Viernes, diciembre 09, 2016

BOLETIN FORMATIVO PADRE MISAEL CASTILLO LEON. EQUIPO DE FORMACION OBLATO. (EFO). No 6. 2012.

CONGREGACION DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
BOLETÍN FORMATIVO P. MISAEL CASTILLO. o.cc.ss. BOLETÍN 6. 2012.
A PROPÓSITO DEL AÑO DE LA FE

Estimados hermanos en la oblatividad:
Sea esta la oportunidad para saludarlos y animarlos en la vivencia del Carisma Fundacional que Nuestro Padre el Venerable Padre Julio María Matovelle nos dejó como herencia y legado que nos hace grandes en medio de la Iglesia.

Ad portas de la inauguración del año de la fe , creo conveniente desde la Vicaría General, invitar a todos a profundizar en el concepto de fe y por supuesto en las consecuencias que genera en nuestra vida decir que somos hombres de fe.

Como es obvio las definiciones acerca del concepto fe son innumerables, pero quisiera hacer eco de la siguiente con el ánimo de centrar la temática: “la fe es la adhesión incondicional a Jesucristo”, lo cual nos lleva a pensar que fe es sinónimo de comunión y de unidad con el Señor proyectada a los hermanos, concepción ésta que dista mucho de la fe entendida como la capacidad del creyente para creer en lo que no ve y esperar en lo que ha de venir; en tal sentido, ser consagrados, ser hombres de fe, significaría ser uno con el Padre, considerarnos llamados por el mismo Dios y bajo tal responsabilidad sabernos instrumentos suyos, sagrarios y templos de su propiedad.
En nuestra Congregación vivir el año de la fe debe convertirse en un reto renovador de nuestra vida consagrada a la cual no nos es permitido privarla de la acción de Dios, pues de lo que se trata es de dejar a Dios ser en Dios en nuestra vida oblata.

Bajo el concepto de fe que venimos tratando es fundamental entender que el oblato como hombre de fe asume retos y riesgos, hace de su carisma una aventura que lo conduce a la felicidad, propone soluciones en medio de las dificultades; lee la realidad con criterio y racionalidad sin dogmatismos de ninguna índole; genera expectativas a la Institución y le marca nuevos horizontes, su presencia es significativa y concurso valioso, en una palabra el oblato como hombre de fe se ha de convertir en un hombre de Dios.
Animo a todos los Oblatos a adherir sus vidas a la vida del crucificado.

LA APORTACIÓN APOSTÓLICA DE LA VIDA CONSAGRADA AL MUNDO DE HOY.
El apostolado permite que los consagrados estén más cercanos, por ciertos versos, a los laicos de los clérigos. Al igual que los laicos están llamados a transformar el mundo a partir de la obra de Dios, ya activa en la historia, los consagrados están llamados a agrandar el Reino. Los clérigos no se preocupan tanto por el cuidado de la comunidad cristiana, sino que le piden la primacía del Reino de Dios, la vocación de servicio al hombre y al Reino de la comunidad Eclesial. Pero si los laicos están llamados a promover las realidades temporales a través de una unión muy concreta a situaciones (de familia, trabajo, relaciones y sentimientos, tareas concretas en un territorio, etc.), los consagrados lanzan señales radicales, hacen especialmente visible el Reino. Su plena disponibilidad, la dimensión de la universalidad, su libertad, la dinámica de encarnación profunda y, por otra parte, la capacidad de separación y de utilizar medios de vanguardia junto con la capacidad de mantenerse separados de ellos, la posibilidad de involucrarse radicalmente en las relaciones a la vez que se mantiene la relación con Dios como la única esencial, son las características básica del tamaño y de la complementariedad del apostolado de los consagrados con respecto al de los laicos y al de los clérigos. La colaboración con los laicos es especialmente importante y debe ser la señal de la corresponsabilidad y de la complementariedad. Los laicos aportan el arraigo de la continuidad en el territorio, ayudan a mantener viva la perspectiva del origen de lo humano, a la vez que ayudan a que el campo apostólico no se reduzca al de una institución.

La colaboración con el clero diocesano tiene que estar presente en la señal de corresponsabilidad y complementariedad, sin dejarse seducir por horizontes en el interior de la Iglesia y atestiguando un proceso de construcción de la Iglesia a partir de las señales de Reino. La presencia apostólica de los consagrados se encuentra pues en la frontera. Se encuentran en cierto modo en la frontera o en la tensión entre Reino e Iglesia, en el cruce entre las huellas de la verdadera humanidad y la proclamación del Evangelio, la transformación del mundo y la llamada a la primacía de Dios. En este sentido, la vida consagrada le abre nuevas fronteras de apostolado y nuevos caminos a la misión de la Iglesia. Siempre ha sido así y debe seguir siéndolo, en un tiempo de cambios de época. Si la nueva evangelización significa también tener la fuerza de adecuarse a los nuevos desafíos y experimentar nuevas vías, los consagrados se encuentran en la primera fila de la nueva evangelización.

Pueden seguir abriendo caminos en muchos ámbitos tales como la cultura, justicia, las migraciones, educación, medios de comunicación, paz, ecumenismo o diálogo inter-religioso. Los consagrados pueden contribuir fuertemente a que emerja la pregunta de la espiritualidad y la necesidad de trascendencia que todos los hombres llevan en sí. Pueden contribuir particularmente a que emerja la pregunta sobre Dios a partir de las situaciones y problemas de la vida. Todo esto concuerda perfectamente con quien es testimonio de la primacía de Dios y, a la vez y precisamente por eso sabe vivir lo humano en la verdad. Los consagrados pueden dar una gran respuesta a la necesidad de acompañamiento, de saber discernir, de abrirse dentro de la verdad para reconocer la presencia de Dios, de aprender a reconocer lo verdadero, lo bueno y lo bello. Son necesidades e instancias que marcan el camino del hombre de nuestros días. Los consagrados pueden realizar una gran aportación para que se mantenga vivo el sentido de lo esencial, en un mundo globalizado y complejo, lleno de recursos, pero que tiene el peligro de perder de vista lo que de verdad es importante. Una dirección que no se debe descuidar es la de las relaciones humanas. Los consagrados, que viven en fraternidad, deberían dar prueba de la posibilidad de relaciones humanas caracterizadas por la acogida, la colaboración, el diálogo y la paz. La promoción de una fraternidad real, algo que es para nosotros un gran reto en el seno de los Institutos, es la condición y la habilitación para ser promotores de la verdad de las relaciones humanas en los distintos ámbitos apostólicos. Las experiencias apostólicas resultan cada vez más significativas en nuestros días para la calidad y la verdad de las relaciones. La propia idea de misión, de apostolado o de pastoral, que antes evocaba más la realización de obras, actividades o los hechos en sí, hoy en día, sin restarles importancia a las otras dimensiones, evoca cada vez más al horizonte relacionado con los hechos. Nuestro mundo de la comunicación, aunque paradójicamente también del obstáculo de la comunicación, de las relaciones fáciles pero junto a la incapacidad de las relaciones verdaderas, está esperando un testimonio sobre esto. Las acciones apostólicas se manifiestan como verdaderas si han atravesado la fraternidad y la comunión y si se sitúan, como ya hemos dicho, en un testimonio en el que el ser esté realmente implicado y, mientras da, también recibe de los demás y de Dios. El apostolado se convierte en un lugar de encuentros verdaderos, de testimonio y de crecimiento para todos, un lugar en el que Dios está realmente en la obra.

La aportación de la vida consagrada, tal y como se ve, llega hasta lo más profundo es una aportación que implica la fidelidad de la vida consagrada en sí misma. Fidelidad a la vocación y al carisma y la asunción de los nuevos retos se implica profundamente.
Es el testimonio propio del consagrado que, en el fondo, es obligatorio. En este sentido, el desafío y la posibilidad de aportar algo implica a todos los consagrados y a todos los Institutos, no sólo los de vida religiosa apostólica o Institutos seculares y las sociedades de vida apostólica. El monje, el consagrado dedicado a la contemplación y el ermitaño dan testimonio de la primacía de Dios y la manera más justa y más verdadera de vivir el mundo: como criaturas, dentro del agradecimiento, de la gratitud que es Dios que trabaja y nos transforma, en la disponibilidad continua para la conversión y para abrir paso a Dios. Su aportación es fundamental, paradójicamente, porque no está nublado por las preocupaciones pastorales. Todo esto supone una llamada para todos los demás consagrados y para todos los cristianos. La nueva evangelización, por otra parte y tal como se ha dicho ya, significa volver a dar calidad y sentido a la misión de siempre de la Iglesia. Los desafíos de nuestra época nos vuelven a conducir al desafío de una evangelización situada en el testimonio y en la evangelización de uno mismo. Desafío de nuestros días, pero a la vez, desafío de siempre. (Tomado de Omnis Terra. No 417. Año XLIV. 2012.)

ORACIÓN PARA EL ENCUENTRO DE SACERDOTES JÓVENES CELEBRADO EN SHALOM DEL 10 AL 12 DE OCTUBRE
Dios Todopoderoso y eterno, Tú que por tu infinita generosidad en un momento concreto de la historia nos llamaste al ministerio sacerdotal en nuestra Congregación de Misioneros Oblatos, haz que bajo la presencia oblativa de tu Hijo Jesucristo y con la asistencia del Espíritu Santo, renovemos todos los días y de manera especial en este encuentro, el firme deseo de ser testigos de tu amor en el mundo en fidelidad a ti y a tu Palabra. Que como signos vivos de tu actuar en la historia, seamos pregoneros del respeto por la dignidad humana, comprensivos y tolerantes en medio de las diferencias, hombres llenos de esperanza en la construcción cotidiana de nuestra Congregación, y sacerdotes santos a ejemplo de nuestro insigne fundador el P. Julio María Matovelle. Corazón inmaculado de María, que dijiste el SÍ más grande y maravilloso de todos los tiempos a la voluntad del creador, haz que sepamos caminar con docilidad por las sendas de la caridad y el sacrificio, para que un día, gratos a tu ojos, podamos gozar con tu Hijo amado del triunfo glorioso de su resurrección. Amén. (Padre Nuestro...Ave María y Gloria)