Domingo, diciembre 11, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: SEPTIEMBRE 25 DE 2014.

Nada más grande y sublime que saberse amado.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que nos recrea en constante bondad. Dios nos ama y esta certeza no debe desaparecer de nuestra mente ni de nuestro corazón porque el amor que Dios nos tiene es fuerza en los momentos de debilidad y luz en los de oscuridad.

Descubrir que Dios no excluye a nadie del proyecto del Reino, tener la certeza que todos estamos siendo invitados a trabajar en la viña. Que Jesús nos llame hijos del Padre; todo esto tiene que alegrar el corazón. Nada más grande y sublime que saberse amado. Nada más grato que trabajar para quien y con quien te ama.

Quien te ama te consiente, sabe tus necesidades y cuidará por ti en las horas que tú hagas algo para los demás, por la viña. Saber que puedes darte todo y que Él es tu todo.

Saber que puedes darlo todo y que Él te devolverá el ciento por uno. Saber que eres útil e importante en el Reino sin importar tu condición o tu pecado y que por encima de cualquiera de estas realidades Él te invita a su viña, a que sigas siendo parte activa de Él y su proyecto. Eso tiene que generar algo en el corazón. Eso tendría que alegrarnos y darnos fuerza para cambiar muchas cosas que nosotros mismos sabemos que no andan bien. Nos apartan del amor.

Y si todo lo que Dios hace por ti y por mí en Jesús no nos genera nada; si te da lo mismo que Dios esté con nosotros a que no esté. Nos deberíamos al menos preguntar ¿Quién nos está separando o te ha separado del amor de Dios?

Nos puede separar del amor de Dios nuestra propia realidad de pecado, pero sobre todo la soberbia, el no hacernos niños; esa búsqueda constante de nosotros que opaca o anula la existencia del Reino.

Y es que el amor está ahí, es palpable, es de palabras y de silencios, de abrazos y de impulsos, es de besos y de entrega. El amor de Dios hay que sentirlo y para eso nada más que disponer el corazón, encontrarte contigo y saber encontrarte también en los demás y gozarte de todo lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por ti y en ti por su Reino.

¿Estás haciendo lo que el Padre quiere?, ¿estamos acogiendo a Jesús, el mensaje del Evangelio, el Reino? Puede pasarnos que esperamos muchas cosas de Dios y vivimos a la expectativa y le pedimos, le suplicamos. Y las cosas suceden y no las queremos aceptar. Somos caprichosos y nos falta apertura a las sorpresas de Dios.

Las cosas de Dios se acogen no solo de palabra sino también deben convertirse en hechos. De decir te amo a amar hay gran diferencia. Decir sí a Dios; decir voy a trabajar en el proyecto de vida; decir que voy a acoger el mensaje y que voy a convertirme para ponerme en paz conmigo, para aceptar la realidad de los demás y llegar a perdonarlos, implica que el sentimiento y la vida se hagan tan coherente que Dios mismo pueda contar con cada uno en cualquier circunstancia.

Esta vida de fe, de creyentes no puede seguir siendo basada en palabras vacías que no estén acompañadas de hechos; de mentiras que llenan de apariencia los templos y de vidas que se pasan engañando a los demás con un sí que es no y con promesas que son mentiras.

Nunca es tarde para arrepentirnos, nunca es tarde para tomarnos en serio el proyecto de amor y de justicia de Dios. Nunca es tarde para descubrir que existimos para darnos y para llevar a plenitud la creación. Que tú sí sea tan seguro y tan serio que los demás puedan confiar plenamente en ti.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd