Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 17 DE 2013.

Dios que nos pide para hacerse milagro en lo que nos da.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de San José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Desde ahora un fin de semana lleno de bendiciones y que las horas y momentos de compartir con la familia estén llenos de gestos de amor y de acogida.

Precisamente el Evangelio con el que nos encontraremos el domingo (Lc. 18, 1-8) nos habla de un gesto de amor del Padre Dios hacia cada uno de nosotros cuando le pedimos o le suplicamos por algo: nos escucha. Y no solamente escucha sino que el mismo Jesús nos dice: “saldrá en defensa de sus escogidos… no nos dejará esperando. Y es que Dios es bueno y da cosas buenas. Dios que es amigo y se levanta a media noche para ayudarnos; Dios que es Padre y no nos deja caer en la tentación, nos libra del mal. Dios que es amor nos perdona y nos da el pan de cada día. Dios que nos pide: confianza, esperanza”. Dios nos da pruebas de amor y razones para no desfallecer.

¡Dios no es indiferente! Es la fuerza, la fortaleza de los débiles. “Dios mira la humildad de su sierva” Dijo María a Isabel. “Dios escucha el gemido de su pueblo”, le dijo a Moisés”. Ahora lo que se espera, es que cuando clamemos a Dios tengamos plena conciencia de nuestra pequeñez y fragilidad y lo hagamos desde ahí.

Clamar es abandonarse, fiarse de su amor. Ser capaz de descubrir que aunque las cosas no resultan como las pedimos solo Él sabe el por qué. Nosotros recibimos con gratitud y con alegría lo que se nos va presentando porque sabemos, en la certeza del amor de Dios, que todo ocurre para algo y dice san Pablo: “para bien”.

La intensidad de la oración, la sencillez de la súplica, la claridad del para qué, son cosas fundamentales en la experiencia del diálogo y del encuentro con Dios.

Ponernos delante de Él en situaciones límites, llenando el dolor, la tristeza, la preocupación y la necesidad, de confianza es ya anticipar su presencia y su ayuda.

Porque Dios llega siempre donde encuentra en lugar sencillo, humilde y abierto a su Espíritu Santo que es el que nos ayudará a salir vencedores con su luz.

En Jesús, Dios siempre nos habló de los pobres, los desnudos, los enfermos, los encarcelados, los sedientos, los niños y nos dijo que eran nuestra responsabilidad y que solamente los podríamos asumir cuando le amaramos a Él de todo corazón y con todo el ser. Porque solamente en el amor a Dios entenderemos el dolor y la miseria de los demás. En nosotros Dios viene y puede seguir viniendo en ayuda de tantas personas que lo necesitan.

Nosotros ponemos lo que tenemos, nuestras capacidades y hasta nuestra pobreza y abandono y Él llega con su fuerza, su riqueza y su poder a llenar lo que queda de espacio en el corazón para que nada nos falte. “Quien a Dios tiene nada le falta”

Pero ¿tenemos la paciencia, la templanza, la firme convicción en la fe que Dios está con nosotros? ¿Estamos lo suficientemente abandonados y despojados de todo para que Él sea desde ahora quien oriente la vida?

Todos esto significa una revisión profunda de nuestras aspiraciones y deseos; el cuestionamiento real de las necesidades. Ahora las cosas son para que todos salgamos adelante y victoriosos. Ahora todo lo que pedimos es para volverlo herramienta y mecanismo de amor. Ahora todo es para ser mejores y más coherentes con el cristianismo que decimos vivir o con el cristiano que decimos ser.

Aquí, en esta realidad, es luchar cuando lo necesitamos o levantar las manos cuando otros lo necesitan. Es permanecer fiel a las enseñanzas o hacerse presente a tiempo y a destiempo.

Aquí vivimos en la esperanza, no importa como salgan las cosas porque lo que cuenta es saber que hay un deseo en el corazón que es el que llena el mundo de sentido. Ese deseo se llama amor y va acompañado de solidaridad.

Hay que dejarse conducir por el Espíritu y renovar desde la fe la experiencia de Dios hecho hombre para los hombres, Dios dando la vida para salvarnos, Dios resucitando para acompañarnos eternamente.

Pedir sin desfallecer es aprender a dar sin cansarse. Dios que nos pide y nosotros que en lo que le damos se hace milagro y vida en medio del dolor, de la tristeza, la necesidad y la muerte.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd