Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JUNIO 12 DE 2104

Volver al corazón de Dios.

Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor y que como lo escribe san Pablo “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes (2Cor. 13, 13)

El próximo domingo estaremos celebrando al Solemnidad de las Santísima Trinidad y el texto del libro del Éxodo (34, 4b-6.8-9) evoca en mí no una reflexión de tipo teológico sino más bien espiritual porque al leerlo sentí la necesidad de subir, como el mismo Moisés aquella madrugada, al monte Sinaí a orar con el Señor.

Ponerse en las manos de Dios, pedirle a Dios que camine con el pueblo, con cada uno. Hacer un pacto, una alianza. Hacer unos compromisos para crecer como persona y para ayudar a crecer al pueblo como comunidad de fe, siento que es una obligación personal y comunitaria frente a un pueblo que experimenta la soledad, la guerra, la injusticia, la persecución. Un pueblo como el tuyo y como el mío. Un pueblo con el que nos debemos sentir responsables y con el que debemos comprometernos desde la propia vida, desde el propio testimonio de vida cristiana.

Que las cosas con Dios queden escritas, queden en tablas, queden como un recurso al que podemos recurrir cada vez que nos sintamos solos o extraviados.

La certeza de saber que Dios escucha, que Dios se abaja, que Dios se revela y llegar a entender que Él es compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel, nos tiene que dar mucha fuerza, alegría y paz en el corazón. Es un cambio de mentalidad, es saber que somos pueblo de alianza, pueblo que busca la justicia y la paz. Por eso desde la experiencia de Dios, la vida no es fallar, es intentarlo; no es pecar, es arrepentirse; no es irse, es regresar. La vida hay que vivirla con amor y con fidelidad.

La Trinidad me invita de manera especial a volver al corazón de Dios. Ya sin misterios. Dios se ha entregado, se ha revelado. Vive en nosotros, nos habita, nos plenifica en su amor. Dios de pactos, de alianzas, de entregas. Dios que nos muestra que se compromete con su pueblo, con tu historia y con la mía. Pero hay que subir al monte (lugar de encuentro y de revelación, de manifestación) Hay que llevarle el proyecto de vida, de ser humano, de pueblo. Hay que renovar la entrega y con sencillez y humildad pedirle que no nos abandone, que nos tome como su heredad, su propiedad.

Así, cuando soy de pacto, de palabra, de alianza. Cuando trabajo por la perfección, cuando vivo en paz y armonía; cuando le cumplo a Dios la palabra dada siento que Él está conmigo. Y esa alegría no la cambio, no la negocio. La alegría es la paga, íntima al corazón, de la bondad y del bien. El reino en mí, heredero de la tierra, del cielo. Poder ver a Dios porque el corazón se tiene limpio es la mejor paga porque el fin de cuentas soy eternidad y nos habitamos eternamente.

La Trinidad es un misterio para vivirlo, para fundirse en Él. La Trinidad es un misterio de amor para amar. Dios en cada momento y en cada proceso de nuestra vida se hace presente bien Él mismo como el Padre del amor y de la misericordia; bien en el Hijo en cada momento que necesitamos un referente de vida, cada vez que tenemos hambre o sed y en cada persona que reclama una experiencia de Dios o bien en el Espíritu Santo cada vez que necesitamos la fuerzas y la luz para no desfallecer, para no sentir que el miedo nos aniquila. El misterio de la Trinidad es vivo, se hace presente en cada corazón, en cada sacramento y de manera especial en el Bautismo dando vida y en la Eucaristía conservando la vida y dando la eternidad.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd