Sábado, diciembre 10, 2016

MIS INGRATITUDES

MIS INGRATITUDES PARA CON LA VIRGEN SANTÍSIMA

Maria

Habiendo sido yo tan favorecido por la Reina del cielo, pues sin merecimiento alguno de mi parte había recibido desde mi infancia gracias tan preciosas y se­ñaladas como las que se han referido antes, debía más que nadie haberme aprovechado desde temprano en la virtud y resplandecer por todo linaje de buenas obras; y sin embargo, no ha sido así, sino muy al contrario, he sido la criatura más ingrata para con mi Dios y el siervo más desconocido y rebelde para con la Virgen Santí­sima.

 

Si durante mi infancia y adolescencia procuré ser­virla, al entrar en la edad peligrosa de la juventud me olvidé de los Sagrados compromisos que había contraído con la Santísima Virgen y, durante algunos años, fui muy remiso en la frecuencia de los Sacramentos y otras prác­ticas de piedad, lo que me hizo caer en lamentables ex­travíos y me puso al borde del abismo de la perdición eterna. Debo, sin embargo, decir que no fue esto de ma­nera que me olvidara completamente de Dios, ni de va­rias prácticas de devoción a la Virgen Santísima; tampoco he dejado jamás ni un solo año de mi vida, de cumplir el precepto de la Comunión pascual.

Pero cuando iba yo, como nuevo o pródigo, alejándo­me más y más de la casa paterna, la Virgen Santísima, el Refugio de Pecadores, seguía mis pasos con solicitud maternal y velaba por mí. Por entonces tuve dos percances amargos en que se vio seriamente comprometida mi vida: caí una vez de un caballo y, por poco, no muero bajo los cascos de la bestia; en otra ocasión un ebrio me acometió con revólver en mano, intentando disparar sobre mí, pero la Providencia le contuvo para que no hiciera un atentado. Unido esto a muchas y extraordinarias tribulaciones de familia, fue estímulo poderoso para arrancarme del mundo, haciéndome pensar seriamente en la vanidad de las cosas de aquí abajo.

Pero aún en medio de mis extravíos no olvidé jamás a mi dulcísima Madre; sus siete Dolores estaban fre­cuentemente en mi memoria y ningún día de mi vida he dejado voluntariamente y recordándolo, de rezar siete Ave Marías en honra de este misterio. Otra devoción que era también mi consuelo en medio de las aflicciones de entonces, era el rezo del Oficio Parvo de la Santísima Virgen. Esta Madre amabilísima se movió a com­pasión al ver mi profunda miseria y con su mano poderosa me sacó del abismo de tantas culpas y me puso en puerto seguro y al amparo de su protección. Verdaderamente esta Virgen Inmaculada es el refugio de los pecadores.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com