreos 12,19-20). El “ruido” se convertirá en “voz” en el versículo 6.  Éste es producido por “una ráfaga de viento impetuoso”, lo cual nos aproxima a un “soplo”.

Observemos que se dice “como”, o sea, que se trata de una comparación; el término en el lenguaje bíblico nos indica lo indescriptible que es la experiencia religiosa.

El hecho que provenga “del cielo”, quiere decir que se trata de una iniciativa de Dios.  El cielo no se ha cerrado con el regreso de Jesús a él, todo lo contrario, como dice Pedro más adelante: “Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hechos 2,33).

(2) Un signo para la vista: el fuego (2,3)

Enseguida aparece un signo hecho para la vista: “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos” (2,3).

Las “lenguas como de fuego”, también de origen divino, son un signo elocuente. Lo mismo que el “viento”, en la Biblia el “fuego” está asociado a las manifestaciones poderosas de Dios (ver Éxodo 19,18) e indica la presencia del Espíritu de Dios.

No debería tomarnos por sorpresa. En este mismo evangelio, ya san Juan Bautista nos había familiarizado con el signo: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (3,16). Por su parte Jesús había dicho: “He venido a traer fuego a la tierra y cuánto deseo que arda” (13,49).

Así como en el signo visual que el evangelista presentó en la escena del Bautismo de Jesús (“bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma”, Lucas 3,22), lo mismo sucede aquí pero con la imagen del “fuego” que se “posa sobre cada uno de ellos”. Pero a diferencia de la misteriosa imagen de la paloma, la imagen del fuego es coherente y más fácilmente comprensible dentro de lo que está narrando.

La forma de “lengua” atribuida al fuego sirve para describir la distribución del mismo fuego sobre todos, pero crea un bello juego de palabras con el término “lengua” que asocia las “lenguas como de fuego” (v.3) del Espíritu con el “hablar en otras lenguas” (v.4) por parte de los apóstoles.

Se cumple la profecía de Juan Bautista sobre el bautismo en Espíritu Santo y fuego (ver Lucas 3,16).

2.2. La realidad: “quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (2,4a)

Después de los signos iniciales, de referente externo, Lucas nos invita a entrar en la experiencia interna y así captar el significado: ¿Qué es lo que está pasando en el corazón de los discípulos? ¿Cuál es la acción interior del Espíritu Santo?

Después de los signos emerge la realidad, una realidad que se describe con sólo una línea: “Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (2,4ª).

Este es sin duda, el acontecimiento más importante de la historia de la salvación, junto con la creación, la encarnación, el misterio pascual y la segunda venida de Cristo.  ¡Y está descrito solamente en una línea! (dan ganas de ponerse de rodillas).

Decir que los discípulos “quedaron llenos” del Espíritu Santo, que el mismo Dios los llenó de Espíritu Santo, es como decir, para explicarnos con un ejemplo, como un gran embalse de agua –de esos que se utilizan para generar energía- que de repente se convirtiera en una inmensa catarata que se vacía a través de un dique y entonces toda esa enorme masa de agua, que es la vida trinitaria, se vaciara en los pequeños recipientes de los corazones de cada uno de los apóstoles.

“Quedaron llenos”. Después de purificar a los hombres por la cruz de su Hijo, de prepararlos como odres nuevos, Dios los hace partícipes de su misma Vida.

El corazón de los discípulos ha sido hecho partícipe, por así decir, como un vaso comunicante, de la vida trinitaria. Por el don de su Espíritu, Dios infunde su amor en cada criatura y la recrea con su luz.

“Quedaron llenos”. Los discípulos hicieron la experiencia de ser amados por Dios, una experiencia verdaderamente transformante, puesto que sana a fondo todas las fisuras que permanecen en el corazón por los dolores de la vida, por las carencias, y le da a la vida un nuevo impulso, una nueva proyección.

“Quedaron llenos”. La palabra que repetimos con tanta frecuencia, “el amor de Dios”, que muchas veces es una palabra vacía, aquél día fue para los apóstoles una gran realidad. Les cambió la vida. Les dio un corazón nuevo, el corazón nuevo prometido por Jeremías (31,33) y por Ezequiel (36,26).  Y, como veremos enseguida, se nota que desde ese momento, los apóstoles comenzaron a ser otras personas.

2.3. La reacción de los destinatarios de la unción: hablar en lenguas (2,4b)

El “viento” se convierte en “soplo” santo que inunda a todos los que están en el cenáculo y las “lenguas como de fuego” sobre cada uno se convierten en nuevas “lenguas”, en una capacidad nueva de expresión.  Aquí se nota el primer cambio en la vida de los discípulos de Jesús.

El Espíritu Santo, el soplo vital de Dios, lleva a hablar otras lenguas: “Y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse” (2,4b).

El término “otras” (lenguas) es importante aquí para que lo distingamos del hablar incomprensible (la oración en lenguas o “glosolalia”), la cual necesita de un intérprete (de esto habla Pablo en 1ªCorintios 12,10).  Lo que sucede aquí parece más próximo a lo que el mismo Pablo dice en 1ªCorintios 14,21, citando a Isaías 28,11-12, y está relacionado con la predicación cristiana a los no convertidos. En otras palabras, lo que el Espíritu Santo pone en boca de los discípulos es el “kerigma” (ver el evangelio del domingo pasado), el cual recoge “las maravillas de Dios” (2,11) realizadas a través de Jesús de Nazareth, particularmente su muerte y resurrección.

Pero esta capacidad de comunicarse irá más allá: se convertirá poco a poco en el lenguaje de un amor que se la juega toda por los otros, que ora incesantemente, que perdona y se pone al servicio de todos.  No hay que perder de vista que el don del Espíritu es del amor de Dios.

Lo que aquí comienza como “lengua” o “comunicación”, terminará generando el mayor espacio de comunicación profunda que hay: la comunidad cristiana. Su motor es el amor. Es como si el Espíritu continuamente nos dijera al oído: “en todo pon amor”, “lleva siempre amor en tu corazón”, “si corriges, pon amor; si la dejas pasar, pon amor; si callas, pon amor”.

3. Fuera del cenáculo (Hechos 2,5-11)

“5 Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
6 Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.
7 Estupefactos y admirados decían…”

La segunda escena ocurre en la plaza frente al cenáculo. Allí vemos como el corazón nuevo de los apóstoles se expresa concretamente en la vida.

3.1. La gente estaba estupefacta (2,5-6)

Todos quedaron fuertemente admirados. Los efectos de la venida del Espíritu son los mismos que se daban cuando Jesús entraba poderosamente en la vida de las personas; por ejemplo, cuando manifestó sobre el lago su potencia divina, se dice que quienes lo vieron quedaron estupefactos (ver Lucas 8,25). Aquí se dice lo mismo con relación a la manifestación del Espíritu Santo: “la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. (Estaban) estupefactos y admirados…”.

3.2. La congregación de todos los pueblos (2,7-11)

Confrontando los humildes galileos con la multitud internacional y pluricultural que se congrega frente al cenáculo, Lucas sigue el relato haciendo la lista de las naciones (ver 2,7-11ª). La enumeración sigue círculos concéntricos.

La lista termina diciendo, “todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (2,11b). Así aparece otro elemento importante del mensaje de Pentecostés.

Teniendo presente el relato la torre de Babel (ver Génesis  11,1-9), Lucas nos muestra una gran transformación operada por la venida del Espíritu Santo.

En Babel se confunden las lenguas: hay caos lingüístico que representa cómo cuando cada persona se apega a su propio proyecto y no es capaz de abrirse al de los demás, nunca es posible construir un proyecto comunitario.  Babel, entonces, es caos ideológico, reflejo del caos sicológico puede darse dentro de uno: conflicto de proyectos y de deseos contradictorios que emergen continuamente.

Babel se repite todos los días: se comienza hablando una misma lengua, se diseñan proyectos comunes, pero de repente aparecen los intereses personales que mandan todas las alianzas al piso, que rompen en definitiva las relaciones.

Pero en Pentecostés todos son capaces de comprenderse: todos hablan diversas lenguas (y por eso esa larga lista de pueblos), pero llega un momento en que todos se entienden, como si estuvieran hablando una misma lengua.  Esta lengua es la del amor, cuya máxima expresión es el amor de Dios: “las maravillas de Dios”.

3.3. La honra al nombre de Dios (2,11b)

Retomemos la frase final: “Todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (2,11b).

Recordemos que en Babel la torre allí mencionada en realidad era un templo en forma de pirámide sacra, por lo tanto se trataba de una experiencia religiosa. ¿A qué se alude?  Se alude a un problema que puede surgir de una experiencia religiosa mal llevada. El mismo texto lo dice: “Hagámonos un nombre para que no nos dispersemos sobre la faz de la tierra” (Génesis 11,4; la Biblia de Jerusalén traduce: “hagámonos famosos”). Aquí el pecado no está en el hecho de honrar a la divinidad con un templo sino querer “hacerse un nombre”, es decir, el querer ser adorados ellos mismos y no Dios. Esto sucede a veces, es lo que podemos llamar la “instrumentalización” de Dios. Se dice que se trabaja por Dios pero en el fondo podría estarse buscando otra cosa: “hacerse un nombre”.

En Pentecostés es distinto: los apóstoles no trabajan para sí mismos, no quieren hacerse un nombre, sino darle honra al nombre de Dios, esto es, proclamar las grandes maravillas de Dios: “Todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios” (v.11).

Cuando en el mundo de las relaciones cada uno trata de hacerse un nombre, se crean polos, tantos polos cuantas sean las personas que están centradas en sí mismas.  Babel es la guerra de los egoísmos, en cambio Pentecostés es la formación de la comunidad en la comunión de diversidades cuyo centro es Dios.

Los mismos discípulos que antes de la Cruz de Jesús discutían quién era el mayor, viven ahora una conversión radical que es como la revolución copernicana: se han descentrado de sí mismos –están llenos de amor- y se han centrado en Dios.

Todo está orientado hacia la gloria de Dios, hacia la alabanza de Dios y es en Él en quien convergemos todos, poniendo nuestros mejores esfuerzos en ayudar a construir su proyecto creador en el mundo.

Esta es la conversión que nos aguarda a todos. Lo que sucedió el día de Pentecostés fue apenas la inauguración; el evento nos sigue envolviendo a todos los que lo aguardamos con el corazón ardiendo por la escucha de la Palabra de Dios y la oración.

Así, en cada uno de sus miembros, la Iglesia adquiere todos los días un rostro nuevo, reflejo del amor de Dios.

Entremos en este camino, haciendo nuestra esta bella oración:

“Ven, oh Espíritu Santo,
y danos un corazón grande, abierto a tu silenciosa y potente palabra inspiradora;
(un corazón) hermético ante cualquier ambición mezquina;
que sea un corazón grande para amar a todos, para servir a todos, para sufrir con todos;
un corazón grande, fuerte para resistir en cualquier tentación, cualquier prueba, cualquier desilusión, cualquier ofensa;
un corazón feliz de poder palpitar al ritmo del corazón de Cristo y cumplir humildemente, fielmente, virilmente, la divina voluntad”
(Pablo VI, el 17 de mayo de 1970).

Lo que viene es grande, porque Pentecostés es fiesta de la esperanza: la esperanza de que la humanidad entera –comenzando por quien tenemos cerca- pueda ser invadida por el Espíritu Santo en la alegría del don de sí mismo, así como el Cristo pascual.

4. Releamos el pasaje bíblico con los Padres de la Iglesia

Proponemos hoy tres textos en el siguiente orden: (1) San Basilio Magno nos invita a contemplar la acción del Espíritu Santo en Jesús y en la Iglesia; (2) San Agustín hace un paralelo entre la primera y la segunda Alianza sellada en el Sinaí (sentido de la celebración de Pentecostés hebreo); y luego (3) recalca en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles el cumplimiento de la promesa.

4.1. San Basilio Magno: La soberanía del Espíritu Santo

“Toda la actividad de Cristo se realizó en la presencia del Espíritu. Él estaba allí, aún cuando fue tentado por el diablo, pues está escrito: ‘Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado’ (Mateo 4,1).

Y continuaba con Él, inseparablemente, cuando Jesús realizaba sus milagros, porque, -son sus palabras- ‘Yo expulso los demonios por la virtud del Espíritu de Dios…’ (Mateo 12,28).

Él no lo abandonó después de su resurrección de los muertos: cuando el Señor, para renovar al hombre y restituirlo –una vez que la perdiera- la gracia recibida por el soplo de Dios, cuando el Señor sopló sobre el rostro de los discípulos, ¿qué fue lo que les dijo? ‘Recibid el Espíritu Santo; los pecados serán perdonados a quienes se los perdonen y quedarán retenidos a quienes se los retengan’ (Juan 20,22-23).

¿Y la organización de la Iglesia? No es evidentemente y sin contestación, obra del Espíritu Santo? En efecto, según san Pablo, es Él quien le dio a la Iglesia ‘en primer lugar los apóstoles, en segundo los profetas, en tercero los doctores; después el don de milagros, después los carismas de curación, de asistencia, de gobierno, de lenguas distintas’ (1 Corintios 12,28). El Espíritu distribuye este orden según la repartición de sus dones”
(“De Spiritu Sancto”, 16, 39)

4.2. San Agustín: Del Sinaí al Cenáculo

“El pueblo hebreo celebraba la Pascua con la inmolación del cordero y con los ázimos (…); y cincuenta días después de esta celebración, le fue dada sobre el Monte Sinaí la Ley escrita con el dedo de Dios.

Vino la verdadera Pascua y es inmolado Cristo, que opera el paso de la muerte a la vida (…). Y cincuenta días después viene el Espíritu Santo, el Dedo de Dios.

(…) Antes el pueblo estaba a distancia, había terror, no amor. (…) Dios descendió en el fuego sobre el Sinaí, como está escrito, inspirando terror al pueblo que estaba a distancia, y escribiendo con su dedo sobre la piedra, no en el corazón.

Aquí, por el contrario, cuando viene el Espíritu Santo, los fieles estaban reunidos en conjunto. No los asustó como en el Monte, sino que entró en la casa. De repente se escuchó desde el cielo un ruido como si se levantara un viento impetuoso; hubo estruendo, pero ninguno se asustó. Oíste que hubo un estruendo, nota que también hubo fuego. Porque sobre el monte había lo uno y lo otro, el fuego y el estruendo.

… Reconoce también al Espíritu que escribe no sobre la piedra sino en el corazón. De hecho ‘la Ley del Espíritu que da vida’ está escrita en el corazón, no sobre la piedra; “en Cristo Jesús”, en quien fue celebrada la verdadera Pascua, ‘te liberó de la ley del pecado y de la muerte’ (Romanos 8,2).
(Sermón 155, 5-6).

4.3. San Agustín: Odres nuevos en la espera del vino nuevo

“La solemnidad de hoy nos trae a la memoria la grandeza del  Señor Dios y de su gracia, que derramó sobre nosotros.

Para eso es que se celebra la solemnidad: para que no se borre del recuerdo lo que ocurrió de una vez por todas (…)

Hoy celebramos la venida del Espíritu Santo. De hecho, el Señor envió desde el cielo al Espíritu Santo prometido ya en la tierra. Así era que había prometido enviarlo desde el cielo: ‘Él no puede venir mientras yo no me haya ido; pero cuando me haya ido, lo enviaré’.

Para eso padeció, murió, resucitó y subió al cielo; sólo le falta cumplir la promesa. Era lo que esperaban sus discípulos, ciento veinte personas, según lo que está escrito; es decir, diez veces el número de los apóstoles. Efectivamente, escogió a doce y envió el Espíritu sobre ciento veinte.

Esperando la promesa, ellos estaban reunidos orando en una casa, pues deseaban ya con la misma fe lo mismo que con la oración y el ansia espiritual. Eran odres nuevos a la espera del vino nuevo que llegó del cielo. El gran racimo ya había sido pisado y glorificado”. (Sermón 267, 1)

5. Cultivemos la semilla de la palabra en lo profundo del corazón

En una reunión ecuménica en Upsala, el patriarca metropolitano oriental dijo estas palabras: “Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano. El Evangelio es letra muerta. La autoridad de la Iglesia es una dominación. La liturgia es pura evocación. El actuar de los cristianos es una moral de esclavos.

Pero cuando el Espíritu de Dios está presente, el Evangelio es Espíritu y Vida, la autoridad de la Iglesia es servicio, la liturgia es conmemoración y anticipación de lo esperado, y el actuar cristiano es deificado”.

5.1. ¿Quién es el Espíritu Santo? ¿Qué obra de particular en nosotros el Espíritu Santo?

5.2. ¿De dónde viene la palabra “Pentecostés”? ¿Qué era para el pueblo de Israel?

5.3. ¿Qué me dicen los signos del “viento” y del “fuego”?

5.4. ¿Me siento “lleno” del Espíritu Santo? ¿Cómo se sabe que una persona está “llena” de Espíritu Santo? ¿Qué sucede dentro de ella y cómo se nota fuera?

5.5. ¿Qué conversión me lleva a vivir el bautismo en el Espíritu Santo?

5.6. ¿Qué voy a hacer en el Pentecostés de este año para avanzar más en este camino por el cual me conduce el Espíritu Santo de Dios?

5.7. ¿Qué efectos tiene Pentecostés tanto a nivel comunitario (del grupo, la pequeña comunidad, la parroquia) como a nivel de la sociedad?

5.8. ¿Por qué decimos que la Iglesia nació en Pentecostés? ¿Qué caracteriza profundamente la vida de la Iglesia?

P. Fidel Oñoro, cjm

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