Sábado, diciembre 03, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 23 DE 2014.

El amor es lo más divino que el ser humano tiene.

 

A mis amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores de paz y bien en el Señor Jesús que nos recrea en constante bondad. Un fin de semana para que en familia reflexionemos sobre el amor que nos tenemos los unos a los otros y el amor que le tenemos a Dios.

Amar a Dios con todo lo que somos, con toda nuestra realidad es ser capaz de sumergirse en su mismo misterio de amor. Cuando amamos a alguien con todo: alma, cuerpo, corazón, esto está significando que esa persona a la que amamos es la protagonista de nuestro acontecer, quien se refleja o manifiesta en nuestros actos y es la fuerza por la cual cambiamos cosas, realidades que nos parecen imposibles. Amar a la persona es dejar que ella exista también en cada uno sin dejar de ser ella y nosotros siendo en ella.

Y este amar a Dios sobre todas las cosas puede sonar muy humano o mundano pero es que los seres humanos amamos a Dios desde nuestra realidad humana, desde nuestro ser, con nuestro cuerpo y nuestra mente. El amor acerca lo humano a lo divino ya que el amor es lo más divino que el humano tiene. En el amor lo humano se disuelve o transforma en la divino y lo divino se llena de humanidad. No en vano el amor se hace carne.

Y nos es que quien amamos necesite nuestro amor, pero se siente complacido en nuestro acto de amar. Se siente valorado y respetado. Por eso hay que amar, hay que dejarse amar y declarar sagrado el acto sublime del amor. Al amar casi que sacas del anonimato a quien decides amar porque ahora vive en tu propio ser.

El mandamiento más importante es dejar que Dios exista y se manifieste. Es dejar que sea Él el protagonista en nuestros actos y la fuerza por la cual cambiamos. Dios existe sin nuestro amor, pero nosotros no podemos ser auténticamente nosotros fuera de ese amor que nos lleva a plenitud. Si amor a Dios seguimos siendo anónimos, mendigos de otros amores que en lugar de darnos fuerzas nos debilitan.

Desde Dios nos podemos amar, desde Él nos sentimos buenos, capaces de darnos. Desde Dios la realidad se mira llena de posibilidades y al amor como una prolongación de cada uno.

Jesús nos aclara que el primer y más importante de todos los mandamientos es amar a Dios. Y esto no es imposible porque quien se atreve a amar a Dios inmediatamente resulta enamorado, seducido, sumergido en la fuente misma del amor. Amar a Dios significa entonces dar el primer paso purificarse y determinarse. Amar es una decisión. Dios ya la ha tomado por ti ahora lo que espera es que tú tomes la decisión por Él. Da, demos el paso, decidámonos ser de Dios, existir en Dios y Él se encargará de lo demás.

Quien te ama en tu amor también está dispuesto a manifestarse y con tu amor, en ti, Él cambiará el mundo.

Por eso amar a Dios es el principal mandamiento y ahora tú enamorado de Dios, amando desde Dios, sintiendo que eres manantial en el amor de Dios ¿Qué problema tendrás al amar al prójimo tan sublimemente como Dios te ama, como te amas a ti mismo?

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd