Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 12 DE 2015.

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único”

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien. Que el fin de semana que vamos a comenzar sea la oportunidad para reencontrarnos con el amor de Dios que hecho carne en Jesús nos invita a una vida nueva en la que el amor y la justicia sean los valores que hacen de la experiencia de Jesús un reino cargado de divinidad.

El texto de Juan 3, 14-21 nos acerca de una manera directa al sentido de la presencia de Jesús en medio de nosotros. Jesús es amor. Jesús congrega en sí un proyecto de amor que se llama salvación. Jesús es signo de reconciliación, el Padre Dios en Él, su Hijo, nos propone una nueva manera de ser y de estar en el mundo. Siendo de Él, volviendo a Él, el mundo será nuevo, diferente.

Jesús está ahí, levantado en lo alto. Jesús en la cruz reina y es fuente de vida. Él ha venido a darnos vida eterna. Todo el que crea tendrá la vida eterna. Jesús es una opción. Estamos libres para decidirnos o no por Jesús.

Jesús expresa el amor del Padre. “Tanto amó Dios al mundo…” y ese tanto lo es todo.

Dios tomó la decisión de salvarnos. Nuestras súplicas, el dolor, la injusticia. El desamor y todo lo que esto trae y que destruye la creación y todo lo que en ella existe han movido al Padre quien en su Hijo nos ha revelado todo el sentido y su querer amoroso. Dios quiere nuestra eternidad, la vida que vence la muerte y toda destrucción. Creer en Jesús es ya tener vida en abundancia ya que las cosas tienen otro horizonte y otro sabor.

Dios no está para condenar, Dios nos llena de posibilidades. Creer en Jesús implica un compromiso real y radical desde la fe. La vida no es igual con Jesús. Nuestros actos no son los mismos creyendo en Jesús. En Jesús hay otros valores y principios que mueven la vida. Desde Jesús los demás importan, perdonar es importante, dar y compartir dan plenitud. La pobreza y la confianza en el Padre pueden entenderse desde Jesús.

El que no cree ya lo tiene todo, no necesita de Dios, solo vive para sí y para este instante y poco a poco muere en sus ambiciones, miedos, egoísmos y sobre todo en la propia soledad. La vida para Jesús se convierte en una donación constante. La vida es lo más sagrado y debe irse muriendo con la alegría de darlo todo, de dejarlo todo. Por eso el que cree en Jesús ya tiene la vida eterna. Se ha entregado y ha dejado en Dios lo que podría impedir la entrega.

La decisión de salvarse o no es nuestra. La oferta de Dios existe, el camino del amor está por hacerse. En la cruz Jesús ha sido levantado y de Él dimana la fuerza que necesitamos para amar con un amor cargado de compromiso y de ternura.

La luz existe para iluminar y Cristo para salvarnos y para enseñarnos cómo vivir las relaciones de unos con otros. Cada uno elige si vivir en las tinieblas o si vivir en la condenación. No es por falta de amor que somos malos, es por cerrar el corazón a la experiencia de amor que nosotros nos condenamos. Dios nos exhorta al cambio, pone personas en nuestro camino y en la vida que nos aman y quieren siempre lo mejor. Dios es compasivo y nos mira con amor. Por eso no ahorra esfuerzos a la hora de salvarnos pero necesita nuestro si, la salvación es obra suya pero la conversión es nuestra tarea. Basta abrirnos al amor, acoger su palabra y aceptar a Jesús en el corazón.

Desde el amor, iluminados por la Palabra de Dios y guiados por Jesús el mundo tomará su rumbo.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd