CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS

LECTIO OCTUBRE 9 DE 2022

Vigésimo octavo del tiempo ordinario
Un distintivo del discípulo de Jesús:
La gratitud
Lucas 17,11-19
Introducción

Dentro de los diez capítulos que el evangelista Lucas le dedica al viaje de “discipulado” de la comunidad de Jesús, con el Maestro a la cabeza, con la meta en Jerusalén, encontramos solamente: (1) el de la mujer encorvada (13,10-17), (2) el del hidrópico (14,1-6) y (3) el de los diez leprosos (17,11-19). Hoy leemos este último.

El énfasis del texto no está en el mostrarnos una vez más la habilidad de Jesús para hacer milagros, sino en una fuerte enseñanza sobre la gratitud. Que Jesús cure los leprosos ya lo había dicho el evangelio desde el comienzo (ver 5,12-14), más aún, esto fue presentado claramente como un signo evidente de la realización del programa mesiánico de Jesús: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios…” (7,22).

Entonces el tema dominante de hoy es la gratitud: en breve se cuenta que después de la curación solamente un samaritano –despreciado por los judíos como extranjero y hereje- sintió la necesidad de regresar y postrarse a los pies de Jesús para agradecerle. Es curioso que la mitad de un relato de milagro sea para contar cómo se dan las gracias y lo que esto implica.

Al final de la historia, Jesús, en calidad de Maestro, plantea tres preguntas para que los lectores saquemos nuestras conclusiones. Tenemos así un relato que pretende hacernos reflexionar seriamente.

Leamos detenidamente el texto:

17,11 Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea,
12 y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos,  que se pararon a distancia
13 y, levantando la voz, dijeron:  «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
14 Al verlos, les dijo:  «Id y presentaos a los sacerdotes.»  Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

15 Uno de ellos, viéndose curado,  se volvió glorificando a Dios en alta voz;
16 y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias;  y éste era un samaritano.
17 Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?
18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?»
19 Y le dijo:  «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

Profundicemos recorriendo el itinerario interno del texto, pero hagamos primero la correlación con el evangelio del domingo pasado.

1.    Del siervo que se reconoce “indigno” al leproso “agradecido”

El domingo pasado le suplicábamos a Jesús junto con los apóstoles que nos ayudara a crecer en la fe. Este mismo tema se retoma con mayor profundidad en el relato de los diez leprosos que termina con la frase de Jesús al samaritano: “Tu fe te ha salvado” (17,19). El tema de la “fe” sigue presente también hoy.

Igualmente, y en continuidad con la temática del “servicio” del domingo anterior, el evangelio nos pone ante el dilema: ¿lo que Jesús hace por nosotros es un “derecho”, algo que “tiene” que hacer por nosotros, o una “gracia” que él nos ofrece? La confrontación entre los nueve judíos, de los cuales Jesús pregunta “¿Dónde están?” (17,17), y el samaritano que al volver “postrándose… le daba gracias” (17,16), nos dice cuál es la respuesta.

En la espiritualidad del “gracias”

Ante un servicio que se presta se espera naturalmente escuchar un “gracias”. Y aquí se centra la lección de Jesús en este día: sólo quien comprende que lo que se hace por otra persona es un gesto de amor inmerecido entrará correctamente por el camino de una espiritualidad de la gratitud. Y la gratitud tiene que ver con la fe, porque la fe es esencialmente relación. En la “Lectio” del texto de hoy veremos que la acción de gracias crea el espacio espiritual de la auténtica relación con Dios (y con los otros), esto es, de la “fe” que salva.

Una vez más, en la línea del evangelista Lucas, vemos cómo la misericordia de Jesús (17,13) se muestra grande. Pero ¡cuán importante es comprenderla y agradecerla!

Por los caminos de la oración-encuentro con Jesús.

Esta nueva enseñanza sobre la gratitud es la primera de una serie de tres catequesis sobre la oración que nos ocupan en éste y los próximos dos domingos:

(1) La oración de acción de gracias y de alabanza: en la historia de los diez leprosos (17,11-19)

(2) La oración de súplica: en la parábola del juez inicuo y la viuda importuna (18,1-8).

(3) La oración penitencial: en la parábola del fariseo y el publicano (18,9-14).

Sigamos, entonces, las etapas de esta primera catequesis sobre la oración descubriendo el itinerario del texto que se desarrolla mediante dos encuentros con Jesús siguiendo la dinámica “pedir” y “agradecer”:

(1) La petición de los diez leprosos a Jesús y su curación (17,11-14)
(2) La acción de gracias del samaritano y la interpelación de Jesús (17,15-19)

2.    Primer encuentro con Jesús: la petición de los diez leprosos a Jesús y su curación (17,11-14)

11 Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea,
12 y, al entrar en un pueblo,  salieron a su encuentro diez hombres leprosos,  que se pararon a distancia
13 y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
14 Al verlos, les dijo:  «Id y presentaos a los sacerdotes.»  Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

La primera parte del relato nos informa acerca de un encuentro con Jesús: cómo un grupo de diez leprosos sale al encuentro de Jesús para pedirles que los cure. En lugar de curarlos en el lugar, Jesús simplemente los manda ir y mostrarse a los sacerdotes. Cuando ellos fueron en obediencia a su palabra, se dieron cuenta de que habían sido curados (por la fuerza interna de la obediencia a la Palabra).

Distingamos: (1) la introducción (17,11-12), (2) la petición de los leprosos (17,13), (3) la respuesta de Jesús (17,14ª), (4) la verificación de la curación (17,14b).

2.1.    La Introducción: el encuentro con los leprosos (17,11-12)

El relato comienza describiendo (1) la circunstancia en la que se encuentra Jesús (“de camino a Jerusalén”), (2) el lugar (“los confines entre Samaría y Galilea… un pueblo”) y (3) los personajes (“diez hombres leprosos”).

Comencemos por la ubicación. La referencia al viaje de Jesús hacia Jerusalén (comenzado en 9,51 y recordado en 13,22), es clave importante. La obra de Jesús y la respuesta de fe y de gratitud por parte del samaritano deben ser comprendidas desde el misterio pascual.

¿Pero en qué punto concreto del camino se encuentra Jesús en este momento? Lo más lógico es suponer que se encuentra en medio del valle del Jordán, donde trazan los límites entre Samaría y Perea (tengamos en cuenta que la región de Perea será reconocida más tarde como parte de Galilea). La referencia a los “confines entre Samaría y Galilea” parece reflejar la geografía política de los tiempos del evangelista.

No conocemos el nombre del pueblo al cual Jesús entra (ni ayudaría mucho saberlo).

El hecho es que Jesús hace una parada en medio del viaje. Allí le salen al encuentro –por iniciativa propia- diez leprosos que se paran “a distancia”. Esta brevísima indicación nos deja entender que ellos se encuentran fuera de la casa donde está Jesús, aunque lo más probable es que estén fuera del pueblo.

Al mencionar a los leprosos que “se pararon a distancia” se deja ver su doble desgracia: su enfermedad física y también su marginación social y religiosa. El evangelio habla de “lepra”, si bien hoy se piensa que esta denominación no coincide necesariamente con la enfermedad que hoy lleva su nombre (científicamente conocida como el “vacilo de Hansen”). Tengamos presente que en los tiempos bíblicos se denominaba de forma genérica como “lepra” a una amplia variedad de enfermedades de la piel vistas –eso sí- como altamente contagiosas; algunas eran curables otras no.

Esta mención nos da la referencia para repasar un poco viejas lecciones de cultura bíblica.

Veamos: la situación de una persona sospechosa de lepra era grave, a ésta se le apartaba de la vida social y sólo si lograba curarse se le reintegraba, pero no sin pasar previamente por un riguroso “examen médico” y un ritual sacrificial en el Templo por parte de un sacerdote (ver el procedimiento para el diagnóstico y el ritual en Levítico 13-14). Todo esto implicaba una inversión considerable de tiempo y nuevos gastos.

Pero, ¿qué tan frecuentes eran estas curaciones? Para muestra un botón: según la mentalidad rabínica la curación de un leproso era tan difícil como levantar a una persona de la muerte.

Puesto que las posibilidades de recuperación eran mínimas, no nos debería extrañar entonces que una persona tratara de salir desesperadamente de los límites de su aislamiento cuando alguien pasaba cerca de su refugio fuera de la ciudad, mucho más si decían que esa persona curaba enfermedades. Por eso el evangelio dice que los leprosos tomaron la iniciativa.

Cuando se dice que ellos permanecen “a distancia”, se nos dice que están actuando conforme a la Ley que les prohibía el contacto con la gente sana.

Efectivamente, La norma de Lv 13,46 dice que el leproso: “habitará solo: fuera del campamento tendrá su morada” (ver también Nm 5,2). Aunque este “habitar solo” no hay que tomarlo estrictamente, porque la desgracia sufrida llevaba a que los leprosos –echados de sus familias- tuvieran que buscarse unos a otros y formar pequeños grupos, como efectivamente se nota en este pasaje.

La “distancia” que mantienen es lo suficiente como para poder también sostener un diálogo, recibir limosnas, medicinas, y sobre todo en este caso, para poder ser vistos por aquél de quien esperan poder ser curados.

Hasta aquí todo transcurre conforme las costumbres de los tiempos bíblicos con las cuales ya estamos familiarizados. Lo que no es normal, y se hará notar en la segunda parte, es que la maldición de la lepra haya juntado un grupo de nueve judíos y un samaritano; se trata de algo impensable si éstos estuvieran sanos.

2.2.    La petición de los leprosos (17,13)

“Y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”

Los leprosos parecen dirigirse a Jesús a los gritos. Lo llaman “Maestro”, un título que en la forma griega que se utiliza aquí (“epistats”), se escucha en boca de los discípulos y no de otras personas; esta es una particularidad del evangelio de Lucas (ver 5,5; 8,24.45; 9,33.49). Los leprosos entonces se están colocando en la fila de los discípulos, esto es bajo la autoridad del Maestro Jesús.

Partiendo de esta actitud de sometimiento a la autoridad de Jesús, los leprosos claman su misericordia. El “Ten compasión de nosotros”, este “miserere” comunitario (ver Salmo 51,3ª), es el mismo que se escucha individualmente tres veces más en los alrededores de este pasaje: en el rico epulón a Abraham (16,24), en el publicano arrepentido (18,13) y en el ciego de Jericó (18,38-39). Con esta forma y otras también a lo largo del evangelio de Lucas se escuchan frecuentemente los gritos de socorro.

Aparece así en primer plano el apelo al corazón misericordioso de Jesús. Aquí el tema de la “misericordia” vuelve a aparecer una vez más en este evangelio como característica del contenido y del estilo de la misión de Jesús. El clamar piedad indica que en la situación desesperada se admite que necesita definitivamente de la ayuda de otro y que de su buen corazón depende todo; todo depende de su gratuidad.

2.3.    La respuesta de Jesús (17,14ª)

Jesús los “ve” y les responde en estos términos: “Id y presentaos a los sacerdotes”

Este mandato de Jesús a los leprosos es al mismo tiempo (1) el epílogo normal de la curación de un leproso según la normativa del Antiguo Testamento, como ya describimos: un ritual de purificación religiosa; y (2) una prueba de la fe de ellos.

(1) El envío a los sacerdotes para la purificación

Una orden similar había aparecido al final de la curación de un leproso después del llamado de Jesús a Pedro al inicio del evangelio (ver 5,14). La idea es que el hombre curado pueda asumir oficialmente su lugar en la sociedad. Para ello se sigue puntualmente el ritual previsto en Levítico 14,2-8.

Llama la atención el que los leprosos sean enviados donde los “sacerdotes” (en plural). Esto parece referirse al hecho de que se trata de un grupo mixto: judíos y samaritanos; o sea, que cada uno vaya donde el que le corresponde. Hay que notar que no se les dice que vayan al Templo, puesto que al sacerdote se le busca dondequiera que esté; pero claro, puesto que hay que hacer un sacrificio de animales, se supone que terminarán yendo al Templo.

(2) Una prueba para la fe en la palabra del Maestro

A diferencia de la curación del leproso en Lc 5,12-14, esta vez el envío donde los sacerdotes ocurre antes de la curación. Lo que Jesús hace esta vez no es normal, porque la ida donde los sacerdotes supone que ya se ha superado la enfermedad. Por eso dicho envío tiene el valor de una prueba de la fe de los leprosos en el poder de la Palabra de Jesús.

Hay un relato bastante conocido que va en esta misma dirección: la curación del leproso Naamán el Sirio “según la palabra del hombre de Dios” (ver 2ª Reyes 5,14). Su historia fue recordada por Jesús en su discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret (ver Lc 4,27: a propósito de la evangelización de los paganos). Según este relato del Antiguo Testamento, a Naamán el profeta Eliseo también le envió a realizar un rito de purificación en el río, lo cual él consideró excesivamente simple: la curación fue con toda la parafernalia, con todos los rituales complicadísimos que él se esperaba; sólo se le dio una orden y así se puso a prueba su fe.

Igualmente la fe en el poder de la Palabra de Jesús aparece en la curación del siervo de centurión (¡también un pagano!; 7,1-10), pero esta vez a la inversa (es el centurión quien le pide a Jesús que de una orden). Su fe es felicitada.

A los leprosos que han llamado a Jesús “Maestro”, se les pide ahora que se sometan al poder de su Palabra; lo mismo que Simón Pedro cuando en el día de su vocación, dentro del lago, dijo “en tu Palabra echaré las redes” (5,5).

2.4.    La verificación de la curación (17,14b)

Termina la primera parte de nuestra historia así: “Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios”.

No se dice que Jesús dé –a distancia- una orden sobre la enfermedad. La curación se realiza por la fe de los leprosos en la palabra de Jesús, quien no les ha pedido nada distinto de lo que normalmente haría cualquier leproso estando ya curado. Y en el momento en el que ésos están cumpliendo el mandato –después del encuentro con Jesús y a distancia de él- sucede el milagro pedido: “quedaron limpios”.

Entonces el milagro es obrado dentro del gesto de obediencia.

3.    Segundo encuentro con Jesús: la acción de gracias del samaritano y la interpelación de Jesús (17,15-19)

15 Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz;
16 y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús,  le daba gracias; y éste era un samaritano.
17 Tomó la palabra Jesús y dijo:  «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿Dónde están?
18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?»
19 Y le dijo:  «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

Hasta aquí tenemos una historia de curación que pone de relieve la misericordia de Jesús con los marginados, el poder de la palabra y la obediencia en el discipulado (temas muy del gusto de Lucas). Pero este relato tiene una segunda parte completamente novedosa que saca a la luz nuevos temas propios del maravilloso evangelio de Lucas: la oración y la acogida de un samaritano (acogida del enemigo); digámonoslo claramente: ¡un samaritano que ora dando gracias!

Esta segunda parte comienza con un giro inesperado: “uno de ellos, viéndose curado, se volvió…” (17,15ª). Uno de los curados no va donde los sacerdotes sino que emprende el camino de regreso donde Jesús. Se realiza entonces un segundo encuentro con Jesús.

Si el primer encuentro sigue la dinámica de la “petición-respuesta”, este segundo sigue el de la “gratitud-salvación”; en ambos casos se describen aspectos de la experiencia de fe. Como lo hace notar el mismo Jesús en sus palabras finales, este segundo encuentro está en un nivel más alto que el primero y es una pena que no todos lo alcancen (de 10 sólo 1).

Veamos las tres partes del segundo encuentro con Jesús:

(1) El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud a los pies de Jesús (17,15-16).
(2) La interpelación-comentario de Jesús: tres preguntas (17,17-18).
(3) El envío del samaritano (17,19)

3.1.    El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud a los pies de Jesús (17,15-16)

El regreso de uno de los leprosos curados se describe con cuatro afirmaciones:

(1) El “regreso” de uno de ellos donde Jesús al percatarse (“ver”) de su curación.

El punto de partida del segundo encuentro con Jesús es la percepción –la toma de conciencia- de lo que el Maestro ha obrado en su vida. El “ver” lo pone en movimiento hasta quien hizo posible su curación. La vieja normativa levítica de ir donde el sacerdote para él queda atrás, el nuevo centro del cual irradia la acción de Dios es el Mesías Jesús.

(2) La alabanza a Dios en el camino: “glorificando a Dios en alta voz”

No se regresa de cualquier manera, se lo hace quizás cantando y danzando en alabanza a Dios.

Podríamos comparar lo que hace el leproso curado con el comportamiento de los pastores en la noche de la navidad (en este mismo evangelio): cuando los pastores “ven” lo sucedido en Belén (2,15-18; nótese la repetición del término “ver”), “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído” (2,20). Los términos son los mismos en ambos casos.

El leproso se coloca en la lista de los personajes que en el evangelio saben reconocer la obra de Dios en Jesús: aquellos que no sólo ven la mano que les ofrece dádivas sino la identidad del rostro de quien los ayuda. Lo mismo que él también hicieron: un paralítico curado (5,25), la multitud después de la resurrección del hijo de la viuda de Naím (7,176), una mujer encorvada (13,13), el ciego de Jericó (18,43) y el centurión romano al pie de la Cruz (23,47); de la misma manera reaccionó la multitud ante la primera enseñanza de Jesús (según el sumario de 4,15). Y esto es tan importante que hasta el mismo evangelio de Lucas concluye finalmente con una alabanza por parte de la comunidad de los discípulos (24,53).

Puesto que Dios se ha manifestado –su poder se ha hecho palpable-, mostrando su inmenso amor y cercanía al lado del sufriente y del marginado, el corazón no puede menos que cantar con júbilo su grandeza.

(3) La expresión de gratitud a Jesús acompañada de un gesto de postración profunda: “postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias”

También aquí notamos la diferencia con el leproso de 5,12, quien se arrodilló antes de la curación y no después (lo mismo sucede con Jairo en 8,41). No sabemos con qué palabras el leproso de este relato le agradeció a Jesús, pero el gesto que realiza es diciente: se postra completamente ante él.

En el lenguaje corporal en el mundo de la oración este gesto indica sometimiento, respeto, abandono, adoración, entrega. De esta manera se reconoce la grandeza de Dios y se le consagra completamente la vida. Llama la atención que en este caso sea ésta la manera de “agradecer”: la gratitud no se queda en una expresión verbal que dice lo reconocido y obligado que se está con Jesús, quien ha mostrado su favor, sino que se abren las puertas para una relación más honda con él y en la cual se le ofrece la vida entera en un impulso de amor total. La gratitud se expresa con la oblación de sí mismo, así el amor recorre su doble vía.

Ciertamente hay una confesión de fe implícita puesto que este hombre pone al mismo nivel el “glorificar a Dios” con el “postrarse a los pies de Jesús”.

En fin, la gratitud de este hombre superará (y grandemente) la acción de gracias del fariseo (18,11; ver el próximo domingo) y se aproximará más a la de la donación eucarística de Jesús (quien se da sin reservas; ver 22,17.19), que es la plenitud de toda oración. La gratitud evangélica, que tiene que ver con el impulso de amor total hacia Dios, se expresa en última instancia en una nueva manera de dirigirse a los hermanos.

(4) La anotación del evangelista: “éste era un samaritano”

El narrador reserva para este momento la nueva sorpresa: quien hace todo esto es un samaritano. Ya hemos comentado antes, a propósito de buen samaritano, cómo precisamente el considerado –por razones históricas- como el viejo enemigo, en el evangelio es uno de los modelos del hombre convertido que encarna la praxis de la misericordia de Jesús y, en este nuevo caso, de la oración en los nuevos tiempos.

Por sustracción deducimos que los otros nueve que siguieron de largo eran judíos.

3.2.    La interpelación-comentario de Jesús: tres preguntas (17,17-18)

Ahora Jesús toma la palabra para responder al gesto del samaritano. De esta forma le da conclusión al episodio.

Jesús primero le habla a todos los presentes y luego al samaritano: (1) delante de todos destaca el hecho de que sólo el samaritano regresó para darle gracias a Dios; y (2) al samaritano mismo lo levanta del piso y lo envía declarando la realidad de su salvación gracias a su fe.

Como en una cascada Jesús plantea tres preguntas que le corresponde responder al lector (esto nos recuerda el evangelio del domingo pasado, sólo que esta vez no se trata de una parábola). Se trata de preguntas lógicas que traen implícita la respuesta:
(1) “¿No quedaron limpios los diez?”. Respuesta de quien leyó el v.14: “sí”.
(2) “Los otros nueve, ¿Dónde están?”. Respuesta obvia: “siguieron derecho su camino”.
(3) “¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?”. Aquí es mejor no responder sino aplicarse el llamado de atención implícito para poder decir luego: “yo también quisiera dar gloria a Dios”.

La tercera pregunta subraya el contraste cuantitativo y cualitativo que pensiona este relato:

De los diez curados sólo volvió uno; los nueve judíos debían dar “gloria a Dios” pero sólo fue el “extranjero” (expresión que aquí coloca al samaritano al nivel de los paganos por el hecho no ser judío) quien lo hizo. Que sea uno solo de diez nos dice que la espiritualidad de la gratitud ni es común ni es fácil; además que para vivirla se necesita ponerle atención a un presupuesto fundamental que se está tratando de expresar.

Jesús presenta al samaritano como ejemplo del que sabe hacer el camino de la espiritualidad de la gratitud. Esto lo comprendemos mejor si nos percatamos de que en sus palabras se nota una queja hacia el pueblo judío que se enorgullece de confesar al verdadero Dios de quien procede la salvación (ver Jn 4,22). Como se nota en este caso concreto: el “no judío”, que no tienen privilegios religiosos de ninguna naturaleza, muestra que tiene una mejor comprensión de la obra de Dios y de la dinámica de la salvación.

El acto de culto del leproso samaritano –doblemente marginado por su raza y por su enfermedad- muestra que estamos ante la nueva realidad del Reino: los “pequeñitos” son los que comprenden la revelación, no los “entendidos” (Lc 10,21). ¡Qué tremendo peligro acecha a quien se habitúa a Dios y somete la relación con él a la lógica de los derechos adquiridos! ¡Quien menos espera, consciente de su indignidad, siempre sabe apreciar la belleza del don cuando éste llega!

Este dejarse sorprender y maravillar por lo novedoso de Dios, entendiendo que no obra por nosotros “porque le toca hacerlo” sino sencillamente porque nos ama, es el presupuesto fundamental de la espiritualidad de la gratitud que ejemplifica el samaritano.

3.3. El envío del samaritano (17,19)

Las últimas palabras de Jesús son para el samaritano: (1) le ordena levantarse de la adoración y (2) seguir su camino. Si comparamos los otros casos en los que Jesús dice una frase similar, entenderemos que lo que Jesús hace no es despedirlo sino invitarlo al seguimiento (ver 7,50; 8,1-3; y más claramente el caso del ciego donde al “vete” se le responde con el “seguir”, 18,42-43).

Con los dos imperativos que pronuncia (“levántate y vete”), Jesús sigue comportándose como “Maestro”. La primera orden de Jesús, llevó a los diez leprosos a aprender la obediencia de la fe; en esta segunda orden dirigida al único que volvió para agradecer, la fuerza de la Palabra de Jesús inserta al hombre sanado en la dinámica viva del discipulado (que no es sino el ejercicio continuo de la fe en todos los aspectos de la vida).

Y viene la tercera y última frase de Jesús, que es una bella declaración que sintetiza todo lo vivido en los dos encuentros con él: “Tu fe te ha salvado”. Es la tercera vez que escuchamos semejante frase: Jesús se la dijo a la pecadora que “mostró mucho amor” (7,47), a la valiente hemorroísa para quien bastaba con “tocar el borde del manto” de Jesús (8,44); luego al ciego de Jericó que perseveraba en su clamor “a la orilla del camino”, se le dirá también (18,42).

La fe ha sido la causa de la curación y de la salvación.

No se quiere decir que los otros no hubieran tenido fe, el punto es que su fe era incompleta porque no expresaron la gratitud. Esto es importante. Jesús hace notar estas diferencias:

(1)  La relación con Dios que se ejerce en la oración debe integrar muy bien la “petición” y el “agradecimiento”. No sólo recibir sino también dar, siempre en esta doble vía debe caminar la oración. Frente a los dones recibidos Jesús dice expresamente que hay que “dar gloria a Dios” (17,18).

(2) La salvación no es solamente la recuperación de la salud sino la acogida del Reino de Dios en la persona de Jesús. Esto es, la curación no es un simple favor para superar un estado de sufrimiento sino que toca lo más profundo del ser: lo hace desbordar de amor. Por eso la persona que agradece experimenta una salvación que va más allá de la simple curación física: ¡un cambio en la orientación interior!

(3) La salvación consiste en la plenitud de la vida alcanzando el destino para el cual fuimos creados, ésta comienza aquí en la vida según el Reino (por eso la curación que trajo bienestar era importante) pero va creciendo ascendentemente hasta sumergir la nuestra en la misma vida de Dios, existiendo eternamente resucitados en la amorosa comunión con él. Por eso es necesario el camino de la fe, no el de una fe a medias como la de los otros leprosos que tuvieron fe para ser curados, sino una fe-abandono, consagración, canto de gratitud y de alabanza que hace reposar el corazón en la contemplación de la gloria de Dios en la historia humana.

Entonces una curación no es lo mismo que la salvación

En conclusión…

Frente a una posible mentalidad “milagrerista”, en la que se pide la eliminación del sufrimiento pero sin comprometer el corazón, el evangelio de hoy nos educa en la “espiritualidad del gracias”, un “gracias” que –cuando es vivido según el itinerario de fe del samaritano- nos coloca a los pies de Jesús y nos impulsa en nueva dinámica de vida en su seguimiento. ¡Qué importante es que logremos el segundo nivel de la fe –la fe que salva- en un renovado encuentro con Jesús!

4. Meditemos el evangelio del domingo con un Doctor de la Iglesia

Proponemos hoy una lúcida página de San Bernardo de Claraval sobre la “gratitud”. Notemos cómo parte del texto, pero luego –en la meditación- le van surgiendo intuiciones de gran proyección sobre la vida de oración.

“¿No quedaron limpios los diez?, Los otros nueve ¿dónde están?” (Lc 17,17). Pienso que se acuerdan de estas palabras del Salvador, quien reprobaba la ingratitud de aquellos nueve.

En el texto se puede ver cómo todos supieron orar bien diciendo: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros? (Lc 17,13). Pero les faltó la otra cosa de que habla el Apóstol: el agradecimiento. De hecho, no volvieron para darle las gracias a Dios.

También hoy vemos a muchos empeñados en pedir aquello que necesitan, pero vemos a muy pocos preocuparse por agradecer aquello que recibieron.  

Y no es que esté mal pedir con insistencia; pero el ser ingratos le quita fuerza a la petición. Y hasta, tal vez, sea propio de clemencia el negarle a los ingratos el favor que piden. Que no nos pase a nosotros el que seamos tanto más acusados de ingratitud, cuantos mayores sean los beneficios que recibimos. Y, pues, es propio de la misericordia, en este caso, negar misericordia (…)

Mira, por tanto, que no todos lucran con la cura de la lepra de la vida mundana, cuyos pecados todos conocen; porque algunos contraen un mal peor, el de la ingratitud; mal que es tanto peor pero cuanto más interno es (…)

Feliz de aquel samaritano, que supo reconocer que no tenía nada que no hubiera recibido, y regresó para agradecerle al Señor.

Feliz de aquel que, ante cada don, se vuelve siempre para Aquél en quien reside la plenitud de todas las cosas.

Porque cuando nos mostramos agradecidos por cuanto recibimos, ampliamos más en nosotros el espacio para recibir un don todavía mayor”.

(San Bernardo, Sermón XXIII: “De discretione spiritum”, en “De diversis”, 23,5ss)

5.    Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

Estamos hoy ante un texto que no queremos dejar pasar desapercibido. Intentemos hoy un ejercicio de “meditación”, mirándonos en el espejo del texto, ayudados por estas (y otras que puedan surgir) pistas:

5.1.    Reconstruyamos el itinerario interno del texto: (1.1) Con relación a Jesús: ¿Qué dice en cada una de sus intervenciones a los diez leprosos, al auditorio y al samaritano? ¿Qué lo caracteriza? ¿Nosotros qué podemos hacer? ¿Qué “salvación” nos propone? (1.2) Con relación al leproso samaritano: ¿Qué pasos da el camino de la fe “completa” del samaritano? ¿Qué dice y qué hace? ¿Qué actitudes tiene? ¿Cómo Jesús lo hace avanzar en el discipulado? (1.3) En síntesis: ¿Qué proceso de discipulado se propone en este pasaje?

5.2.    Cuando me dirijo a Dios para expresarle los sufrimientos de mi familia, las necesidades de mi comunidad o las mías propias: ¿Con qué actitud lo hago? ¿Busco a Jesús solamente para parar de sufrir o alcanzar favores? ¿Qué enseñanza nos da al respecto el pasaje de este día? ¿Cuál es la lección sobre la oración?

5.3.    En el caso es curioso que el sufrimiento une a los enemigos pero cuando están curados ya no: ¿Cómo se explica esto? ¿Qué nuevo tipo de relaciones habría debido provocar la curación de todos los leprosos? ¿Qué implica una acción de gracias comunitaria?

5.4.    ¿Me considero una persona “agradecida”? ¿Las relaciones con mis seres queridos se basan en los derechos adquiridos (por ejemplo: “es que es mi esposa tenía que traerme el café”) o en un impulso de amor que evita los reclamos por lo que esperaríamos que se hiciera por nosotros? ¿Nos dejamos sorprender siempre por cada uno de los pequeños detalles de las personas que se ocupan y preocupan por nosotros? ¿Me estoy acostumbrando a que me sirvan, tanto así que ya se me olvida dar las gracias?

5.5.    “Dar gracias” en el evangelio (griego) se dice “Eucaristía”. ¿Mi acción de gracias es eucarística? ¿Cómo fue la acción de gracias eucarística de Jesús? ¿Qué signo dio el leproso samaritano de estar en sintonía con esta espiritualidad? ¿Qué esfuerzos concretos voy a hacer para crecer en la gratitud con un estilo eucarístico?

P. Fidel Oñoro, cjm

Centro Bíblico Pastoral del CELAM

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