Sábado, diciembre 03, 2016

PARA ESTA SEMANA: FEBRERO 24 DE 2014.

Contemplar los misterios de Dios.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y del Carmelo de Quito. Mi saludo cordial con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que siempre nos recrea en constante bondad.

En la oración Colecta de este VII domingo del tiempo Ordinario le pedíamos al Señor que nos concediera el cumplir de palabra y de obra cuanto le agrada. Y para esto, según la misma oración debemos meditar siempre en los misterios de Dios.

Misterios de Dios que no dejan de sorprendernos, por ejemplo: Dios que crea al hombre como plenitud de la misma creación y lo hace a imagen y semejanza.

Dios que elige un pueblo, al que libera de la esclavitud y hace alianza con él para hacer de este pueblo una nación santa y faro de luz para los otros pueblos.

Dios que se encarna, toma nuestra condición humana, camina con nosotros y nos muestra su amor con palabras y obras. Jesús que sana al enfermo, libera a los cautivos, perdona a los pecadores, anuncia el año de gracia, como lo hizo en la sinagoga de Nazaret.

Dios que nos salva, nos redime, nos libera; sella un nuevo pacto en la cruz para que nosotros amando, perdonando, ayudando, sirviendo, renunciando a nosotros mismos, seamos luz para las naciones, llamemos a la conversión y al amor y construyamos así, todos juntos, en justicia y verdad, el Reino nuevo. Ese Reino de Dios que instauró Jesús.

Y de esto todos somos capaces porque hemos recibido el Espíritu Santo, fuerza y poder de Dios que nos acompaña siendo también luz y palabra. Ese Espíritu que como escribe san Pablo, ha hecho morada en nuestro interior (1Cor 3, 16-17), nos ha hecho su templo, lugar de su presencia, de la presencia de toda la Trinidad.

Nosotros somos santos, somos casa, morada, templo, lugar de Dios. Hemos sido santificados en el nombre de Jesús.

Ahora la invitación es a negarnos un poco a nosotros mismos, a dejar un poco la soberbia, para que Dios siempre resplandezca en nuestras palabras y obras.

Reconocer la presencia de Dios, de su Espíritu en el interior de cada uno, debe llevarnos a amarnos, a respetarnos, a ser dóciles y dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

Esa es seguramente la mejor y mayor contemplación que nosotros debemos hacer de los misterios de Dios y por eso es que también, sabiendo Dios que somos enriquecidos por su gracia, plenos de su amor, nos pide que amemos a los demás, que perdonemos a los enemigos y que hagamos siempre algo por los otros así no sean de nuestro agrado. Estas cosas le agradan porque sigue adelante la obra de la creación haciendo de la humanidad un lugar de encuentro y de entrega.

Esa es la plenitud del amor y en eso consiste que todas las cosas sean recapituladas en Cristo Jesús.

Contemplar los misterios de Dios seguramente llevará a enamorarnos cada día más y más de Él. Dios nos sigue sorprendiendo, sigue siendo un misterio. De hecho nos sigue llamando y sigue contando con nosotros. Nos sigue amando misericordiosamente y se sigue haciendo vida, pasión, muerte y resurrección en cada celebración de la Eucaristía.

Contemplar los misterios de Dios implica orar; silenciarse ante la divinidad para que Él nos ilumine y nos colme de bendiciones. Contemplar los misterios de Dios es fundirse en su amor, irse con Él al desierto, resistir las pruebas y darse por entero al amor.

Y todo para poder hacer lo que a Él le agrada.

Pero nunca debemos olvidar que las propuestas que hace Dios al ser humano parten de un principio: Ser santos como Él es santo.

Con mi bendición

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd