LECTIO DIVINA PARA EL 4 DE AGOSTO DE 2019 Décimo octavo del tiempo ordinario ANTE EL DESEO INSACIABLE DE TENER SIEMPRE MÁS o “la lamentable ilusión del rico” Lucas 12,13-21 Introducción ¿Hemos visto alguna vez una pelea en una familia a la hora de repartir la herencia de los padres difuntos? ¿La belleza del ideal […]
"> LECTIO DIVINA PARA EL 4 DE AGOSTO DE 2019 Décimo octavo del tiempo ordinario ANTE EL DESEO INSACIABLE DE TENER SIEMPRE MÁS o “la lamentable ilusión del rico” Lucas 12,13-21 Introducción ¿Hemos visto alguna vez una pelea en una familia a la hora de repartir la herencia de los padres difuntos? ¿La belleza del ideal […]
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lunes, diciembre 09, 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 4 DE AGOSTO DE 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 4 DE AGOSTO DE 2019
Décimo octavo del tiempo ordinario
ANTE EL DESEO INSACIABLE DE TENER SIEMPRE MÁS
o “la lamentable ilusión del rico”
Lucas 12,13-21

Introducción

¿Hemos visto alguna vez una pelea en una familia a la hora de repartir la herencia de los padres difuntos? ¿La belleza del ideal comunitario-familiar se ha venido al piso o se ha fortalecido con la ausencia de los progenitores? ¿Cada uno trata de llevarse lo que mejor pueda o qué pasa?

Ante todo situémonos

Los maravillosos textos que leímos los domingos anteriores, donde aprendimos el ejercicio del servicio con un corazón lleno de misericordia (Buen Samaritano), de la prioridad de la escucha de la Palabra sobre la acción (Marta y María)  y de la oración con un corazón que sabe confiar en la paternidad de Dios (catequesis sobre la oración), tienen serias consecuencias para el estilo de vida de un discípulo de Jesús, mucho más cuando se pregunta cómo invertir en la propia felicidad.

¿Qué sucede cuando esta apertura a Dios y a los hermanos no se da, sobre todo cuando los bienes de la tierra, que podrían ser de ayuda, terminan siendo obstáculo para trascenderse a sí mismo en la entrega generosa en el amor?  Es así como en el camino de subida a Jerusalén se avanza hacia un nuevo tema del discipulado.

La idea central del evangelio de hoy

Al respecto, hoy el evangelio responde con dos ideas fuertes:

(1) La libertad de corazón.

Nos dice que el corazón de un seguidor de Jesús debe estar liberado de toda ambición en el presente. Es verdad que él no es ajeno a la necesidad de una buena administración de sus posesiones en la tierra, pero también es verdad que si es auténtico discípulo no se dejará aprisionar por los encantos del dinero porque su mirada está puesta en lo fundamental hacia el futuro: no quiere ser feliz solamente un rato sino siempre. Para ello: la victoria espiritual sobre la “avidez” o “codicia” que habita el corazón del hombre.

(2) Administrar-asegurar la vida mediante sabias decisiones.

Con una visión profunda del misterio de la vida, sabiendo donde está su “sentido”, el discípulo sabe en qué centra sus ideales y dónde invierte sus mejores energías. De este “saber” se deriva un estilo de vida “sabio”, es decir, responsable con su vocación a la “vida” plena.

Para explicarnos esto, nuestro evangelista Lucas nos muestra cómo el Maestro Jesús es verdaderamente Maestro de Vida, haciendo de la riña de dos hermanos por una herencia (Lucas 12,13-14) el punto de partida para proponer una altísima enseñanza (12,15-21).

Leamos calmadamente el texto, (1) situando el contexto, (2) aproximando nuestra lente de lectores al problema que se plantea y (3) subrayando las enseñanzas que da Jesús.

1.    El contexto (12,13ª)

Comencemos refrescando el contexto: ¿Quiénes estaban escuchando a Jesús? y ¿Por qué aparece aquí un nuevo tema?

El auditorio de Jesús está descrito en el primer versículo de este capítulo 12 del evangelio de Lucas: “habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros”. Estamos, entonces, ante un auditorio inmenso. Los discípulos aparecen en primer lugar.

La enseñanza de Jesús se centra desde el principio en los peligros que acechan la vida del discípulo. En su justo comportamiento frente al mundo, él es acechado tanto por peligros internos como externos que paralizan el seguimiento: (1) la hipocresía de los fariseos (ver 12,1b-3), que parece ser contagiosa y de la cual hay que cuidarse porque la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta; (2) las persecuciones (12,4-12), el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

Salta a la vista el tema de las posesiones y su justa distribución.

Es verdad que aquello que un discípulo debe temer no es tanto la pérdida de la vida terrena con sus ventajas sino la perdida definitiva de la vida (los que matan el “alma”; 12,4).  Está exponiendo las consecuencias de este segundo peligro, cuando de repente Jesús es interrumpido (12,13) por una persona que le habla de los bienes materiales.

Entonces Jesús retoma inmediatamente la palabra para dar paso a la exposición del tercer peligro: el apego a las cosas terrenas, o mejor, la avidez, la cual indica que a pesar de haber dejado todas las cosas para seguir al Maestro (ver 5,11), aún se tenga el corazón puesto en una falsa seguridad terrena y por lo tanto el “Reino” no sea todavía “su tesoro inagotable” (12,32-34). Es ahí donde se comprende el por qué de una parábola que pone en primer plano la relación entre el valor relativo de los bienes materiales y el futuro de la vida (que es el Reino como bien absoluto).

Quien interrumpe a Jesús es “uno de entre la gente” (12,13), uno cualquiera de estas miles de personas que estaban aquel día con Él (12,1).

La amplitud del auditorio y el personaje incógnito le dan a este pasaje un sabor diferente que invita a salir del círculo inmediato de la comunidad –para quien vale en primer lugar la enseñanza- para abrir el diálogo sobre un tema que es de interés común para todo el mundo y, a partir de ahí, hablar de lo fundamental que toca a todo hombre que está en la tierra: el sentido de la vida.

2.    Cuando los hermanos pelean (12,13b-14)

Sale ahora al ruedo un caso de la vida cotidiana. El personaje anónimo le dice a Jesús: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo” (12,13b).

Jesús es llamado “Maestro”. Su interlocutor le pide que actúe en calidad de “rabbí”, que aquí se entiende como experto en cuestiones legales bíblicas.

Como tal, se le requiere que intervenga en una riña familiar: “di a mi hermano”, es decir, “manda a mi hermano, dale una orden”. El tono nos recuerda el de Marta en el evangelio leído el mes pasado (“dile –a mi hermana- que me ayude”, 10,40), en el cual se presentaba aparentemente como víctima de una injusticia de su hermana.

El interlocutor de Jesús va al grano. En la solicitud ya va implícita la sentencia: “…que reparta la herencia conmigo”. Profundicemos este punto.

2.1.    ¿Cuál es el problema?

No es raro que nos encontremos aquí con el caso de una familia que cuando mueren los padres pierda la unidad hogareña y, peor aún, que los hermanos entren en serios conflictos por la parte de la herencia que le corresponde a cada uno.

Aquí nos encontramos con una situación típica de la Palestina de la época que vale la pena reconstruir brevemente.

Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. En el evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia (ver las dos parábolas que denuncian esto: Lucas: 15,11; 20,14). Pero también es posible que el hermano mayor tuviera una intención positiva: podía suceder que él –en cuanto responsable de la casa- atendiera al ideal de la familia israelita que era el de vivir juntos en la propiedad y así conservarla intacta. Esto lo alaba el Salmo 133,1: “¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!”.

En caso de tratarse de la segunda posibilidad, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.

Este tipo de problemas jurídicos, como ya se dijo, eran llevados a los rabinos que, como abogados del pueblo, debían pronunciarse sobre lo que la Ley mandaba para estos casos. Algunas pistas se encuentran en Números 27,1-11; Dt 21,15-16.

2.2.    ¿Cómo responde Jesús?

“Él le respondió: ‘¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?” (12,14).

La respuesta parece desconcertante. Tengamos presente tres elementos implicados en ella:
(a) Podría tratarse de un eco a la famosa frase que le dicen a Moisés cuando defiende al Israelita del egipcio agresor: (“¿Quién te ha puesto de jefe y juez entre nosotros?” (Ex 2,14; ver Hech 7,27). Si bien hay notable diferencia en el contexto.

(b) Se trata de una pregunta cuya respuesta está implícita: “Nadie”, nadie lo puso de árbitro en este tipo de asuntos.

(c) Atendiendo al punto anterior, implica que Jesús no tiene interés en clasificarse en la categoría de un “rabbí”; por lo tanto, Jesús se sitúa frente al problema de la justicia a un nivel más profundo, al respecto él tiene una misión más importante que cumplir que dar dictámenes para casos particulares.

Jesús, entonces, conduce, aborda el problema desde un nuevo nivel que, al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe ponerse en consideración ante este tipo de situaciones. El pronunciamiento que Jesús va a hacer es de largo alcance.

3.    La enseñanza de Jesús (12,15-21)

Jesús quien hizo del caso de la “levadura de los fariseos” (12,1b) el punto de partida de una enseñanza, ahora hace de la “codicia” del hermano menor que reclama la herencia también el punto de partida de una enseñanza que imparte escalonadamente, así:
(1) Enuncia un principio de vida: “Guardaos de toda codicia” (12,15);
(2) Cuenta la parábola del “rico insensato” o “del mal planificador” (12,16-20);
(3) Hace aplicación de la parábola: “Así es el que atesora riquezas para sí, y no prospera en orden a Dios” (12,21).

3.1.    Un principio de vida: la vigilancia del corazón para purificar “la codicia” (12,15)

Jesús no mira los accidentes externos, se fija en el corazón: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (12,15).

Jesús pronuncia una advertencia contra la codicia que detectó en el requerimiento de aquel hombre. En sus palabras distinguimos (1) qué hacer y (2) por qué hacerlo.

(1) ¿Qué es lo que hay que hacer?

Dice Jesús: “Mirad y guardaos de toda codicia…” (12,15a). Mastiquemos un poco los términos.

La vigilancia evangélica…

Los imperativos “Mirad y guardaos” invitan a la vigilancia, al examen interior de las actitudes, de las motivaciones, de la limpieza de corazón.

Estas palabras van en la misma línea de las primeras pronunciadas en este capítulo: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (12,1b; que retoman el llamado a la pureza interior realizado poco antes en 12,41: “Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros”). No es el cumplimiento externo de la norma lo único que cuenta sino “la justicia (con los hermanos) y el amor a Dios” (12,42), es decir, la visión de la vida, como llamado a salir de sí mismo en función del otro, que acompaña las acciones.

Del corazón motivado por “todo tipo de codicia”

Pero puede suceder que por dentro no haya más que “rapiña y maldad” (12,39). En el pasaje de hoy Jesús habla de “codicia”.  La “codicia”, como lo sabemos por el evangelio de Mc 7,22, habita el corazón del hombre: “Del corazón del hombre salen las codicias”.

Jesús utiliza una palabra fuerte. Se refiere expresamente a “todo tipo de codicia”. La “codicia” (en griego “pleonexía”: “pleon”=abundancia, “exo”=tener o retener) pertenece a la realidad humana interna del “deseo de tener siempre más”, es la “avidez”. Podría describirse así:

(a) De fuera hacia dentro:

Consiste en encontrar placer en el “llenarse” de cosas, con tres habituales manifestaciones:

  1. El deseo compulsivo de llenarse de cosas (por ejemplo, se antoja de todo lo que ve en el supermercado) malgastando el dinero en lo que no vale la pena (el lujo desmedido);
  2. El entrar en competencia con los demás motivado por la envidia (por ejemplo: “si fulano(a) tiene esto, yo también lo quiero, y ojalá mejor”);
  3. El placer de exhibir lo que se tiene con el fin de obtener una nueva ganancia: la felicitación y la envidia de los otros.

(b) De dentro hacia fuera:

Se percibe en la tacañería o avaricia de aquel a quien le duele compartir. En otras palabras, la persona se vuelve “mezquina” (lo contrario de 2 Corintios 9,5) y avara, casi incapaz de ser generosa.

Es interesante ver cómo Jesús desciende hasta la raíz del pecado que degenera la vida y hace tanto daño en la familia, en la sociedad y en el mundo.

(2) ¿Por qué hacerlo?

Jesús nunca pide nada sin dar los argumentos para hacer. ¿Por qué hay que vigilar y purificar el corazón en este punto concreto? Él responde: “Porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes” (12,15b).

En otras palabras, la vida realmente no depende de la abundancia de lo que se posee, lo que se vuelve “propiedad”. Hay un peligro escondido y de terrible alcance en el amarrar el corazón a las cosas. Cuando esto sucede, las relaciones comienzan a basarse en las “cosas” y se pierde de vista al “otro” como valor fundamental, de ahí que sea en el fondo una negación de Dios, quien es el “Otro” por excelencia.

Peor todavía, si consideramos que en el “adquirir, adquirir y adquirir”, en el fondo hay una injusticia social que contradice el proyecto de fraternidad y solidaridad querido por Dios, porque quien acumula se está apropiando de aquello que por derecho le pertenece a los otros.

Por eso la avaricia es peligrosa, ya que conduce a una persona a colocar ingenuamente los sueños de su vida, sus mejores ideales, sus grandes metas y toda la energía de la vida en cosas equivocadas e ignorar lo que realmente importa. Pensando lograr un gran éxito cosecha en realidad un gran fracaso.

Cuando Jesús especifica “aún en la abundancia”, va todavía más a fondo en la cuestión. Porque es aquí donde se revela la verdadera libertad de corazón.

Para ello cuenta la parábola de un hombre que llega a nadar en la abundancia y hace de la mejor ocasión de su vida la arena movediza en la que se hunde.

3.2.    La parábola del “rico insensato” o “el mal planificador” (12,16-20)

“Les dijo una parábola” (12,16a). Con la parábola Jesús no se limita a ilustrar la enseñanza que acaba de dar sino que además se mete en la lógica de mucha gente a quien la “abundancia” de cosas le mata el sentido de trascendencia, yendo hasta las últimas consecuencias para, desde ahí, llamar a la conversión.

La parábola está construida a partir de un hecho inesperado, “los campos de cierto hombre dieron mucho fruto” (12,16b), y de la planificación (nunca se dice que llegue a hacerlo) que el propietario hace. El panorama inicial es el de una gran extensión de terreno bendecido con una inmensa cosecha de trigo: parece verse un inmenso campo amarillo de espigas.

Observemos la “planificación”.

La narración enfoca al propietario que parece detenerse feliz frente a esa inmensidad. El personaje siempre habla consigo mismo: lo hace tres veces (“y pensaba en sí…”, “y dijo…”, “y diré a mi alma…”, 12,17.18.19) y cada vez más fondo sumergiéndose en el tiempo (futuro), en el espacio (escenarios imaginarios) y en la tercera dimensión, la más importante, su propia “alma” (su “yo”, su “principio vital”). En pocas palabras se describen tantos aspectos de una vida entera, ¡qué capacidad narrativa la de Jesús!

(1) Los criterios del mal planificador

Es obvio que el hacendado tiene que hacer algo: “¿Qué haré?”. Pero hay un problema: “No tengo donde reunir mi cosecha” (12,17b). En este punto comienza una cadena de “mi” que indican su sentido de propiedad: “mi cosecha… mis graneros… mi trigo… mis bienes… mi alma”. Él habla como un propietario absoluto y autónomo, no tiene en cuenta a nadie, no conoce el plural comunitario (hecho que nos recuerda los “mi” que subrayan la prepotencia con que hablaba Nabal, el rico del Carmelo, en el relato de 1ª Samuel 25,11). Pero, como se ve al final, ¿el personaje de la parábola puede decir “mi alma”? Es realmente dueño de sí mismo y de su futuro. ¡Vaya ironía! La parábola no deja de tener un poco de humor.

El rico no piensa en nadie más, todo gira en torno a su “yo”. Su primera preocupación es qué hacer para no perder su prosperidad excepcional ni lo que ya tenía.

Detrás del “mi” se deja traslucir otra ironía, si bien no parece haberse ganado injustamente los bienes (no ha robado, no ha matado, no ha sido corrupto; lo contrario de Eclesiástico 11,18), puesto que la abundancia fue imprevista, tampoco todo había sido fruto de su esfuerzo.

Otro punto que salta a la vista es que este hombre ya era rico. Con ello se indica que ya debía tener los problemas económicos resueltos. De ahí que, en principio, cuando le sobreviene todavía más, se espere otro tipo de raciocinio en este personaje, su preocupación debería ser otra.

Por todo lo anterior, el evangelio hace notar que el “hacer” del rico va en la dirección opuesta a la enseñanza de Jesús. Su “codicia” para reunir y disfrutar la cosecha se deja ver en el aislamiento a que él mismo se somete.

(2) El procedimiento del mal planificador

“Voy a hacer esto…” (12,18a). Las acciones premeditadas por el rico aparecen enunciadas en una serie de verbos importantes.

(a) Primera serie de acciones: Almacenar. El rico habla de “demoler”, “edificar” y “reunir” (12,19b). Estas acciones aseguran la estabilidad de la riqueza: “todo mi trigo y mis bienes” (12,18c).

(b) Luego hay un momento de reposo en el que dice con jactancia: “tienes muchos bienes en reserva para muchos años” (12,19a); todo ello permite poner fin a todos los esfuerzos y considerar “asegurado” el resto de su vida, puede entonces permitirse un relax.

(c) Segunda serie de acciones: Disfrutar. El rico habla de “descansar”, “comer”, “beber” y “banquetear”. Viene el momento expansivo: el disfrute los bienes. Se ofrece el goce la vida como una auto-recompensa por todos sus esfuerzos.

El último verbo, “banquetear”, nos remite inmediatamente a un drama retratado en este evangelio lucano que gusta tanto hablar de banquetes; es el verbo que encontramos en el culmen de la parábola del “Padre misericordioso” y que generalmente se traduce: “celebremos una fiesta” (15,23; signo de comunión con alegría del Padre), pero que en la parábola del “rico epulón” no es signo de comunión sino de separación entre el rico que “celebraba todos los días espléndidas fiestas” (16,19) y el pobre, colocado al nivel de los perros, que “deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico” (16,21).

El ideal del rico de esta parábola era vivir a la manera del “rico epulón”, completamente ignorante de Dios y de todos lo que le rodeaban.

Cuando enuncia el sueño de su vida entra una corriente de pensamiento que existía en la sociedad de los tiempos del Nuevo Testamento y que tenía su formulación popular en el famoso epitafio griego de Sardanápalus: “Come, bebe y goza”. Esta es la lamentable ilusión del rico, quien le hace eco a la típica manera de pensar de la sociedad de consumo.  Esta es la lamentable ilusión del rico de la parábola, quien no es más que la representación de la típica manera de pensar de la sociedad de consumo.

Por detrás de esta frase hay una visión de la vida que presupone que, puesto que no hay nada más allá de ella, es mejor dedicarse al disfrute del tiempo presente y para ello hay que acumular la mayor cantidad de recursos con los que invertir en la felicidad. Varias veces la Biblia invita a reflexionar al respecto:

•    En el Antiguo Testamento llama la atención una de las ironías del Qohélet: “Yo por mi parte alabo la alegría, ya que otra cosa buena no existe para el hombre bajo el sol, si no es comer, beber y divertirse” (Eclesiastés 8,15).
•    En el Nuevo, Pablo cita la profecía de Isaías 22,13 cuando se encuentra con personas incapaces de apreciar la resurrección, para quienes la lógica de vida es: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (1 Corintios 15,32; ver Tobías 7,10).

Es a las personas que viven bajo esta filosofía a quienes se les dirige el “Ay” de Jesús: “¡Ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo” (6,24).

(3) La inesperada intervención de Dios

Todo hasta aquí podría parecer lógico, pero se había quedado un aspecto fuera: Dios. En el escenario tan despoblado de gente de la parábola, Él entra y se oyen sus palabras: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (12,20).

Dios entra en escena como un perturbador que manda al piso –como un castillo de naipes que de repente se desbarata- el mundo de fantasía que el rico se creó por unos instantes.

El fin de su sueño es violento. Su monólogo se quiebra con una palabra fuerte que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios, este hombre no se preguntará y se responderá a sí mismo, sino que tendrá que responderle a otro.

El monólogo del rico se quiebra con una palabra que viene de fuera y que lo invita a un verdadero diálogo. 

Las palabras de Dios entonces se oyen con energía: “¡Necio!”. El hombre que se creía muy inteligente por el proyecto de vida casi perfecto que armó para sí, ahora es presentado como un “necio” (o sea, insensato, falto de inteligencia, estúpido). Así también Jesús denominó a los fariseos por la falta de profundidad de su experiencia religiosa (ver 11,40). Pero aquí el término va en la línea de la figura hombre corto de inteligencia para vivir –inteligente para hacer dinero y bruto para vivir- que describen los Salmos: “Dice el insensato en su corazón: ‘¡No hay Dios!’. Corrompidos están, de conducta abominable, no hay quien haga el bien” (Salmo 14,1), “El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja” (Salmo 49,21). El “necio” es, por tanto, en último análisis un loco, un hombre sin bondad ni sensibilidad para lo esencial.

¿Qué es lo que no ha entendido el rico-necio? Pues, que por mucho que posea, no tiene la propiedad de su vida (como ya se anotó, ingenuamente había dicho “Alma mía”, como la mayor en la lista de sus propiedades) y que ésta le será reclamada (“Esta misma noche te reclamarán el alma”; la vida proviene de Dios y a Dios vuelve: Sabiduría 15,8).

Lo más importante en la planificación son las metas y el principio “norteador” de todo el plan, ¿no es verdad? Todo lo demás –programas, actividades, recursos, etc.- es jalonado por lo primero.

Irónicamente el hombre que asomó su cabeza en la parábola auto-presentándose como un gran empresario, pensó en un largo futuro pero no previó entre sus cálculos la posibilidad de perderlo todo repentinamente. Había un factor que se escapaba a su control. Y viene entonces la crisis: “las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” (12,20b).

Se hacen verdaderas las palabras del Eclesiástico 11,18-19: “Dice: ‘Ya he logrado reposo, ahora voy a comer de mis bienes’, pero no sabe qué tiempo va a venir, morirá y se lo dejará a otros’”.  Sobre esta realidad ya habían orado los Salmos 39,6-7 y 49,17-18, (entre otros), que vale la pena retomar hoy cuando demos el paso a la oración.

“¿Para quién serán?”. Obsérvese que contrariamente a la lógica del mal planificador, no se pregunta “¿para qué?” sino “¿para quién?”.  Habiendo llegado a este punto, se nota que la falta de inteligencia del mal planificador había llegado a un nivel muy grave: no sólo no obtuvo los recursos para un futuro sostenible sino que tampoco previó a dónde iría a parar su fortuna; ¡no había pensado siquiera en sus herederos! ¡Ni a su familia tuvo en cuenta! (ver 12,13). En realidad este hombre fue un irresponsable no solamente con su vida sino con la de los otros.

3.3.    La conclusión (12,21)

Jesús ya terminó la parábola, ahora mira a todos y les dice: “Así es el que atesora riquezas para sí, y no prospera en orden a Dios” (16,21).

Una frase para ser guardada en la memoria. Jesús hace la aplicación de la parábola y completa la enseñanza del v.14, queriendo decir que no sólo “no” hay que ser codicioso  -“atesorar riquezas para sí”- sino que “sí” hay que “prosperar en los asuntos de Dios”. Ahí están las dos caras de la moneda.

Hay un matiz en cada uno de los dos verbos de la última frase que es importante para la comprensión de la misma. El verbo “atesorar” (riquezas) alude al esfuerzo de “acumulación” (hacia dentro), mientras que “enriquecer” tiene sentido más amplio y no está necesariamente relacionado con las cosas (como en Rm 10,12: Dios que es “rico para todos los que le invocan”, connotando una actitud del corazón: la generosidad).  Por eso preferimos traducir por “prosperar”, entendiendo que se trata de crecer hacia Dios, al servicio de Dios, de la manera como quiere Dios, atendiendo a los valores del Reino, mirando a Dios como su fin, como la plenitud de todo bien y de toda felicidad (ver los vv.33-34: el tesoro inagotable en el cielo).

El rico de la parábola se preocupó por lo primero y descuidó lo segundo:

Lo que realmente importaba. El hombre que no es rico en presencia de Dios es por tanto pobre, no importa cuán gruesas sean sus cuentas en el Banco. En otras palabras, amasar riquezas puede convertirlo en pobre ante las cosas que en última instancia cuentan.

Por tanto hay que saber usar la cabeza: quien era hábil para hacer “sostenible” la riqueza con graneros podría también haber asegurado un último tesoro para sí mismo, o sea, una vida “sostenible” para siempre. La vida es recibida y sólo Aquél que nos la dio nos puede decir dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud.

De ahí que quien hace planes para la vida -hoy hablamos de “proyecto de vida”- pensando solamente en sus propias necesidades y exigencias materiales, colocando a Dios -y todo lo que Él nos pide- por fuera, ya dio desde el primer momento el paso equivocado: será un muerto en vida, aislado en su egoísmo.

En fin…

Un discípulo de Jesús está llamado a ser feliz; él también trabaja y construye un futuro, él vive intensamente la vida, pero su pensamiento y su acción no se dejan llevar por la mentalidad de la sociedad de consumo, su proyecto de vida no se agota dentro de los límites de lo comercial y del disfrute de la vida terrena.

Un discípulo de Jesús sabe dónde tiene puesto su corazón, labora por una vida de calidad para él y para sus hermanos, y también descansa aunque sin caer en acomodaciones. Con todo, su corazón es profundamente libre y no se aferra a las cosas porque las motivaciones de su corazón son de largo alcance, ya que solamente la vida que se orienta hacia el amor de Dios y del prójimo es vida auténtica.

Un discípulo de Jesús se evalúa constantemente para no perder la libertad que ganó desde el primer día de seguimiento –cuando dejó todo por Jesús; él sabe caminar, sufrir y alegrarse con los ojos puestos allí de donde todo procede y a donde todo va… y vive sencillamente feliz.

Y esto que vive el discípulo es un llamado para la humanidad entera, especialmente el mundo consumista y su capitalismo neoliberal, hasta que ella entienda que la vida plena sólo consiste en el compartir con amor, con la mirada agradecida al Creador.

4.    Releamos el Evangelio con los Padres de la Iglesia

Tres Padres de la Iglesia, san Agustín, san Basilio de Cesarea y san Basilio Magno, nos invitan a profundizar en dos aspectos particulares del pasaje evangélico al que acabamos de aproximarnos. Ellos subrayan la importancia de la auto-trascendencia: el primero a través de la mirada agradecida al Creador y los otros dos a través del compartir con el pobre. Hay buenos argumentos para hacerlo. Acerca de la “conciencia social” en los Patrística encontramos textos maravillosos.

4.1.    ¡Piensa con la cabeza, no con el estómago!

“Dios te hizo animal racional, te colocó por encima de los animales, te formó a su imagen. ¿Por qué razón, entonces, has de usar tus ojos apenas como un animal, para ver lo que has de meter en un vientre y nada para la mente?  Levanta tu mirada racional, usa los ojos como hombre, contempla el cielo y la tierra, las bellezas del cielo, la fecundidad de la tierra, el vuelo de las aves, el nadar de los peces, la fuerza de las semillas, el orden de las estaciones. Contempla las obras y busca a Aquel que las hizo. Observa lo que ves busca lo que no ves. Cree en Aquel que no ves, a causa de esas cosas que ves”.
(San Agustín, Sermón 126,3)

4.2.    ¡Imita la tierra!

“Piensa, oh rico, en tu Benefactor y en lo que eres. Acuérdate que apenas eres el administrador de esos bienes y nada más, ellos fueron confiados a tu cuidado. Tú eres el siervo del Santo Dios, el ecónomo de los hermanos. No decidas que todo ese alimento sea destinado a tu vientre. Los bienes que tienes, considéralos como propiedad de los otros. En fin, no tengas ilusiones: por algún tiempo quedas como que extasiado con su fulgor, pero después ellos se desvanecerán y Dios te pedirá cuenta de ellos, con minucia y con rigor (…).

Imita la tierra. La tierra no hace crecer sus frutos para gozar ella sola de ellos, sino para que tú te sirvas de ellos. Por tu parte, recoge los frutos para distribuirlos generosamente, sabiendo que quien da será recompensado. Así como la semilla lanzada en los surcos enriquece al sembrador, así también el pan que es dado al hambriento resultará para ti, más tarde, una óptima inversión. Siembra aquí abajo y recogerás en el Reino de Dios”.
(San Basilio de Cesarea, In illud “Destruam”)

4.3.    ¡Oh miserable riqueza!

“Los graneros comenzaban a ser insuficientes y reventaban debido a la abundancia de las provisiones, pero el corazón ávido no se daba por satisfecho. Sobre las viejas cosechas amontonaba las nuevas y así de año en año los graneros quedaban más repletos.

Por eso se encontró con un dilema: por un lado, debido a la codicia, no quería deshacerse de las antiguas cosechas; por otro, no podía guardar las nuevas porque eran abundantes.

“¿Qué haré?”. ¿Quién no sentiría pesar de una persona así? ¡Miserable debido a la abundancia, miserable por los bienes presentes y todavía más miserable por los bienes que espera! Sus campos no le dan renta sino gemidos. No le dan frutos abundantes sino afanes, penas, angustias terribles.

Se parece al indigente afligido que se interroga: ¿Qué haré? ¿Qué he de comer? ¿Qué he de vestir? ¡Así grita también el rico con angustia y afán en su corazón! ¡Lo que para otros es motivo de alegría, perturba al avaro! (…)

¡Reconoce, oh hombre, a tu Benefactor! Acuérdate de quién eres, de qué es lo que administras, de quién lo recibiste, porque fuiste preferido a muchos. Tú eres un ministro de la bondad de Dios, eres el administrador de tus hermanos. No pienses que todo ha sido destinado para tu vientre. Considera a los otros en las cosas que tienes entre tus manos”.

(San Basilio el Grande, Homilía 6,1-2)

5.    Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

5.1.    ¿Por qué el corazón de un seguidor de Jesús debe estar liberado de toda ambición?

5.2.    ¿En mi familia se han presentado casos de división a causa de los bienes que poseemos? ¿Qué otros ejemplos de problemas similares podría poner? ¿Cuál ha sido mi actitud? ¿Qué me aconseja hacer Jesús en el evangelio de hoy?

5.3.    ¿Encuentro en mi vida algunos rasgos de codicia? ¿Cuáles? ¿Existe algo que no estaría dispuesto a compartir con nadie? ¿Cómo voy a tratar de cambiar de actitud?

5.4.    ¿Frecuentemente nos comparamos con los demás no con el deseo de actuar mejor sino pensando en no dejarnos ganar en cuanto a riquezas y posesiones? ¿Qué nos aconseja hacer Jesús?

5.5.    Según la conclusión, ¿A qué está llamado un discípulo de Jesús? ¿En mi caso concreto personal o como miembro de una comunidad a qué estoy llamado?

P. Fidel Oñoro C., cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 4 DE AGOSTO DE 2019

Santa Sede

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