Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: NOVIEMBRE 3 DE 2014.

Vida y muerte realidades llenas de eternidad.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes de mundo. Iniciando el mes de noviembre hemos celebrado la fiesta de todos los santos y luego hemos conmemorado, es decir, recordado a los difuntos, de manera especial nuestros familiares y amigos.

Dos días en los que hemos podido sentir de cerca la eternidad, el primero como un proyecto de vida en el que, enriquecidos por los dones y sobre todo por el amor de Dios, vivimos la realidad de ser santos en la experiencia de la entrega y del amor a los demás con la esperanza de fundirnos, después de la muerte, con el amado, al que le pertenece la santidad en esencia.

El segundo día palpamos la eternidad como el existir de nuestros seres queridos en el corazón. Como una realidad cercana que nos envuelve y como una vocación a vivir en la conciencia del encuentro con el Señor en la resurrección que es la experiencia de amor que recoge lo que hemos sido en la vida. Nos morimos día a día, segundo a segundo. Cada momento es una oportunidad que tenemos para quedarnos para siempre en el corazón de nuestros seres queridos; para trabajar por el Reino y para hacer de la experiencia de Dios en la tierra anticipo de lo que será la eternidad en Él, en el cielo.

Por eso el Evangelio de Mateo 25, 31ss nos invita a vivir consecuentemente la experiencia de Dios que se sigue haciendo cercano y presente en las vidas de las personas que nos rodean y de manera especial en las vidas de las personas que, para la gran mayoría, no cuentan por su condición de pobreza, de pecado o de enfermedad. El Evangelio nos insinúa cómo realmente llegar a vivir en plenitud. Cuando miramos más allá de las apariencias, un poco más allá del pecado, un poco más allá de nuestros prejuicios entonces entenderemos que cada uno es habitación, presencia de Dios y que solo en el amor nosotros podemos construir, “salvar” personas, amigos y enemigos que están viendo fuera de su propia esencia de grandeza, fuera de su propia realidad divina.

La invitación es una toma de conciencia de la dignidad, de la grandeza de la persona, del ser humano, independientemente de los afectos que nos puedan generar.

Todos somos hijos de Dios, para todos ha sido la redención y el amor. La generosidad, que es algo que nos pertenece, es precisamente para ayudar a los demás a que alcancen a vivir en plenitud. Es aprender a mirar el acontecer de Dios y su presencia en cada persona. Y así como Dios sueña contigo y tu plenitud de vida también sueña con quien está alejado o viviendo realidades que no son del ser imagen y semejanza de Dios.

Todo lo que hagamos que sea con la convicción que es a Dios mismo a quien le servimos y amamos en los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd