Martes, diciembre 06, 2016

PARA ESTA SEMANA: AGOSTO 4 DE 2014.

Generalmente tendremos razones para el mal y excusas para no hacer el bien.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo cordial con los mejores deseos de paz y bien para la semana que comenzamos. Una semana para que busquemos al Señor con la certeza que Él está cerca de quienes le invocan. Está en ti, por eso que esta semana sea para adentrarnos y con Él y desde Él aportarle a un mundo nuevo.

Me inspira el texto de san Pablo (Rm. 8, 35.37-39) en donde queda claro para el apóstol que el amor de Dios es un hecho. Él ha elegido amarnos y nos ha manifestado este sentimiento en Cristo. Jesús es la expresión y la experiencia más directa del amor que Dios nos tiene. Un amor que se ha hecho palpable, carne; un amor que se hecho salud, sanación, paz interior. Un amor que se expresa en misericordia, acogida. Ese amor que va a la casa y come con el pecador; pecador que es llamado a la conversión, a abrirle las puertas al Salvador. Amor de Dios que se deja tocar y que se hace abrazo, fiesta, alimento. Amor de Dios compasivo, tierno, bondadoso.

El amor que Dios nos tiene es real y nada ni nadie podrá apartarnos de ese amor. La opción fue definitiva, fue de pesebre, de cruz, de muerte y de resurrección. Por eso ni el pecado ni nada ni nadie nos podrá apartar de ese amor divino. Del amor de Dios.

En la cotidianidad de la vida muchas cosas nos invitan a apartarnos del amor de Cristo: el cansancio, la desesperanza, el desamor, el sentir que estamos solos. Muchas personas mostrando el mal que sucede en el mundo, mostrando la destrucción, la guerra, el hambre, la miseria. Nos hacen dudar del amor de Dios. Y en esto somos frágiles, sensibles y acabamos no creyendo, llenos de dudas y hasta con tristeza, pero todo por no tomar conciencia que el amor nos habita. Por no tomar conciencia y reconocer que los responsables del mal y de la guerra y de la destrucción somos nosotros; cada uno de nosotros.

Queremos vivir sin amor, queremos vivir sin compartir, queremos las cosas al precio que sean. Queremos, en nuestra envidia y orgullo, que nadie triunfe, y eso mata y eso acaba. Nos queremos desentender del otro teniendo nosotros con qué ayudar y eso ofende al pobre. Genera indignación. Para el mal siempre tenemos una explicación, para el bien una excusa. Generalmente tendremos razones para ser malos y excusas para no ser buenos, para no compartir, para no darnos.

Dios tomó una decisión por ti y tú debes tomar una decisión por Dios. El mundo camina al ritmo que le pongas porque Él te regaló el mundo. Por eso hay que convertirse, cambiar, abrir el corazón.  No hay razones para alejarnos del amor de Cristo en él salimos victoriosos. El amor se convierte en una fuerza capaz de transformar las personas. El amor te da ese toque de valentía en la debilidad, de misericordia ante el pecado, de acogida frente al desprecio. El amor te hace levantar con dignidad cuando caes y te hace capaz de un abrazo y de una fiesta ante quien te ha desengañado.

Si te sientes amado, si sabes que Dios está caminando contigo, ten la seguridad que ese amor te hará vencedor. Mirar la cruz, mirar al crucificado. Mirar a Belén, mirar el pesebre. Mirar la multitud que sigue a Jesús y mirarlos sentados comiendo. Mirar la Samaritana con sed y a Jesús siendo agua. Mirar el pecado de tantas personas y a Jesús perdonando. Esos gestos son los que cambian la vida de todos los que saben o descubren lo qué significa y cuesta amar.

Amar es de corazón, amar viene de Dios. Por eso si sientes que no estás amando y que las cosas se te hacen difíciles no te vayas de Dios, no te alejes de la casa. Al contrario vuelve a Dios, regresa a la casa. Y pídele que restaure tu corazón y haga del amor centro y razón de ser, de tu ser y existir en el mundo.

 Con mi bendición:

 P. Jaime Alberto Palacio González, ocd