Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JULIO 11 DE 2013.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Para cada uno muchas bendiciones y sobre todo el deseo de la paz que transforma las realidades que vivimos en esperanza. La paz nos da la claridad que necesitamos para tomar decisiones porque la paz es un don de Dios que cada uno debe descubrir en su propio interior. La paz nos pertenece. Es propia de quien está sumergido en el amor de Dios.

El próximo domingo la liturgia de la Palabra nos habla del amor al prójimo. En el Evangelio nos encontraremos con la parábola del buen samaritano en que Jesús trata de explicar quién es el prójimo y en qué consiste el amar. (Lc. 10, 1-12. 17-20)

Un pasaje bastante conocido en el que hemos podido experimentar, en muchos momentos de la vida, las dos situaciones. La primera el estar “tirados”; el haber sido despojados; el estar en el lugar en el que todos nos ven pero nadie nos ve; el estar necesitando de la ayuda, de la compasión de alguien; en el lugar de los que suplican que por favor alguien se detenga y ayude. En el lugar de los asaltados, de los que se sienten robados en lo material y a los que han dejado sin razones para vivir, para amar, para darse. En el lugar de tantos y tantos desilusionados y desencantados de la vida, del amor, de la entrega.

Pero también y de esto estoy seguro, hemos estado en la segunda situación: la de los que pasan de largo, de aquellos que las prisas, las obligaciones, el mucho qué hacer, nos impide que nos detengamos ante quien está ahí, en el camino, a nuestro paso. Y con esto no niego que hayamos sido “samaritanos” en muchos momentos pero lo que quiero hacer caer en cuenta es que uno es “buen samaritano” y lo es siempre y no en determinados momentos o con determinadas personas, sobre todo cuando la persona conviene a nuestros intereses. Muchos en el ayudar a los demás solo se buscan a sí mismos y solo pretenden la satisfacción de sus planes egoístas.

La parábola del buen Samaritano nos habla de detenernos; pararnos frente al que sufre, sacar un poco de tiempo para darse cuenta del dolor, del abandono, de la tristeza del otro; de aquel que no estando lejos ya muchos no ven, del que no escuchamos así grite del dolor.

La invitación es a amar al prójimo, a que la otra persona nos importe. Un no seguir de largo ante el dolor o abandono de nuestros hermanos. Es al “otro” al que tenemos que amar. El “otro” es mi prójimo y ante el cual me debo detener.

Hay que hacer lo mismo que hizo el samaritano:

No hay preguntas, no hay reclamos. Hay amor.

Un gran deseo de ayudar y de servir. Detenerse. No hay que saberse los mandamientos, hay que dejarse llevar del corazón cuando está lleno de amor. ¡Llena de Dios tu corazón, llenarlo de amor y haz tú lo mismo!

La parábola no nos dice que las otras personas no amaran o tuvieran en su corazón el amor. Ellos, que también somos nosotros, seguramente ayudan solo a los cercanos y conocidos porque les aman, porque les amamos. Pero hay que cambiar la mentalidad, convertirnos. Porque amamos, porque en el corazón hay amor, podemos ayudar a todos, incluyendo a los desconocidos. Todo existe en mi amor, todo está en mi corazón.

Mi corazón es el centro, el motor de mis comportamientos por eso tan importante llenarlo de amor, de humanismo, de sensibilidad. En una palabra que tu corazón no se ensucie ni se manche para que pueda amar. Los limpios de corazón aman a Dios. Los que aman reciben una medida generosa y rebosante. A quien mucho ama mucho se le perdona.

No podemos seguir por la vida pasando como si los demás no existieran. Preocupémonos cuando nuestra preocupación sea “dios” y no los hombres, cuando nuestro temor sea fallarle a “dios” y no a los otros. Y nos debemos preocupar porque tenemos un “dios” que no existe. Dios tiene que ver con lo humano, con lo creado, contigo y conmigo. Con mi amigo y enemigo, con quien conozco y con quién no. Dios es de todos, Padre de todos. “Quien ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” y “porque cada vez que no lo hicisteis a uno de estos mis pequeños hermanos a mí me lo dejasteis de hacer”

Dios es real, palpable, más cercano del ser humano que del culto. No podemos vivir lejos de Dios, pasar de largo. Ante nuestro hermano hay que detenerse, al hermano hay que amar y perdonar y pedir perdón y luego sí que podremos ir al culto, podremos hacer la ofrenda podremos decir “Señor Señor” porque le hemos reconocido, le hemos amado y le hemos perdonado en el hermano.

Amar es también saber que Dios está en todo y en todos. Y que los demás nos duelan como le dolemos a Dios, como le duele a la madre el hijo. “Seamos compasivos como el Padre es compasivo”

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd