Domingo, diciembre 04, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 21 DE 2015.

Se puede vivir diferente.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Una feliz semana cargada de bendiciones y llena de proyectos que involucren el bienestar de los demás.

Hoy los quiero invitar, desde el texto de la carta del apóstol Santiago (3, 16-4,3) a reflexionar sobre lo que realmente nosotros queremos para la vida, lo que le aportamos a la misma. Los invito a que caigamos en cuenta que tenemos un proyecto por sacar adelante y que no podemos pasar por la vida terrenal sin dejar algo para quienes comparten nuestro espacio vital y para los que llegarán. También nosotros somos parte del presente y del mañana del planeta.

Hay que sentarse y comenzar por reconocer que nosotros tenemos un don de Dios para ofrecerle a los demás; un don que nos lleva a mirar la vida desde la perspectiva del amor. Ese don es la fe, esa capacidad de vivir con certezas que transforman el corazón y la forma de comportarnos. Esa certeza de saber que somos parte de Dios, imagen y semejanza del creador, certeza que nos debe impulsar a llenar cada lugar y cada espacio y cada segundo y cada tiempo, de experiencia de eternidad, de vida, de amor.

Y muchos podrán venir predicando lo contrario y muchos querrán acabar con nuestra existencia. Muchos no estarán tranquilos al encontrar que se puede vivir diferente y que los valores como el perdón, la mansedumbre, la misericordia, la humildad, la limpieza del corazón son válidos y son norma de vida para un grupo de personas que sabiéndose amadas están convencidas de la fuerza del amor. A lo mejor esos valores de las bienaventuranzas no tengan sentido en un mundo en el que el egoísmo, la lucha por dominar y aprovecharse de los débiles es lo que prima.

“Después tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “el que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado” Mc.9, 36-37

Cada vez que sintamos que necesitamos el reconocimiento o la gratitud para o por hacer el bien, cada vez que rechacemos a alguien por su condición distinta a la nuestra, cada vez que alguien es ofendido por nuestra palabras o es humillado por nuestros actos, ese día, justo en ese instante, es que nos tenemos que sentar y recapacitar y reconocer que nos falta fe, nos falta Cristo y que el don de Dios se está desperdiciando en nuestra frágil y prepotente condición de creernos únicos y hasta dueños del mundo y de la vida de los demás.

No es fácil la vida del creyente, el camino es de cruz, de renuncia, de últimos lugares. “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc. 9, 35) Solo con el testimonio de vida, con el reconocimiento de la dignidad del otro, con detalles de amor y de humildad, solo desde las bienaventuranzas, lograremos los creyentes, los elegidos por Dios, los discípulos de Jesús, cambiar, vivir el Reino y llenar cada rincón de Dios y de su amor.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd