Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: DICIEMBRE 11 DE 2014.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que viene a llenar el corazón de alegría, la angustia de esperanza y el pecado de amor y de misericordia.

 

“Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan” (Jn.1, 6) Así recordaban los primeros cristianos a san Juan Bautista. Lo recordaban con su nombre, había dejado huella entre los que le conocieron. Lo recordaban por su misión, por su manera de vivir, por su verdad, por su manera de vestir y sabían que era enviado por Dios. Sabían que era grande, que era el mensajero, que venía a preparar el camino. Sabían que era una instancia, un momento, en el acontecer histórico de Dios.

Juan dejó huellas aunque caminaba en el desierto. Juan clamó y su clamor fue escuchado por el pueblo sencillo que se hizo bautizar y así, con un bautismo de conversión, se preparó todo para recibir el Mesías. Juan cumplió su misión, se entregó por entero a la verdad.

Juan sabía que el protagonista era otro, que Jesús era el Señor y sabiéndolo lo reconoció, él también, de alguna manera, cambió su mentalidad y acabó entendiendo que Jesús era el Cordero que quitaba el pecado del mundo.

Juan sabía y entendía que él no era la luz pero disipaba las tinieblas invitando a la conversión y perdonando pecados. Era testigo de que había luz en medio de la oscuridad, que la luz debía ser acogida. Juan era responsable de presentar a Jesús públicamente en el momento del bautismo cuando una voz del cielo ratifica esta verdad. Juan es grande pero sabe empequeñecerse ante Dios. Juan es voz que grita en el desierto pero sabe callar para que hable Jesús. Juan es el más grande nacido entre los hombres pero sabe disminuir y dar la vida por el que es la verdad y bautiza con el fuego del Espíritu.

Juan es una voz, insinuante; una voz que clama y que señala la verdad. Es la voz que abre camino y convence de Dios y de la importancia de ser recibido. Está convencido que vale la pena preparar al camino y disponer el corazón para Dios.

Es una voz cierta. Es la voz que clama conversión y que invita a prepararse totalmente, enderezar los caminos al Señor. Ya el Señor está presente y es desconocido por los fariseos y sus seguidores. Y nos puede pasar también a nosotros que sabemos de Dios y no somos capaces de reconocerlo. Dios necesita el encanto, la sencillez y la limpieza del corazón para ser visto. Verán a Dios los que tienen un corazón limpio, nos lo dice el mismo Jesús.

Juan sabe que para conocer al Señor, para reconocer su grandeza y dignidad hay que prepararse interiormente, hay que disponer el corazón y derrumbar montañas, quitar obstáculos, allanar los caminos. Hay que aprender a dejarse sorprender por Dios que tiene sus tiempos, sus momentos y sus maneras. Dios viene en su Hijo. El Hijo viene a mostrarnos el rostro del Dios amor.

La voz de Juan es una voz que debe resonar en lo más profundo del ser. ¿Cómo he de preparar el camino al Señor, qué allanar, qué cambiar? Ya llega el Señor, ya está entre nosotros pero hay cosas que no nos permiten verle ni conocerle. La voz que clama en el desierto debemos tomarla más en serio y así también nosotros, con una actitud nueva, con unas relaciones nuevas, con una conversión de corazón podremos anunciar y contar al mundo que la Luz ha llegado, que las tinieblas pueden disiparse, que la paz es posible.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd