Viernes, diciembre 09, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 2 DE 2013.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Comienza septiembre mes de amor y de amistad. Mes lleno de detalles en el cual también celebramos las fiestas religiosas marianas de gran importancia en la Iglesia: de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba. La Natividad de la Virgen María. Nuestra Señora de los Dolores; la Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos.

Estas fiestas nos dan la posibilidad de acercarnos a esta mujer que en su vida y en su eternidad, en sus advocaciones y apariciones, nos habla de acogida de la Palabra, de abandono y confianza en Dios. Nos enseña la fidelidad hasta la cruz. La entrega en el seguimiento. Mujer madre, discípula. Aquella que escucha la Palabra y la pone en práctica. Mujer que ayuda, visita, se pone en camino e intercede por nuestras necesidades. La Mujer que nos invitó a hacer lo que Jesús nos dice.

María fue aquella en la que Dios miró la “humildad de su sierva” y en la que “ha hecho obras grandes”. Dios que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos, nos ayude a nosotros a descubrirnos humildes, sencillos y abiertos a su Palabra. Nos aumente la fe y nos de la fuerza necesaria para decirle siempre “si”, como lo hizo María.

Volviendo al tema de la reflexión propuesta para el fin de semana desde el Evangelio de Lucas (14, 1.7, 14) Los quiero invitar a todos para que nos dejemos, como María, enaltecer por Dios. Y para esto es necesario que seamos personas mucho más humildes. Que seamos sencillos y generosos. Dios mire la humildad y que esa sea la arcilla sobre la que Él pueda poner sus manos y hacer su obra Que Él nos pueda moldear. Dios es el artista de las almas y un alma humilde que se deja moldear por Dios se convierte en una obra de arte que embellece, engalana, enriquece el mundo.

En las manos de Dios siempre resplandecerá nuestra belleza.

La humildad es una bienaventuranza. Los humildes será los herederos del reino, ellos poseerán la tierra. Los humildes no tienen necesidad de “acabar” con los otros. No tienen necesidad de pasar por encima de los demás. Los humildes siempre esperan pacientemente en el amor y en la bondad y no pierden la esperanza en la justicia y compasión de Dios. La persona humilde espera en el Señor. Está abierta a las necesidades, es solidaria. La riqueza de los humildes es el corazón y su fuerza el amor.

La diferencia entre un humilde y un soberbio está en el por quién se hacen las cosas. ¿Por Dios?, ¿por uno mismo? La diferencia radica en el corazón. Cuando vives para ti o cuando vives para darte a los demás.

Que el Señor infunda el amor en nuestros corazones para que aumente en nosotros todo bien, fue lo que pedimos en la oración colecta de este domingo. Quien ama desea siempre el bien para sí y para los demás. Difícil ser buenos sin el amor de Dios.

Termino con una oración de santa Teresita por si necesitas un poco de humildad:

“¡Qué manso y humilde de corazón me pareces, Amor mío, bajo el velo de la blanca hostia! Ya no puedes abajarte más para enseñarme la humildad. Por eso, para responder a tu amor, yo también quiero desear que mis hermanas me pongan siempre en el último lugar y convencerme de que ése es precisamente mi sitio. Te ruego, divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que yo intente colocarme por encima de las demás. Yo sé bien, Dios mío, que al alma orgullosa tú la humillas y que a la que se humilla le concedes una eternidad gloriosa; por eso, quiero ponerme en el último lugar y compartir tus humillaciones, para “tener parte contigo” en el reino de los cielos.

Pero tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana hago el propósito de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero. Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz nacer en mi alma la virtud que deseo. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: “¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo! (Fragmento de la oración para alcanzar humildad de santa teresita)

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd