Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: NOVIEMBRE 20 DE 2014.

Un corazón compasivo ve mucho más allá.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor nos llama a cambiar la mirada que podemos tener sobre los demás y a ser solidarios ante las injusticias del mundo ayudando a los más necesitados de amor y de compasión. Y este llamado se ha de hacer con mayor fuerza el próximo domingo que estaremos celebrando al fiesta de Cristo rey y el final del año litúrgico. Mt. 25, 31-46 sintetiza lo que debe ser la relación y el compromiso de cada uno frente a los otros.

Ver a los demás con los ojos de Dios, mirar a los demás con misericordia y con amor compasivo; ver a Jesús en los demás, implica hacer algo por las personas. Ver y no ver. Reconocer o no hacerlo. Hacer algo o no por los demás. Siempre serán decisiones del corazón. Siempre serán opciones que no deben buscar ni el reconocimiento ni la gratitud sino más bien deben expresar la grandeza del corazón.

Un corazón compasivo va mucho más allá de lo que la otra persona parece. No se es compasivo solo con quien tiene poder y autoridad sino que se debe ser compasivo con el humilde con aquel que no tiene cómo premiarte y ni a lo mejor cómo agradecerte.

Y es que cada vez que hicimos algo por alguien se lo hicimos a Jesús. Y es que ver más allá de la apariencia, ver más allá de la miseria, de la pobreza y del pecado del otro nos lleva a que hagamos algo, a que le salvemos y a que nos salvemos.

Y es que tenemos que cambiar la mirada, la manera de ver a los demás. Mirar desde el corazón. No siempre tiene que ser cómodo ser bueno. No podemos seguir jugando a ser buenos. No podemos ser buenos solo por pensar que así tendremos la heredad del Reino. Somos buenos por convicción, por esencia, por naturaleza, por origen. Somos buenos porque Dios nos habita, porque el corazón rebosa de amor y la bondad se traduce en obras, en acogida, visitas, servicios, generosidad. En otras palabras la bondad y las obras se juntan para rescatar al que está perdido, para alimentar al que tiene hambre, para dar de beber al que tiene sed… se juntan para darle a cada uno, a los demás, lo que necesitan para ser felices o al menos para no sufrir.

El juicio final nos presenta a Jesús compadecido de quien se compadeció con los que no contaban sino para el corazón. Jesús haciendo justicia, reclamando por aquellos que no supieron ser justos con lo que tenían. Jesús enseñando que en el débil, enfermo, pobre, pecador él también existe y también llamando a la solidaridad porque todos tenemos la posibilidad de hacer algo por alguien.

No hagamos las cosas por la apariencia o el nombre de quien lo necesita sino porque estamos plenamente convencidos que en cada ser humano nosotros también existimos por ser parte del misterio divino que nos cobija. Todos en el Padre siendo hijos y herederos de la gracia.

Nuestro mañana se forja desde ahora, la eternidad se construye desde las decisiones que vamos tomando día a día en favor de los más débiles, de los necesitados. El Reino que se vive se expresa hoy. Compasivos y misericordiosos como el Padre.

Que el día de mañana, ese día en el que tal vez nos convenzamos que Jesús camina en cada uno, sea él mismo el que nos diga: “Vengan a mi benditos de mi Padre”. Que el amor compasivo nos gaste para que perdiendo la vida la ganemos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd