LECTIO DIVINA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2017 SÁBADO SANTO LA NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL ¡Ha resucitado Jesús el crucificado! Después de haber acompañado a Jesús el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte –explicada anticipadamente en la Eucaristía del Jueves-, y después de habernos detenido en una […]
"> LECTIO DIVINA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2017 SÁBADO SANTO LA NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL ¡Ha resucitado Jesús el crucificado! Después de haber acompañado a Jesús el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte –explicada anticipadamente en la Eucaristía del Jueves-, y después de habernos detenido en una […]
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sábado, diciembre 07, 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2017 SÁBADO SANTO

LECTIO DIVINA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2017 SÁBADO SANTO
LA NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL
¡Ha resucitado Jesús el crucificado!

Después de haber acompañado a Jesús el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte –explicada anticipadamente en la Eucaristía del Jueves-, y después de habernos detenido en una meditación silenciosa en la aridez del Sábado Santo, celebramos la Vigilia Pascual, la vigilia de las vigilias, “la madre de todas las vigilias”, como la llamó San Agustín.

Esta noche es diferente a todas las demás noches del año. San Gregorio de Nisa, en el Siglo IV dC, describió la emoción que se vive en una noche como ésta:
“¿Qué hemos visto? El esplendor de las antorchas que eran llevadas en la noche como en una nube de fuego. Toda la noche hemos oído resonar himnos y cánticos espirituales. Era como un río de gozo que descendía de los oídos a nuestras almas, llenándonos de buena esperanza... Esta noche brillante de luz que unía el esplendor de las antorchas a los primeros rayos del sol ha hecho con ellos un solo día sin dejar intervalos a las tinieblas”.

 Y es que la riqueza de los símbolos que van apareciendo gradualmente nos ayuda a percibir la grandeza del mensaje pascual:
•    El FUEGO nuevo que brilla en el cirio pascual nos recuerda la columna de fuego que acompañó el caminar nocturno del pueblo de Dios en su éxodo, es el símbolo de Jesús “luz del mundo” y del fuego encendido por el Resucitado en los corazones.
•    El GLORIA, antiguo himno celebrativo de Cristo, cuya alusión a las palabras del ángel en la noche de la navidad evoca en esta otra noche el sentido pascual de la encarnación y nacimiento del Mesías.
•    El ALELUYA pascual, el himno de los redimidos, cantar de los peregrinos que han emprendido la ruta hacia la patria definitiva.
•   El AGUA regeneradora, signo de la vida nueva en Jesús “fuente de vida”. Renovando nuestra profesión de fe bautismal, declaramos que adherimos a su vida nueva, entrando en comunión con Él.
•   El BANQUETE pascual que celebramos en la liturgia eucarística, comida del y con el Resucitado. De hecho, la Resurrección de Jesús alcanza su sentido pleno en nosotros cuando lo comulgamos en la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia, poniéndole fin al ayuno cuaresmal.

Y en medio de esta espera vigilante, la Palabra de Dios –Palabra creadora y salvífica- va diseñando un itinerario digno de ser vivido paso a paso.

Una vez que hemos cantado el PREGÓN pascual, nos sentamos para escuchar nueve lecturas, siete del Antiguo y dos del Nuevo Testamento. El Templo sigue parcialmente a oscuras –con el Cirio Pascual en lugar destacado- porque hacemos la escucha de la Palabra simbólicamente a la luz de Cristo Resucitado, centro del cosmos y de la historia. Ahora la luz es la Palabra, signo concreto de la presencia del Resucitado.

De esta forma recorremos emocionados el camino pascual de la Palabra, la cual traza un arco entre la primera creación y la nueva y definitiva creación en la Resurrección de Jesús, pasando entretanto por los principales acontecimientos de la historia de la salvación. En este marco histórico comprendemos también el alcance y el significado de las antiguas palabras proféticas.

En fin, cada acontecimiento y cada palabra de Dios en la historia humana, quiere expresar el amor misericordioso de Dios por nosotros, su deseo de hacernos participar en la vida de su Hijo, haciéndonos pasar de la noche y de la oscuridad de la muerte a la luz de la vida.

Es así como contemplamos, paso a paso, todo lo que Dios ha caminado con su pueblo para realizar su plan de hacernos a todos una sola realidad en Jesús Resucitado, en quien, como dice un Padre de la Iglesia: “Las cosas divididas se reunieron y las discordantes se aplacaron... la misericordia divina reunió desde todos los lugares, los fragmentos y los fundió en el fuego de su amor, restituyéndoles su unidad primera”.

Primera lectura: Génesis 1,26-31
“Dios vio que todo lo que había hecho era bueno”

El autor de este hermoso poema de la creación parece escribir para un pueblo que está en el exilio y se encuentra afligido por la tragedia de la deportación. En esta situación, el pueblo corre el riesgo de perder la esperanza en la bondad de Dios y en su acción creadora. Es por eso que se presenta la creación como una especie de liberación. Esto lo notamos en la insistencia en el número “siete”, que hace del “descanso-sábado” de Dios el culmen de la creación (ver Génesis 2,3).

A lo largo del poema, como si se tratara de un estribillo, se insiste en el hecho de que toda obra creada es buena (ver Génesis 1,10.12.18.25), para terminar proclamando que Dios se complace en la mayor de todas sus obras: el hombre (“Y vio que todo estaba muy bien”, 1,31). Es así como se reafirma que la esperanza de la vida tiene su fundamento en la misma creación de Dios.

Esta acción creadora tiene su fuente en la “Palabra de Dios”, palabra soberana que libera del caos y separa de todo elemento negativo. Es la misma Palabra que Israel ha conocido en su historia profética. Y esto crea un puente entre la creación y la historia de la salvación.

Es desde esta perspectiva como comprendemos el primado de Cristo tanto en el orden de la primera creación como el de la nueva creación, ya que Él es plenamente la “imagen de Dios” (ver Colosenses 1,18; Romanos 8,29; Jn 1,2-3), el que conduce a la humanidad hacia el sábado eterno de Dios (ver Hebreos 4,11).

Segunda lectura: Génesis 22,1-18
“Y Abraham obedeció al Señor”

En la tradición rabínica se habla de cuatro noches fundamentales en la historia de la salvación: (1) la de la creación, (2) la del sacrificio de Abraham, (3) la de la salida de Egipto y la última (4) será la de la venida del Mesías (“Poema de las Cuatro Noches”, inserto en el Tárgum palestino de Ex 12,42).

En este momento leemos el relato de la noche de la fe de Abraham: Dios le pide el sacrificio de su hijo. Abraham se presenta como modelo de creyente: su fe es obediencia, camino en la noche, subida al monte, encuentro con Dios que abre un nuevo futuro.

Esto es lo ejemplar de Abraham: se requiere la fe y un amor que ponga a Dios por encima de todos los amores, aún los más entrañables.

Desde esta segunda lectura vislumbramos la experiencia de la fe como inicio de la nueva historia que se realiza en Jesús muerto y resucitado. De hecho, el misterio pascual sólo puede ser acogido en una libertad obediente como la de Abraham. Este desafío será vivido en esta misma noche, en la liturgia bautismal, cuando seamos interrogados por nuestra fe; pero no cualquier fe sino aquella que por el amor a Dios es capaz de cualquier renuncia.

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1
“El Pueblo pasó a pie descalzo en medio del mar”

El del paso del Mar Rojo es relato emocionante que retiene toda nuestra atención. Éste merece un estudio profundo (pero este no es el espacio).

La Iglesia lee en la riqueza del simbolismo del paso del mar una tipología del bautismo cristiano, así como lo hizo Pablo: “Todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar...Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (1ª Corintios 10,2.11).

Los Padres de la Iglesia vieron en este texto un relato de “nacimiento”, tipo del nuevo nacimiento “en Cristo”. Este nacimiento es una liberación de todas las fuerzas del mal, concretado en el pecado.

En esta celebración este texto es revivido en el lucernario: la procesión de la luz –con el cirio pascual que representa la nube-, enseguida el himno del “Pregón” pascual, con todas sus referencias poéticas al relato del paso del mar (releído tipológicamente), y más finalmente su inmersión en el agua que es bendecida para el bautismo.

Cuarta lectura: Isaías 54, 5-14
“Tu redentor es el Señor”

Después de los relatos fundamentales de la Creación, la fe del patriarca Abraham y el paso del Mar Rojo, comienza el ciclo de las Profecías.

De nuevo el pueblo de Dios se encuentra en una situación difícil. El profeta Isaías se dirige a él para “consolarlo” con palabras de amor como “Mi amor de tu lado no se apartará” (54,10a). Se despliega así una serie de imágenes cargadas de expresiones afectivas para infundir en el corazón de todos que Dios se ocupa de verdad de los suyos y que tiene la fuerza para sacarlos de las situaciones dolorosas en que se encuentran. El Señor es un Dios que “quiere” y “puede” redimir a su pueblo.

La redención conduce al “matrimonio” con el Amado Dios: “Mi alianza de paz no se moverá” (54,10b). La Alianza es una relación íntima, amorosa y esponsal con el Dios que nos ha librado y que espera que lo escojamos desde nuestra nueva situación de hombres libres. Nótese en la lectura la fuerza de la imagen en la que Dios “salva” a la viuda, llevándola al matrimonio (ver 54,11-14).

La liturgia de esta noche nos llevará a la renovación de la Alianza con Dios que sellamos en el Bautismo.

Quinta lectura: Isaías 55,1-11
“Así será la palabra que salga de mi boca”

Esta lectura habla del misterio y de la eficacia de la Palabra de Dios. Así se explica cómo se vive internamente la circularidad de amor y de voluntad en la Alianza con Dios.

El énfasis de la profecía está en el anuncio de que todas las palabras que él ha pronunciado –en cuanto Palabras de Dios- serán eficaces y verdaderas, ya que fue Dios mismo quien se comprometió a cumplirlas.

Es Dios quien proyecta y dirige la historia. Él sabe sacar bien de dentro del mal que padecemos por nuestras malas opciones. Así lo hizo en el exilio. Es como la lluvia que se esconde en la tierra y allí fecunda el suelo, permitiendo la germinación de nuevos frutos. Así es el obrar de Dios.

El profeta nos hace entender que Dios es “cercano” y al mismo tiempo “lejano”. Es “cercano” porque nos da su Palabra, nos perdona y nos ofrece tiempos especiales para el encuentro con Él. Es “lejano” porque su modo de conducir los proyectos siempre nos sorprende, no se deja aprisionar en la lógica y el cálculo humano.

En el misterio pascual de Cristo, la lógica de Dios que “descuadra” todos los raciocinios humanos, es el paradigma definitivo del actuar divino.

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32-4,4
“Todos los que la retienen alcanzarán la vida”

Llegamos ahora a una meditación sapiencial contenida en Baruc. Se dice que el pueblo fue al exilio porque abandonó el camino de la sabiduría: “¡Es que abandonaste la fuente de la sabiduría!... Si hubieras andado por el camino de Dios...” (3,12). El camino de retorno deberá ser un volver a la sabiduría: “Vuelve, Jacob, y abrázala, camina hacia el esplendor bajo su luz” (4,2).

Pero, ¡atención!, no se trata de una sabiduría esotérica ni de nada parecido, se trata de la sintonía con Dios a la hora de actuar, es decir, una comunión de voluntades. En otras palabras, vivir sabiamente es vivir a la manera de Dios.

El profeta anuncia con mucho vigor que ha aparecido sobre la tierra esta sabiduría, como un don, y que ella ha vivido en medio de los hombres.

La patrística ha visto en esta sabiduría una alusión a Jesús y una invitación a la conversión. La “vida nueva” en Cristo resucitado es el logro de esta sabiduría.

Séptima lectura: Ezequiel 36,16-28
“Os rociaré con agua pura... os daré un corazón nuevo”

En este pasaje la revelación del Antiguo Testamento alcanza uno de sus vértices: la promesa de la “nueva alianza” (ver también Jeremías 31,31-34).

La nueva Alianza es una obra de Dios con su pueblo pecador. Es así como vemos que Dios no interviene en la historia para humillar al hombre sino para purificarlo de sus pecados.

Como en la lectura anterior, la situación negativa que vive el pueblo ha sido la consecuencia de su mal obrar. Y esta situación de desgracia ha deshonrado el “Nombre” de Dios. Los paganos se burlan de Yahveh: ¿Quién es ese Dios que tiene a sus hijos dispersos y sufriendo en tierra extranjera? Esta burla es una profanación del “Nombre” de Dios: “Y en las naciones donde llegaron profanaron mi santo nombre haciendo que se dijera a propósito de ellos: “Son el pueblo de Yahveh, y han tenido que salir de su tierra”” (36,20).

Pero de repente, Dios mismo realiza un acto inesperado, para que se vea la santidad del “nombre del Señor”, Dios repite los prodigios del éxodo trayendo a sus hijos a casa (“Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo”, 36,24) y sellando con ellos una nueva Alianza (“Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”, 36,28).

La “nueva Alianza” tiene como característica distintiva el hecho que transforma al pueblo “desde dentro”, desde lo profundo del corazón, para superar así el pecado de manera radical: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados... Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo...”, 36,25.26). Se trata de una pascua que culmina en una Alianza definitiva.

Octava lectura: Romanos 6,3-11
“Sepultados en su muerte para vivir con Él”

En esta catequesis Bautismal, Pablo nos remite al rito de la inmersión en el agua para poner de relieve que el Bautismo nos une totalmente a la Cruz de Jesús hasta tal punto que podemos decir que hemos sido crucificados y sepultados con Él.

Esta participación se extiende, no sólo a la muerte de Cristo, sino también a su resurrección: “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (6,4).

Por eso Pablo exhorta para que el bautismo no se vuelva un símbolo que se agota en sí mismo, como si fuera algo pasajero que no va más allá del rito del agua.

El bautismo, señala Pablo, compromete la libertad del creyente que hace bautizar: debe llegar a ser lo que verdaderamente es, es decir, vivir adherido a Cristo y hacer de todos los aspectos de su vida una expresión visible de esta condición existencial de muerte al pecado: “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (6,11).

El Bautismo sella la Alianza definitiva con Dios haciéndonos una sola realidad con Jesús: “Si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (6,5). En esta tremenda e indisoluble unidad se rompen las cadenas del pecado (ver 6,6) y se comienza a “vivir para Dios” (6,10).

Evangelio: Mateo 28, 1-10
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”

El camino de la Palabra llega a su punto culminante. Celebramos la vivificante resurrección de Cristo proclamando con fuerza el Mensaje Pascual: ¡JESÚS ESTÁ VIVO!

Es así como en esta última lectura se anuncia que la creación nueva y definitiva ha sido inaugurada en la gloriosa resurrección de Jesús, la “obra maestra” de Dios Padre.

Acompañemos el despliegue del mensaje en esta gran “Buena Noticia”: ¿Cómo presenta Mateo el paso de la muerte a la victoria?

Recordemos que los acontecimientos dramáticos que explotaron en el momento de la muerte de Jesús habían ya proclamado el triunfo del evangelio. La muerte obediente de Jesús había sido exaltada por la intervención de Dios, quien había rasgado el velo del Templo y liberado a los muertos de las tumbas (ver 27,51-54; ver el evangelio del domingo de ramos).

Al describir el efecto redentor de la muerte de Cristo, Mateo ya había dicho que los “santos” resucitados salían de los sepulcros y entraban en Jerusalén, apareciéndoseles a muchos (27,53). Con todo, para mantener la precedencia en orden de tiempo de las apariciones de Jesús resucitado y su impacto en la fundación de la Iglesia, el evangelista había debido decantar su dramática descripción con la frase clarificadora: “después de su resurrección (de Jesús)” (27,53). ¡En realidad los santos habían debido esperar en sus tumbas que Jesús hubiera resucitado!

Marcos nos reporta solamente el descubrimiento de la tumba vacía. Mateo nos cuenta nuevos detalles. De todos el más significativo es el encuentro de Jesús con las mujeres que van a la tumba (28,9-10).

Entremos en el texto:

1. Las mujeres en el sepulcro

Las mujeres que vienen a la tumba son las mismas que asistieron a su muerte y a su sepultura (ver 27,55-56.61).

Al alba del Domingo, después del Sábado, van a “visitar el sepulcro” (28,1). Según Marcos, van para “embalsamar” a Jesús (Mc 16,1), pero Mateo ya dijo claramente al comienzo del relato de la pasión (ver 26,6-13) que la mujer de Betania había ungido el cuerpo de Jesús para su sepultura.

El Ángel del Señor

En el sepulcro, la atmósfera está invadida por el mismo dramatismo cósmico que había rodeado la muerte de Jesús. En Marcos, el significado de la tumba vacía se explica en tono bajo por un “joven” que se sienta con calma sobre la piedra corrida (Mc 16,5). En cambio, en Mateo los oyentes del evangelio participamos del drama: se desencadena otro terremoto (28,2; ver 27,51) y un “Ángel del Señor” desciende del cielo para remover la piedra de la tumba. Este mensajero celeste tiene “el aspecto de un relámpago” y su vestido es “blanco como la nieve” (28,3). A la vista de esta aparición, los soldados que vigilan la tumba (ver 27,66) tiemblan por el miedo y quedan “como muertos” (28,4).

Estos detalles, la mayor parte de los cuales son típicos en la descripción judía del juicio final, le dan a nuestro relato de Mateo como una especie de carga eléctrica y refuerzan la impresión que desde el momento de la muerte de Jesús había comenzado el tiempo definitivo de la salvación.

La venida del “Ángel del Señor”, la sugerente apertura del sepulcro y el miedo de los enemigos de Jesús (personificados en los guardias), continúan afirmando la exaltación de Jesús y la aceptación por parte del Padre de la muerte obediente de su Hijo.

Lo que provoca terror mortal en los adversarios de Jesús, será fuente de gozo perfecto para sus amigos. Precisamente como al comienzo del evangelio, José fue sacado de su angustia por medio de la intervención de un Ángel del Señor (ver 1,20; 2,13.19), así también estas fieles seguidoras de Jesús serán liberadas de su miedo gracias a un mensajero parecido.

El mensaje pascual

El Ángel les explica a las mujeres el significado del sepulcro vacío. Jesús crucificado que buscan no está en la tumba: “No está aquí, ha resucitado, como había dicho” (28,6).

La frase “como había dicho”, tiene un énfasis particular en Mateo que centra el reflector en la certeza de Jesús en su propia victoria sobre la muerte. Cada predicción de la pasión comprendía también una de la resurrección. Y durante la última cena pascual, como enseguida respondiendo al Sumo Sacerdote durante el proceso judicial, Jesús proclamó confiadamente su propia victoria (ver 26,29.64).

Así las palabras del Ángel vuelven a asegurar sutilmente y a validar el conocimiento profético que Jesús había demostrado constantemente.

La misión de las mujeres

El Ángel le confía a las mujeres también una misión: deben anunciarle a los discípulos la resurrección y decirles que se reúnan en Galilea para un encuentro con Jesús (28,7). Pero a diferencia de Marcos (ver 16,7), aquí no se trata de una promesa de Jesús. Mateo no termina con una nueva promesa sino con un anuncio del cumplimiento.

El anuncio del Ángel (“Ya os lo he dicho”, 28,7b) prepara las dos apariciones que vendrán enseguida.

2. El Resucitado sale al encuentro de las mujeres evangelizadoras

La primera aparición del Resucitado es a las mujeres. Mientras dejan el sepulcro “a toda prisa, con miedo y con gran gozo” para llevarle la buena noticia a los discípulos (28,8).

Esta aparición nos la cuenta solamente el evangelista Mateo y tiene el valor de una recompensa a la fidelidad de las mujeres que habían permanecido junto a la cruz de Jesús (evidentemente en contraste con los otros discípulos, que habían huido).

Su reacción de “temor y gran gozo” ante las palabras del Ángel –típica, en la Biblia, si bien paradójica frente a la revelación divina- está seguida por un encuentro personal con Jesús resucitado. Luego vendrá el gran encuentro con los “once” apóstoles en Galilea (28,16).

El momento de la aparición

La aparición ocurre justo en el momento en que van a “dar la noticia”. Cristo resucitado está presente en medio de su comunidad y especialmente entre aquellos que anuncian el evangelio (a lo largo del evangelio se insistió en esto: 10,40; 18,20; y así terminará el evangelio: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, 28,20).

Jesús confirma el cumplimiento del anuncio de reconciliación con los discípulos que lo abandonaron

El mensaje confiado a las mujeres quiere reafirmarles el cumplimiento de su misión.

Cuando se acercan a Jesús y lo adoran –memoria de la respuesta de los discípulos a su manifestación sobre el mar (14,33)- Él calma su temor y les repite el mandato del Ángel del Señor: “No teman. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (18,10).

Se anuncia el cumplimiento de la promesa de reconciliación final con los discípulos que lo habían abandonado, anuncio que se había hecho durante la última cena pascual: “Más después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea” (26,32). Jesús reconfirma esta voluntad de reconciliación con sus “hermanos”: “avisad a mis hermanos” (28,10).

Notemos que la iniciativa es de Jesús. Él pone en práctica lo que le enseñó a sus discípulos a lo largo del evangelio: “Vete primero a reconciliarte con tu hermano” (5,23-34; ver también: 6,12.14-15; 18,21-35).

He aquí el primer impacto del mensaje pascual.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Cuál es el núcleo del mensaje pascual?
2. ¿Qué sentido tiene la aparición de Jesús a las mujeres? ¿Por qué les repite la misión encomendada por el Ángel?
3. El mensaje pascual en Mateo contiene un acento particular sobre la “reconciliación”. ¿Dónde se encuentra? ¿Qué me dice para mi vivencia pascual de este año?

Pensamiento Patrístico: El día que el Señor hizo

“Investiguemos cuál es el día que el Señor hizo para que en él exultemos y nos alegremos.

Leemos en la primera creación del mundo que Dios dijo: ¡Hágase la luz! Y la luz fue hecha. Y Dios separó la luz de las tinieblas, y a la luz la llamó día y a las tinieblas, noche? (Génesis 1,3-5). He aquí el día que hizo el Señor.

Pero, ¿será éste, por acaso, el día en que debemos exultar y alegrarnos?

Porque le fue dicho a los fieles que creen en Cristo: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mateo 5,14). Si son luz también son día, porque Él llamó día a la luz.

También aquí, cuando estos recién nacidos todavía cargaban con sus pecados, el Espíritu de Dios aleteaba sobre el agua y las tinieblas cubrían el abismo. Pero cuando les fueron perdonados los pecados por el Espíritu de Dios, entonces dijo Dios: "Hágase la luz; y la luz fue hecha". Este es el día que hizo el Señor para que exultemos en él y nos alegremos (Salmo 118,24).

Hablémosle a este día con las palabras del Apóstol: Oh día que hizo el Señor, "en otro tiempo fuisteis tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. ¡Caminad como hijos de la luz! (Efesios 5,8)”.
(San Agustín, Sermón 226)

¡Jesús, tú que eres el Viviente, ilumina nuestras vidas con el gozo de tu Palabra que le da sentido a todas las cosas y llénanos de la gloria que tú y sólo tú, nuestra esperanza, puedes darnos venciendo cada una de nuestras amarguras y enjugando nuestros llantos! Amén.

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

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