Viernes, diciembre 02, 2016

HOMILÍA PARA EL 21 DE JULIO DE 2013

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
VICEPROVINCIA DE OBLATOS EN COLOMBIA
HOMILÍA PARA EL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C
Gn 18,1-10; Sal 14, Col 1,24-28; Lc 10, 38-42

Estimados hermanos y hermanas en la oblatividad.

La Palabra del Señor en esta ocasión nos sitúa en cuatro reflexiones nacidas de la meditación del evangelio de hoy, nos referimos en primer lugar a la idea de “Jesús entrando en un pueblo”,  en segunda instancia a la acción gozosa de “escuchar su Palabra” por parte de María, la hermana de Marta; luego a la imagen de la mujer postrada a los pies del Señor y finalmente a la importancia de reconocer lo esencial en medio de lo accesorio de la vida.

En lo atinente al primer asunto, podemos decir que a lo largo de las Sagradas Escrituras hemos visto al Señor entrando en muchos pueblos y ciudades, obteniendo como respuesta entusiastas acogidas pero también vacilaciones en la fe, rechazos y por lo tanto puertas conscientemente trancadas a su visita llena de amor y misericordia; y en medio de estas situaciones, el Señor Jesús nunca se cansó de visitar a su pueblo así como lo hacía Dios en la etapa veterotestamentaria de la salvación.

LA ENTRADA de Jesús a los pueblos y más que a los pueblos a la vida de sus moradores, significó siempre salvación, pues les llevaba la buena nueva del Reino de los cielos, entendida ésta como el YA de la presencia de Dios en medio de sus vidas; significó gozo para los corazones entristecidos por el peso de la ley y de la cultura, llena de prácticas deshumanizantes y carentes de la vivencia del primer y único mandamiento predicado por el Hijo de Dios hasta los límites de la cruz; su entrada fue sinónimo de salud para los enfermos, Jesús los veía al borde de los caminos y sentados en las plazas, y con su mirada llena de compasión y con sus gestos amorosos, los incorporaba de su postración y les decía: “La fe les ha devuelto la salud”; en una palabra, la entrada de Jesús en la vida de la muchedumbre, fue signo claro de perdón, de inclusión y de resurrección; en tal sentido, hoy nos queda a nosotros, abrir las puertas de nuestra vida y de nuestras familias, así como de nuestros trabajos para posibilitar la entrada salvífica del Señor; nos queda también pedirle perdón porque en muchas oportunidades lo hemos rechazado, su presencia en nuestros contextos cotidianos nos ha resultado incómoda  y hasta nos ha estorbado, y en virtud de esto, movidos ahora por su Palabra, digamos en silencio: “Señor no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

En segunda instancia, ESCUCHAR sus enseñanzas a imagen de María la hermana de Marta, es una de las actitudes más importantes que debe ser replicada en la vida de todos los creyentes, pues significa apertura, es signo de vida y además se debe entender como la puesta en marcha de aquél que amando a Dios quiere conocerlo más.
Una de las dificultades que estamos llamados a vencer es precisamente la pobre capacidad de escucha que tenemos los cristianos, escuchamos  muchas voces, mientras la voz del Señor se pierde; hablamos demasiado de lo que sabemos y de lo que no sabemos y en medio de esta práctica, la escucha es nula; nos encanta el ruido del mundo en el que estamos envueltos y del cual somos parte, mientras la voz de Dios se esfuma en el silencio; damos consejos al mundo entero y opinamos de muchos temas a la vez, pero la voz del Señor no tiene eco en aquél que hablando no puede callar; nutrimos nuestra mente con charlas de motivación y con bellas y significativas enseñanzas, mientras nuestro corazón semejante a un desierto implora el agua de la Palabra de Dios para poder vivir; en tal sentido es importante sumarle a nuestra vida cristiana la capacidad de escucha consciente a todo aquello que Dios nos manifiesta, callar un poco para escuchar su voz, y reconocer que es necesario identificar sus mociones en el silencio de las personas y en el paso sereno y a veces agitado de los signos de los tiempos. No escuchar al Señor, es creernos amos y señores de nuestro propio orgullo, que no nos deja reconocer la valía de las palabras de vida eterna salidas de los labios de Jesús.

En tercer lugar, LA POSTRACIÓN de María a los pies del Señor, es la manifestación clara del reconocimiento de lo divino, se trata de una verdadera profesión de fe que está afirmando a gritos: “Tu eres el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador”, lo cual nos lleva a la comprensión valiosa de entender que mientras no doblemos nuestras rodillas  ante el Señor  - entendido este gesto como la identificación de nuestra condición como criaturas -  nunca podremos reconocerlo como tal, es decir como el dueño de la vida, como el principio y el fin de todo cuanto existe, como el sentido de la vida cristiana y esencialmente como el Hijo de Dios que un día nos dio vida nueva en el ara de la cruz.

Así como los enfermos se postraban a los pies del Señor hace dos mil años, esperando sanación, consuelo y amor, también María, la hermana de Marta, esperaba del Señor estos dones, regalos que también nosotros  necesitamos y de los cuales no podemos prescindir,  ¿qué más grande que sentirnos amados, sanados y consolados por Jesús?

Reconociéndonos hombres y mujeres, más no ángeles, postrémonos ante el Señor a Diario, diciéndole, te encomendamos esta jornada de estudio y de trabajo, bendice a nuestra familia,  ilumina nuestros pasos y no te apartes jamás de nuestro lado.

Frente al último tema podemos decir que LO ESENCIAL en la vida del cristiano es escuchar a Dios, conocerlo, amarlo y seguirlo, todo lo demás es accidental; muchas cosas son importantes para nosotros claro que sí, pero ninguna esencial como amar a Dios; nuestra familia es importante pero el amor que se le profesa al Señor es superior; nuestro trabajo y nuestros éxitos y aún la fama son importantes, pero no se pueden comparar con lo esencial que es seguir a Jesucristo; el logro de grandes empresas, retos y metas nos causan inmensas alegrías, pero la felicidad plena sólo la encontramos ante la presencia del Señor.

Tener la vida asegurada, contar con muchos bienes y tesoros pasajeros es importante, haberse sacrificado a lo largo de tantos años trabajando sin fatiga para construir una vida promisoria es meritorio, escribir libros u homilías, ser prolíficos  en el campo de la investigación, aportarle al mundo en el campo de las ciencias, es algo excelso y hasta causa vanidad, pero vivir junto a Jesús en la eucaristía, reconocerlo como amigo y como hermano, es lo que le da al corazón humano reposo, sosiego y felicidad continuos.

A Nuestra Madre del Cielo, la Virgen María supliquémosle que nos de la capacidad para dejarnos permear por la palabra que hemos meditado hoy y que con un corazón abierto nos dispongamos a reconocer a Jesús como nuestro mayor tesoro.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos