Martes, diciembre 06, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: NOVIEMBRE 6 DE 2014.

Dios no es un negocio.

 

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que nos recrea en constante bondad y que nos invita a que más allá de los ritualismos y legalismos religiosos nos descubramos como presencia, templos de Dios para los demás, es decir lugares de acogida, de amor y de reconciliación.

El próximo domingo nos encontraremos con el texto del Evangelio de san Juan 2, 13-22. Texto conocido que nos narra la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús.

No era la primera vez que Jesús iba la templo, pero está vez seguramente sintió más indignación que las anteriores. Esos momentos y episodios que saturan y que te llevan a reaccionar de una manera que dice mucho lo que sientes en el corazón. Es la experiencia de tratar de defender la dignidad, el nombre, el acontecer del Padre Dios. El templo era el lugar, por excelencia, de la presencia de Dios. Era el lugar sagrado en el que se sentía, se podría experimentar la santidad, la grandeza de Dios. Y Jesús lo percibe como un lugar lleno de cosas, de ventas, de negocios, pero sin Dios. Había tanta cosa que ya Dios no cabía, se había perdido en medio de la mercancía, de las leyes, de las tradiciones, de las costumbres. El Dios vivo que alegraba la vida, que salvaba y que estaba presente en el pueblo como liberador, ente tanta cosa y tanta norma y tanto requisito y clasismo, había dejado de ser percibido y experimentado como tal. Por eso hay que sacar, expulsar. Es lo que hace Jesús.

Dios es más que un negocio; el lugar de Dios es permanente, es cada rostro, cada corazón. Por eso es que indigna a Jesús ver la casa de Dios convertida en un lugar de mercado, en la plaza desde la cual se jugaba con la fe de las personas y la fe acaba siendo dependiente de las cosas que se lleven, que se compran y venden.

Hoy en día muchas cosas se compran y venden para alcanzar favores de Dios. Reliquias, aceites, unciones, imposiciones de manos, sanaciones, liberaciones, exorcismos… Cada uno dependiendo la necesidad, la falta de fe, la ignorancia de las personas y sobre todo la falta de creer en el amor de Dios, compra lo que necesita porque hay pastores, sacerdotes y líderes religiosos que tienen un producto divino para cada necesidad. Estas cosas o realidades de nuevo deben expulsarse de los templos.

Dios no es negocio; la casa de Dios no es un negocio; la fe no es una compra venta. La religión no es un negocio. Con Dios nada se compra ni se vende. Dios está mucho más allá de nuestro deseo de poseer algún don o regalo de Él.

Dios que es bondad, generosidad, apertura, amor. Se convirtió en una cantidad de cosas, de objetos, de imágenes, de aceites, animales. Pero la verdad del Reino, del Evangelio, de Jesús es que a Dios no se le compra sino con el corazón. A Dios le mueve es aquello que nos perdone como perdonamos, que nos ame como amamos.

Lo que gana a Dios es un corazón capaz de abrirse, de respetar la diversidad, de dar lo mejor de sí, de amar por encima de cualquier prejuicio. Por eso a Dios se le lleva y se le entrega el corazón porque en él nos ofrendamos a nosotros mismos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd