Sábado, diciembre 03, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MAYO 28 DE 2015.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo que lleva los mejores deseos de paz y bien para el fin de semana que comenzamos y la acción de gracias a Dios por el mes que terminamos.
El próximo domingo estaremos celebrando la Santísima Trinidad. Ese misterio que el Padre nos fue develando para que nosotros lo descubriéramos y para que también, de alguna manera, aprendiéramos de Él a darnos procesualmente según las necesidades que la vida y que la historia nos van mostrando. No son facetas de Dios las que celebraremos, ni maneras de ser Dios; celebraremos lo que el mismo Dios en el amor va generando para la humanidad. Y es que la Trinidad es en relación con nosotros y con lo creado y no en relación con Él porque Él es Uno, en Él todos somos uno y todos seremos uno.

La Trinidad es el misterio de amor que se hace palpable, que se hace presencia, pero que sigue siendo el amor de Dios que crea, recrea, da vida; que nos habita, que se habita. Que siendo Uno se hace Trino y siendo Trino es Uno.

En el amor somos uno en Dios y con Dios. El amor que Dios nos tiene no nos anula, al contrario, es en ese amor de Dios que nos fundimos para ser desde el amor, fuente de amor.  Solo en Dios somos para los demás, amamos con amor incondicional a los demás y nos mantenemos como parte fundamental de la creación y del proyecto que en Jesús Él va realizando.

En Pentecostés terminamos el tiempo de Pascua. Fueron 50 días en los que nos adentramos con Jesús en la comprensión de las escrituras y nos dimos cuenta de la fidelidad de Dios. En Pascua escuchamos algunos de los acontecimientos de la Iglesia naciente y casi que cada domingo fuimos invitados por Jesús a permanecer en el amor que él nos tiene, amor que será nuestra alegría y nuestra paz y que también será la razón por la cual nosotros podamos dar la vida, como él por los demás, trabajar por el Reino y dar frutos. Ese amor que viene del Padre que ama a Jesús; amor que nos llega por Jesús que nos ama como el Padre le amó; amor que llega por nosotros a los demás que amando como Jesús nos ama nos ayuda a entender al prójimo en su debilidad, pobreza, sencillez y sobre todo en su realidad de pecado que solo puede ser redimida desde el amor misericordioso.

En Pentecostés descubrimos que la fuerza para salir del encierro y vencer los miedos; la palabra que nos hace falta para confortar a los demás, la valentía que necesitamos para confrontar la vida con el mundo… nos viene como un don del Padre que Jesús nos envía. Ahora somos hijos de Dios en Cristo que nos ha redimido; ahora somos fuertes en el Espíritu que se nos ha concedido y ahora somos presencia de Dios que es amor en cuanto habitados por Él al cumplir sus mandatos.

La Trinidad es amor, la Trinidad es nuestro proyecto de vida. La Trinidad se manifiesta en obras de amor, de donación, de salvación. La Trinidad nos habita; está como misterio de amor en el corazón y es Dios Trinidad el que nos hace capaces de ser comunidad, solidarios, hermanos. Llenos de Dios para salvar el mundo. Llenos de Dios para amar al mundo; llenos de Dios para hacer desde Él las obras que Él quiere.

Somos el fruto pleno del amor que Dios tiene y la expresión concreta, real, de cómo se puede amar por siempre y eternamente. Jesús está con nosotros hasta el fin del mundo. Dios nos habita, nosotros al recibir el Espíritu Santo habitamos en Dios. Nos hemos fundido en el mismo misterio del amor y ahora es Dios mismo quien quiere conducir nuestra vida hacia la plenitud, eso sí, respetando nuestra decisión personal. El Espíritu Santo es comunión, nos adentra en Dios, nos enriquece con lo que Dios mismo es. Somos rostro, expresión y persona de quien nos habita, de la realidad del corazón.

Dar a Dios, mostrar a Dios y luchar por un mundo nuevo que es lo que Dios quiere es ahora nuestra misión y la fuerza y la palabra brotan como un manantial de lo que hay en el corazón. Principio y fin de amor.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd