Jueves, diciembre 08, 2016

HOMILÍA PARA EL 16 DE JUNIO DE 2013

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTISIMOS DE JESÚS Y MARÍA
VICEPROVINCIA DE OBLATOS EN COLOMBIA “JULIO MARÍA MATOVELLE”
HOMILÍA PARA EL XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C.
2Sam 12,7-10-13; Sal 31; Ga 2,16.19-21; Lc 7, 36-8, 3

En esta oportunidad y centrando nuestra atención en el evangelio, encontramos que en la versión de San Lucas, por tres veces Jesús se encuentra alrededor de la mesa en la casa de algunos fariseos (7,36; 11,37 y 14;1), situación que nos lleva a considerar a un Jesús, como un hombre con una mentalidad abierta pero fiel a sus convicciones a la hora de enfrentarse con los adoradores de la ley; nos encontramos con la imagen de un Jesús que cumple lo anunciado en otra página del evangelio: “los sanos no necesitan médico, en cambio los enfermos sí”. (Mt 9, 12).

Se trata de un Jesús que se enfrenta al mal para vencerlo, que se acerca a la humanidad de todos nosotros para llenarnos con su presencia y para iluminarnos con su luz; que se aproxima a nuestra realidad vital no para condenarnos sino para absolvernos, corresponde este Jesús al Hijo de Dios misericordioso que no excluye de su amor al pecador sino que con su gracia lo redime invitándolo a la corrección; en esta escena contemplamos a un Jesús muy  cercano a la miseria humana, inmensamente compasivo y presto al perdón y a la redención, amigo de los publicanos y de los recaudadores de impuestos, y en esta escena próximo a los fariseos; todo esto suscitaba inconformidad entre ellos mismos y terminaban pensando en deshacerse de Jesús porque su presencia era signo de contradicción.

En este sentido es importante  mencionar una primera conclusión: Siendo nosotros hombres y mujeres de este mundo, en ocasiones orgullosos y autosuficientes como los fariseos, pero al mismo tiempo ávidos de Dios, dejemos que el señor Jesús se acerque a nuestra vida para que transforme nuestra mentalidad y nuestra manera de ver el mundo y las circunstancias de quienes nos rodean; permitamos que Jesús entre a nuestra casa como lo hizo en la casa de los fariseos; dejemos que su acceso a la casa de nuestra propia existencia sea real y significativa, reconozcamos que es necesario retirar las fuertes trancas que le hemos puesto a las puertas de nuestra corazón y que impide su actuar misericordioso; permitamos que Jesús cene con nosotros y que cada vez que comamos su cuerpo y bebamos su sangre, que podamos decir: “Señor no soy  signo de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme”. (Mt 8,5-11). Que la actitud de nosotros para con Dios sea de gratitud por quedarse en medio de nosotros no obstante nuestra pequeñez.

En segunda instancia es importante enaltecer el protagonismo de la mujer en el evangelio de hoy,  de manera especial cuando descubrimos que la intencionalidad del autor sagrado es mostrar a un Jesús que confiere  dignidad y un papel nuevos a la mujer no sólo porque le otorga el derecho a conocer la “buena noticia del reino de Dios” sino también porque la hace  participe  en el ministerio pastoral, no en vano  los evangelios nos presentan a las mujeres como las primeras en llevar a los apóstoles la noticia de la resurrección.

Contemplar a la mujer arrodillada a los pies del Señor es la manifestación de la adoración que le debe rendir la humanidad toda al Hijo de Dios y siguiendo esta lógica podemos considerar que los perfumes y las lágrimas con que la mujer enjugaba los pies del Señor no son otra cosa sino la representación de las buenas obras y de los buenos sentimientos con que debemos exaltar la presencia de Jesús en el banquete de la Eucaristía.

A manera de segunda conclusión supliquémosle a María Santísima que a ejemplo de las mujeres del evangelio de hoy, podamos nosotros reconocer la presencia del Señor, adorar su nombre y darlo a conocer.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos