Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA ESTA SEMANA: ENERO 26 DE 2015.

“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc. 1, 14)

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. También siento la necesidad personal de aceptar la invitación de Jesús a creer en el Evangelio.

Con esta invitación se nos abre un reto a todos, incluyendo a los que nos llamamos cristianos. El reto es comenzar a creer en el Dios que me ama y colma mi vida de esperanzas. A Creer en el Evangelio que me trae la noticia de la cercanía, de la presencia, de la misericordia de un Dios que es Padre, que sabe dar cosas buenas a sus hijos. Un Padre, que es Santo, que es perfecto y que hace de su amor un regalo para los pródigos y los de casa; para los buenos los malos. Creer en el Evangelio es volver la mirada sobre el Padre que desde el amor nos invita transformar el mundo en un lugar, donde con el amor con el que Él nos ha amado, nos amemos los unos a los otros y así hagamos que la justicia acompañada del amor se vuelva misericordia.

Amor y justicia sean las características fundamentales de un movimiento que nace del corazón para el corazón que es el lugar, donde realmente, residimos como humanos y desde el cual nos relacionamos.

Arrepentirse es importante porque ese acto toca directamente el corazón y creer en el Evangelio, aunque es más complicado porque implica una nueva actitud frente a la vida, a los demás y a la creación, es lo que hará que volvamos a hacer de este mundo un verdadero paraíso, lugar del hombre en el que Dios se recrea y camina.

Arrepentirse el primer paso y el más necesario para sentir el amor, la compasión y la ternura de un Evangelio que se hace vida en la vida. Evangelio que alegra el corazón de los tristes, llena de esperanza a los abatidos, de misericordia a los pecadores y de paz a los que tienen miedo.

Convertirse, arrepentirse, creer en el Evangelio son invitaciones que al ser aceptadas implican una radicalidad tal que hacen de nosotros personas realmente nuevas. Es un cambio no solo de actos sino también de pensamientos. Es llegar a convencerse que Dios es mucho más que lo que nosotros pensamos o creemos porque nos lo han enseñado. Es convencerse que Dios es bueno, que Dios es maestro, que Dios es Padre y que Dios ha nacido en un pesebre para manifestar su amor, que ha muerto en la cruz siendo consecuente con su vida y que ha vencido la muerte porque la última palabra siempre la tendrá la vida y el amor.

Que como los primeros apóstoles seamos capaces de “dejarlo todo” para convertirnos en “pescadores de hombres”, es decir, que nos pongamos detrás de Jesús, que caminemos con él, que nos dejemos instruir por él y que luego tengamos la valentía de anunciar desde la vida y desde la palabra que el Reino de Dios está ya cerca y que vale la pena arrepentirse y creer en el Evangelio.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd