LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO Duodécimo del Tiempo Ordinario – 19 de Junio de 2016 Lucas 9, 18-24 UNA FE CON LA BOCA Y CON LA VIDA: CAMINAR EN POS DE JESÚS BAJO LA SOMBRA DE LA CRUZ El relato evangélico que leemos hoy es la conclusión lógica del leído el domingo anterior. La […]
"> LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO Duodécimo del Tiempo Ordinario – 19 de Junio de 2016 Lucas 9, 18-24 UNA FE CON LA BOCA Y CON LA VIDA: CAMINAR EN POS DE JESÚS BAJO LA SOMBRA DE LA CRUZ El relato evangélico que leemos hoy es la conclusión lógica del leído el domingo anterior. La […]
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lunes, diciembre 09, 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 19 DE JUNIO DE 2016

LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO
Duodécimo del Tiempo Ordinario – 19 de Junio de 2016
Lucas 9, 18-24

UNA FE CON LA BOCA Y CON LA VIDA:
CAMINAR EN POS DE JESÚS BAJO LA SOMBRA DE LA CRUZ

El relato evangélico que leemos hoy es la conclusión lógica del leído el domingo anterior. La contemplación de las acciones mesiánicas de Jesús debe llevar a la confesión de fe en Él.

El pasaje de hoy se encuentra en un lugar clave en el evangelio de Lucas, justamente el capítulo que concluye el ministerio mesiánico en Galilea (Lucas 5,1-9,50) y el programa de la formación de los discípulos que se realizará a lo largo de la extensa subida a Jerusalén (9,51-19,48).

Puesto que este pasaje es clave -porque es “programático”- para comprender todo el itinerario de discipulado que se realizará a lo largo de la subida a Jerusalén (nos ocupará prácticamente el resto del año litúrgico) y ya que tendremos que remitirnos a él una y otra vez, le daremos amplio espacio a la presentación de los elementos fundamentales del pasaje.

El texto que leemos hoy, tiene tres partes bien conectadas:

(1) La confesión de fe de Pedro (9,18-20)
(2) La revelación del camino Pascual de Jesús (9,21-22)
(3) Las consecuencias de este camino para el discipulado (9,23-24)

La primera novedad lucana de este pasaje es que está ambientado en una experiencia de oración de Jesús y sus discípulos. Comenzaremos por ahí.

1. La oración de Jesús en el momento decisivo

A diferencia del relato de Marcos y de Mateo, esta escena no sucede en los alrededores de Cesarea de Filipo, durante una caminata. El ambiente es diferente: la quietud y la soledad de la oración, “Él estaba orando a solas…” (9,18a).

Es característico del evangelio de Lucas el que Jesús se encuentre en oración en los momentos decisivos de su ministerio público. Por ejemplo, a la hora del bautismo (3,21), de la elección de los Doce (6,12), del comienzo de la subida a Jerusalén (9,28-29), de la Pasión (22,41), de la muerte (23,46).  Este es el caso de la escena que ocupa hoy nuestra atención: Jesús ora en el momento de la decisiva revelación de su identidad, del anuncio de su pasión y de la consecuencia de ésta para la vida de sus discípulos.

Se dice que “Él estaba orando a solas” (9,18a), pero paradójicamente “se hallaban con Él los discípulos” (9,19b). También más adelante, una semana después en el monte de la Transfiguración (9,28-32), el día que los enseña a orar (11,1) y cuando los exhorta para combatir al tentador junto con él en la agonía (23,39-46), Jesús ora en presencia de los discípulos.

Como en todas las escenas de oración de Jesús en este evangelio, lo que Jesús busca allí es la guía divina que lo orienta en la realización de su misión: supone confianza y entrega total al proyecto del Padre.  La revelación que viene enseguida va precisamente en esta línea.

2. La identidad de Jesús es confesada por los discípulos por medio de su portavoz: Pedro

Jesús entonces toma la iniciativa y se dirige a los discípulos para hacerles dos preguntas: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (9,18c); “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (9,20a). La pregunta por la identidad indaga en otras palabras sobre el rol que Él cumple en medio de su pueblo y del mundo.

Veamos los diversos aspectos que entran en juego en el diálogo entre Jesús y sus discípulos.

2.1. La pregunta llega cuando el tiempo está maduro

No es la primera vez que se escuchan preguntas de esta naturaleza. La pregunta por la identidad de Jesús -“¿Quién es Jesús?”- ya había sido planteada en pasajes anteriores en el evangelio de Lucas, por ejemplo:

• Los escribas y fariseos, escandalizados porque Jesús perdonaba pecados reflexionaban: “¿Quién es éste, que dice blasfemias?” (5,21).
• Los discípulos llenos de temor ante el milagro de la tempestad calmada se dicen entre sí: “¿Quién es éste, que impera a los vientos y al agua, y le obedecen?” (8,25).
• El rey Herodes Antipas cuando se entera de la misión de la predicación del Reino se pregunta: “¿Quién es, pues éste, de quien oiga tales cosas?” (9,9).

Inclusive, si miramos el conjunto del evangelio notaremos que Lucas nos habitúa a ver que las grandes acciones de Jesús regularmente llevan a una afirmación sobre quién es Jesús.  Para este evangelista es claro que la respuesta sobre el sentido de la misión que Jesús realiza en el mundo sólo se puede dar a partir de la observación atenta de sus acciones y de la escucha de su Palabra.

La escena de la confesión de fe, en el evangelio de Lucas presupone todo lo que la gente y los discípulos han contemplado en la persona de Jesús en los capítulos 8,22 a 9,17.

Pero esta es la primera vez que Jesús abre el espacio para que los discípulos expresen su propio punto de vista. No más preguntas sino conclusiones.

2.2. El tipo de pregunta

Jesús nunca le pide a sus discípulos que le den opinión sobre sus discursos o sobre sus obras, lo hace únicamente sobre su propia persona.

Para Jesús lo que cuenta es lo que están comprendiendo sobre él, ya que los quiere conducir hacia un conocimiento claro y hacia una confesión de fe sin equívocos.  Pues bien, en el centro del Evangelio no está tanto su anuncio sino la mismísima persona de Jesús.

2.3. El punto de vista de la muchedumbre

Como preludio a la declaración del punto de vista de los discípulos, Jesús pregunta cuáles son las opiniones populares sobre él.  Se trata del parecer de las “multitudes” (no de “los hombres”, como escriben Marcos y Mateo).

Se dan las mismas respuestas ya dadas anteriormente en 9,7-8 en boca de Herodes Antipas, voz oficial dentro del mundo de la política. En 9,19 leemos: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado”. Las tres afirmaciones coinciden en que se trata de un “profeta”.

Desde que inauguró su misión en la sinagoga de Nazareth, Jesús mismo se había presentado en el ropaje de un profeta (“Ningún profeta es bien recibido en su patria”, 4,24), luego el evangelio no hizo sino comprobar una y otra vez su comportamiento profético. La gente lo reconoció así (“un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, 7,16), incluso un fariseo cuestionó la autenticidad de Jesús precisamente sobre este punto (“Si éste fuera profeta…”, 7,39).

La gente tiene a Jesús en una alta consideración: ve en Él a una figura profética similar a la de los grandes profetas portavoces de Dios.

Pero la estimación popular aparece inadecuada, ya que Jesús no es ni Elías ni Juan Bautista ni ningún antiguo profeta resucitado. Es verdad que Jesús sostiene una relación especial con Dios,  y por eso es correcto el título de “profeta”, pero se nota que la gente no reconoce aún la relación única y particular que Jesús tiene con Dios. Entonces, ¿dónde se verifica la novedad del profetismo de Jesús, que no parece encajar en la visión popular?

2.4. El punto de vista de los discípulos: “vosotros” y “yo”

Enseguida Jesús les pide a los discípulos su propia respuesta personal. Nótese el énfasis en el “vosotros” (9,20a). Con ello, Jesús establece un contraste con las “multitudes”, pero también confronta inevitablemente a cada uno sobre la cuestión que decide la vida: la fe.

Se les pregunta a todos, pero es Pedro quien responde como vocero que es capaz de interpretar el sentir de todos y expresarlo. Pedro va directo al título: “El Cristo de Dios” (9,20b). Profundicemos:

(1) El título de “Cristo” ya se lo habían aplicado por primera vez a Jesús los ángeles en la noche del nacimiento (2,11) y se repite con cierta frecuencia a lo largo del evangelio hasta la última página (ver 24,26.46).

(2) En el evangelio de Lucas se siente la necesidad de darle una precisión al título de “Cristo” añadiéndole el determinativo: “de Dios”. Así se enfatiza que Jesús es el “ungido de Dios” destinado para su servicio (ver 2,26; 23,35; Hechos 3,18; 4,26). ¿De qué servicio se trata en última instancia? Esto se comprenderá en el relato de la Pasión (ver 23,35), de ello tendremos una visión anticipada en las líneas que siguen en el pasaje.

Por primera vez los discípulos reconocen de manera explicita que Jesús es el Mesías.

Jesús es el Mesías-Cristo prometido que realiza las esperanzas salvíficas de su pueblo. Pero a Jesús no se le puede “capturar” en los esquemas que proyectan los deseos populares, lo primero que hay que hacer para entenderlo es entrar en sintonía con Dios para comprender su plan de salvación, su proyecto, su sueño de humanidad. Por eso, en este pasaje de la confesión de fe, era necesario el ambiente inicial de oración: ambiente de escucha y obediencia a Dios que determina el recto comprender y actuar.

2.5. La respuesta correcta proviene de los discípulos y no de la muchedumbre

Vale la pena detenernos un momento antes de continuar la lectura del pasaje. ¿Por qué son los discípulos los que aciertan en la respuesta? ¿Qué vieron los discípulos que no vio la gente?

Que la respuesta correcta provenga de los discípulos, indica cuál es la función o el oficio de ellos con relación a toda la actividad de Jesús con el pueblo, su tarea es llevar al conocimiento del sentido de ésta, en otras palabras, ayudar a entender quién es Jesús.

Recordemos que precisamente, enmarcada entre las preguntas por la identidad de Jesús (9,7-9 y 9,18-20), Lucas nos presentó la multiplicación de los panes: el servicio mesiánico de Jesús.  En ese momento los discípulos vieron lo que el pueblo no había visto (volver sobre la parte final del evangelio del domingo pasado), por eso ellos están en capacidad de responder.

La confesión de quién es verdaderamente Jesús, está en estrecha conexión con lo que Jesús les ha revelado de sí mismo como dador de vida en algunas escenas que los discípulos -separados de la gente- pudieron ver más de cerca: la tempestad calmada (8,22-25), la resurrección de la hija de Jairo (8,49-56), el banquete mesiánico con la multitud (9,12-17), eventos todos que fueron revelatorios solamente para los discípulos.

Por tanto, los discípulos de Jesús son aquellos que, guiados por las claves de lectura que les da el Maestro, pueden ver más profundamente los eventos y enseñanzas que el resto de la gente; son aquellos que pueden constatar, a partir de la valoración de las bendiciones que provienen del Maestro, que Él es más que un profeta; son aquellos que, teniendo como modelo a María (ver 2,19), confrontan continuamente los hechos con las enseñanzas, en otros términos: hacen el itinerario completo de la Palabra (hoy: “lectio divina”): “después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y  recto, y dan fruto con perseverancia” (8,15). Los frutos se ven en la correcta confesión de fe y en el compromiso radical con el camino de la Cruz del Mesías.

En fin, los discípulos son aquellos que van más allá del diagnóstico y de la perplejidad de Herodes, de las apreciaciones técnicas de los escribas y fariseos, y del entusiasmo primario de las multitudes, y dan el salto cualitativo de la fe que, comprendiendo la revelación del Maestro, van hasta el fondo de su propuesta y se apropian de su escandalosa novedad profética.  Una opción tendrá su costo.

3. El doloroso camino del Mesías (9,21-22)

Cuando Pedro confiesa a Jesús como “Cristo de Dios”, ya está aludiendo implícitamente al camino de la Pasión. Esa parece ser la razón por la cual Lucas –a diferencia de Marcos- no nos presenta la reprensión que Pedro recibe por no querer aceptar la Cruz; más bien pareciera que Pedro y sus compañeros ya estuvieran preparados para este momento.

La mirada más bien se centra en la contemplación del destino doloroso de Jesús como manera concreta de asumir el camino “de Dios”.

Viene ahora la revelación que señala la dirección del profetismo de Jesús en misión mesiánica. Notemos (1) el silencio de los discípulos y (2) la voz del Maestro.

3.1. El Mandato del silencio (9,21)

Jesús se dirige a sus discípulos con autoridad: “Les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie” (9,21).

Jesús acoge la confesión de fe de Pedro y la proyecta hacia adelante. Si les pide silencio no es porque lo dicho anteriormente sea falso sino precisamente porque es verdadero, y porque su comprensión los supera.  Jesús pide el silencio que aprende.

3.2. Una nueva enseñanza de Jesús (9,22)

He aquí el nuevo aprendizaje que ilumina la comprensión del mesianismo de Jesús. Las nuevas palabras llegan como una pieza fresca de enseñanza.

Jesús se llama a sí mismo ahora “el Hijo del hombre” (ya lo venía haciendo desde 5,24; 6,5.22; 7,34; 9,26.58…). Este calificativo explica mejor la función del Mesías: su camino de gloria por medio del sufrimiento (como lo explicamos antes en esta misma publicación periódica).

Dicho sufrimiento no es absurdo, él tiene sentido dentro del plan divino de salvación –predicho por las Escrituras-, que se realiza en el itinerario de Jesús. Que Dios está obrando por detrás de todos estos acontecimientos, transformando el mal en bien, se nota en la palabrita técnica “debe” (significa: “necesidad divina” o “según la lógica divina de salvar en la historia”), que los evangelistas reservan para este momento (ver Lucas 13,33; 17,25).

La enseñanza de Jesús delinea las cuatro etapas del camino doloroso del Mesías-Hijo del hombre con cuatro verbos en infinitivo:

(1) Debe “sufrir mucho”. Incluye todos los dolores que se narran en el relato de la pasión de Jesús: físicos, morales; por sí mismo, por sus discípulos, por su pueblo. En esta experiencia de Jesús pareciera resonar la verdad de las palabras del Salmo: “Yahvé está cerca de los que tienen roto el corazón, Él salva los espíritus hundidos” (34,19). No olvidemos que la Pasión de Jesús en Lucas descubre en todo instante la presencia luminosa de Dios en medio de la noche del dolor (ver el Salmo 33,20).

(2) Debe “ser rechazado”: esto es, excluido de su pueblo, excomulgado (ver Lucas 20,17).  Será una expulsión oficial. Los tres grupos mencionados componen el Sanedrín: la máxima autoridad religiosa en pleno. Pero la marginación de Jesús, por causa de su opción por los marginados, tiene un sentido, como dice el Salmo: “La piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido” (118,22; ver Lucas 20,17).

(3) Debe “ser matado” (18,33). No se dice crucificado, nunca se profetizó una muerte en Cruz, ésta vendría como resultado de la coyuntura histórica. Lo fundamental es que  el rechazo de Jesús fue hasta las últimas consecuencias. Pues bien, desde eso fondo, el más bajo posible, Dios reconducirá –por el camino de la vida- la compleja historia humana.

(4) Debe “resucitar al tercer día”: la última palabra es de victoria, el triunfo final de la justicia de Dios (ver la profecía de Oseas 6,2). En el verbo griego (literalmente “levantar”) deja entender que hay una resurrección y una exaltación.  El camino del Mesías culmina en la gloria.

Como puede verse, el “debe” va señalando cómo Dios actúa por dentro del tejido de la historia, haciendo allí una dinámica de salvación que transforma la mezquindad humana en fuerza de vida y crecimiento.

La última palabra, la más importante es la de la victoria y la vida: Jesús es un Mesías crucificado pero que resucita. Por eso, cuando el discípulo escuche el llamado de Jesús para compartir su camino tendrá que ver más allá de la renuncia la Buena Noticia de la Resurrección: “ganará la vida”.

4. Las implicaciones del camino del Mesías para la vida de los discípulos (9,23-24)

La enseñanza de Jesús pasa de la instrucción sobre su destino personal a las consecuencias que dicho destino tiene para la vida de los discípulos, porque ellos son los seguidores del Hijo del hombre sufriente. En pocas palabras Jesús pide una fe que sea tan leal que esté dispuesta a ir hasta el martirio.

Sobre la confesión de fe y el anuncio de la Pasión emergen con mayor claridad (1) las exigencias (9,23) y el sentido de la vocación de los discípulos (9,24).

4.1. Las exigencias de la vocación de los discípulos (9,23)

Vale la pena que reparemos en ellas, palabra por palabra.

“Decía a todos” (9,23a). Jesús levanta la mirada a todos los potenciales discípulos, no sólo para los que ya lo perdieron todo por él sino también para los candidatos.

“Si alguno quiere venir en pos de mí” (9,23b). La decisión de seguir a Jesús, que parte de un acto profundo de libertad del discípulo (“Si alguno quiere…”), implica un andar siempre en su ruta. Es curioso que mientras la expresión “ir en pos de…” en el Antiguo Testamento sirve para calificar la idolatría –obedecer a falsos dioses (ver Jueces 2,12; Deuteronomio 13,5; 1 Reyes 18,21), en boca de Jesús es la máxima expresión de la adhesión a Dios en aquel que ha sido confesado como “el Cristo de Dios”.

A quien responde se le piden tres actitudes:

(1) “Niéguese a sí mismo” (9,23c). Es ante todo ser capaces de decirle “no” a lo que no es coherente con la opción por Jesús y que generalmente proviene de sí mismo y de las propias ambiciones, para vivir al estilo de la Cruz. Esto supone un continuo “discernimiento de espíritus”. Esto no será cosa de un día sino de siempre, como se verá enseguida.

(2) “Tome su cruz cada día” (9,23d). Literalmente es tomar la propia cruz y cargarla hasta el lugar de la ejecución. Por lo tanto, en principio es estar preparados para morir por crucifixión. Pero el sentido de la frase de Jesús va más allá: al describir la acción de los ya condenados yendo al patíbulo para la ejecución, Jesús invita a cada discípulo a colocarse en el lugar del que ya está condenado a muerte.

Pero no se trata de un martirio en sentido literal sino de la actitud del que mira su propia vida en el mundo como ya terminada. El discípulo pertenece a otro ámbito de vida: su principio inspirador es el amor misericordioso que acoge al otro desde él y no desde uno mismo, el amor que se hace capacidad del otro para redimirlo asumiéndolo en el propio ámbito de vida.

Y esto no se hace un día sino siempre: se trata del nuevo impulso de vida característico del Reino de Dios.  La frase “cada día”, acentúa la necesidad de una renovación diaria de esta actitud.

(3) “Sígame” (9,23e). La idea de fondo es: “y de esta manera síganme”. La palabra nos remite a esta frase que aparece en el punto de partida del discipulado: “dejándolo todo, le siguieron” (5,11). Con las actitudes anteriores el discípulo irá siempre detrás del Maestro haciendo todo lo que Él hace.  Y el discípulo que toma la Cruz ya está haciendo lo que Jesús hace porque “Todo (discípulo) que esté bien formado será como su Maestro” (6,40b).

4.2. El sentido de la vocación del discípulo (9,24)

Para comprender mejor no hay como los paralelos.  Jesús finalmente coloca en contraposición dos tipos de personas:

(1) Hay personas que desean preservar su vida (“Quien quiera salvar su vida…”): están ante todo preocupadas por ellas mismas, por su exclusiva felicidad, siendo capaces incluso de dejar a otra persona de lado con tal de no sacrificar los propios sueños; éste es el trasfondo de muchas situaciones de pecado.

Pues bien, Jesús dice que la persona que desee preservar su manera de vivir evitando cualquier sacrificio, la autonegación para optar por los valores del evangelio, esquivando el martirio, “perderá su vida”, o sea, quizás gozará por un rato pero no alcanzará la plenitud de la vida, e incluso se la habrá negado a otros. Este tipo de personas, en el juicio final no gozará de la vida eterna que vendrá (ver 9,26).

(2) Hay personas que están bien dispuestas para perder generosamente su vida (“Quien pierda su vida por mí…”), es decir, que han descubierto a Jesús y “por” Él se la juegan toda, porque sólo desean vivir según los valores de su evangelio, el mayor de todos: el amor de la Cruz, que es vivir radicalmente en función de los demás.

Estas personas, paradójicamente preservan la vida. A través de la experiencia del “perder” (el “darse”) será salvada su vida en un sentido profundo porque ha alcanzado la identidad con el Maestro y con Él recorre el camino que verdaderamente conduce a la gloria. No hay que olvidar que hay una causa: la pérdida es por causa de Jesús, por lealtad personal a Jesús.  Esta lealtad no se quedará sin la contraparte en el tiempo final: “ése salvará su vida”.

5. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

5.1 ¿Qué opinión de Jesús tiene la gente con la que trato cotidianamente en ambientes distintos a los de mi comunidad de fe? ¿Se parece a la opinión de la gente en tiempos de Jesús?

5.2 Jesús hoy te pregunta: ¿Y tú, quién dices que soy yo? ¿Qué le contestas a partir de lo que sabes de Él? ¿Qué le contestas a partir de la experiencia que tienes de Él? ¿En qué forma el contacto diario con la Palabra de Dios te lleva a descubrir los rasgos de la identidad de Jesús?

5.3 “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. ¿Cuál es tu mayor cruz?  ¿Cómo la estás llevando? ¿Hacía dónde la llevas? ¿Qué te hace pensar que es la cruz con la cual sigues a Jesús?

5.4 ¿Te sientes verdadero/a discípulo/a de Jesús? ¿Qué efectos produce en ti la confrontación de tu vida con las enseñanzas de Jesús?

5.5 Las enseñanzas de Jesús delinean las cuatro etapas del camino doloroso del Mesías: ¿En qué forma estas cuatro etapas están “marcando” un proceso en la vida de mi grupo o comunidad?

6. Un Padre de la Iglesia y un pensamiento mariano para este domingo

6.1. Un Padre de la Iglesia relee el evangelio

San León Magno (del siglo V dC), en una de sus homilías, retomaba la dinámica del pasaje de Lucas:

“Que la fe de todos se afirme con la predicación del Evangelio, y que ninguno sienta vergüenza de la Cruz de Cristo, por la cual el mundo ha sido redimido. Que ninguno, por tanto, se lamente de sufrir por la justicia, ni ponga en duda la recompensa prometida; porque es por el trabajo que se llega al reposo, por la muerte que se lleva a la vida. Ya que Cristo ha aceptado la debilidad de nuestra pobreza, si nosotros perseveramos en confesarlo y amarlo, somos vencedores de lo que él ha vencido y recibimos lo que Él ha prometido”

6.2. Un pensamiento mariano inspirado en el evangelio

Dice el cardenal Giovanni Saldarini:

“María es la virgen ‘por’ el Reino de los Cielos,
que ha aceptado perder su vida por Jesús y por la salvación mesiánica
y de este modo ha salvado su propia vida.
En ella se realiza esta lógica misteriosa
de la negación de sí mismo para seguir a Jesús,
que realiza en plenitud la vida de la persona”

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 19 DE JUNIO DE 2016

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