Vamos a preparar el camino del Señor. Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que llega a nuestras vidas con un mensaje: Dios nos ama […]
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viernes, julio 03, 2020

PARA EL FIN DE SEMANA: DICIEMBRE 3 DE 2015.

Vamos a preparar el camino del Señor.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que llega a nuestras vidas con un mensaje: Dios nos ama y su amor será el único que transformará nuestras vidas en cuanto nos hace capaces de amarnos unos a otros.
Dios acontece en nuestra realidad, en nuestra historia, en la normalidad de la vida y bajo los parámetros en los que todos o casi todos estamos viviendo. A Dios le importa la creación, el mundo y de manera especial, el ser humano. Le importamos a Dios y Él seguirá haciendo todo para que la creación llegue a su plenitud. Y lo hará con nosotros y desde nosotros.
El próximo domingo nos encontraremos con la figura de Juan Bautista, escogido, elegido y destinado por Dios a ser el precursor del Mesías. Juan tiene una tarea concreta: preparar los caminos del Señor. Y como inicio predica un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Hay que recibir a Jesús disponiendo el corazón y la vida; hay que abrir un lugar a Dios en lo más íntimo. Hay que volver al buen camino. (Cfr. Lc. 3, 1-6)
Vino la Palabra de Dios a Juan y éste comenzó el anuncio. No se queda en el desierto sino que por el contrario sale por las comarcas del Jordán. Dios quiere que Jesús sea bienvenido y por eso le prepara, en Juan, el camino. Y la invitación es a la penitencia, al arrepentimiento, a derrumbar muros, montañas, allanar los caminos para que podamos contemplar la salvación de Dios. Y es que como dice una bienaventuranza “los de corazón limpio verán a Dios”.
Seguramente tú y yo tenemos que disponer también la vida para recibir a Dios, al menos debemos tener el propósito de cambiar, de alejarnos de todo aquello que nos hace daño y comenzar a derrumbar los muros, a quitar los obstáculos que nos impiden gozarnos de la experiencia salvadora del amor de Dios. Vamos a sumergirnos en un bautismo de penitencia, es decir, vamos a tomarnos en serio la invitación a cambiar; Dios nos perdona, viene el que nos reconcilia. Dios quiere que nos dispongamos y el que es la salvación de Dios llegará para darnos la fuerza que necesitamos para el cambio.
Dios ha venido y seguirá viniendo pero habitará en los corazones que dispuestos se abren a su amor porque solamente desde el amor el proyecto del Reino, el Evangelio, Jesús, se harán realidad en medio del mundo. Nos ha pasado que en momentos especiales de nuestra vida en los que le abrimos el corazón a Dios comenzamos a mirar a los demás de manera diferente, nos comienzan a importar y por eso es que nos duele el ofenderles o el faltarles de alguna forma. Abrir el corazón a la conversión, que no es diferente a la invitación de volver a Él, significa dignificar de nuevo nuestra vida y hacerle digna la vida a los demás. Viene el Señor; viene quien nos devuelve la alegría, la paz, la serenidad y el que nos hace capaces de poder ser, de hacer sus obras y de amar desde el amor de Dios mismo.
No nos callemos y sigamos invitando a la penitencia que no es más que abstenerse de todo aquello que nos llena de tal manera que ya Dios no cabe, no entra, no tiene lugar y no nos cerremos a la propuesta que una vez despojados, vaciados de aquello que no es de Dios o nos impide verlo, podamos gozarnos del perdón de los pecados. En Dios estamos siendo invitados a ser nuevos en el amor, en su misericordia.
Con mi bendición:
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd